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El Colibrí

Hoy me remonto 12 años atrás, cuando, por primera vez, asistí a un curso del Camino de la Libertad, también llamado, Camino del Guerrero, durante el mes de agosto en el Estado de México.  Era la segunda vez que visitaba ese país y la primera que salía del amparo de mi familia mexicana. Por fin, podía adentrarme en el “México Profundo”, que tanto deseaba. Eso sí, no sin miedo. Me habían alertado, avisado y prevenido de miles de peligros que me aguardaban en ese país. Ya en el aeropuerto, Benito Juarez, lo único que se me ocurrió para tranquilizarme fue conectar con el Silencio y repetir sin parar la frase de “Uno, uno, todos somos Uno”, concentrando toda mi atención en mi respiración, en mis pasos. Es una manera de acallar la mente,  parar el diálogo mental, que te paraliza y ciega y seguir caminando.

Concentrada en mi respiración, escuché un”hey” y vi un cartel con mi nombre y apellido mal escrito, pero había alguien esperándome, contra todo pronóstico. ¡Qué tranquilidad! en ese momento le hubiera comido a besos a aquel, prácticamente, desconocido, pero me contuve y respondí “soy yo a la que buscas”.

A partir de aquí, todo fue una aventura maravillosa, los peligros no se presentaron, y dejaron espacio a los regalos que México tenía preparados para mí. A los dos días de mi llegada, me llevaron a Tonali, un centro donde nos hospedábamos y recibíamos el curso.

Rodeado de montañas o colinas, una de ellas, “La Mujer dormida”, te trasmitía paz, sosiego, bienestar, entre otras muchas más sensaciones a cual más agradable. Desde que llegué allí, me encontré en un estado de plenitud, de felicidad y de asombro continuo. Todo llamaba agradablemente mi atención. El paisaje; los sabores picantes, dulces, extremos;  la gente con la que estaba, agradable, divertida; y ¡qué decir de Mariví de Teresa!, la mujer sabia, cariñosa, atenta,  una auténtica guerrera que impartía el curso y que tanto me enseñó. Acudía a sus charlas, iba a las caminatas, a los ejercicios de recapitulación, Chi-Kung o Tensegridad. Nunca olvidaré su mirada, sin palabra alguna, trasmitía una certeza, un Poder que sin pensarlo, hacía todo lo que tocaba. El día que tocó un Temazcal, creí que me moría de miedo para atravesar aquel pequeño agujero, pero luego, una vez superada la prueba,  como con todo lo que nos hacía, alcanzabas un estado de dicha y alegría profundos.

A medida que pasaban los días, cada vez me sentía más a gusto y contenta de haber dado el paso, de haberme atrevido a cruzar el charco sola, de ir a México, con todo lo que me decían de peligroso que era ese país. Allí estaba yo, aprendiendo y experimentando una manera de verme a mí misma diferente, con otra mirada y, al mismo tiempo, al resto de la Creación.

De toda aquella experiencia que duró un mes, hay un hecho que quiero resaltar, porque fue fundamental, no sólo ese verano, sino hasta hoy. Las flores me llamaron mucho la atención, su colorido brillante, variado, chillón; rodeadas de los pajaritos más bellos que había visto en mi vida, los colibríes. ¡Me enamoré de ellos! Quise saber todo sobre el colibrí, y lo que más me asombró fue que en Europa no había; habían intentado llevarlos a la Toscana, por la similitud del clima, pero murieron todos, no se adaptaron. Bueno, lo que me faltaba para que me gustaran más. ¡Qué sensibilidad! ¡Qué ternura! Eran pura poesía.  Fue un amor a primera vista. Todo el mundo en México que me conocía, sabia perfectamente el amor que procesaba a los colibríes. En los descansos, aprovechaba a quedarme absorta, observando las enredaderas repletas de flores naranjas y rosas, rodeadas de colibríes, agitando sus alas a una velocidad de vértigo y un día, noté algo muy suave, casi imperceptible en mi hombro desnudo. Miré y vi una pluma multicolor, como con irisaciones azules, pequeña. La guardé durante mucho tiempo, en mi última mudanza, se perdió.

¡Un colibrí me había dado su pluma! ¿Qué más podía pedir? Me volví loca de contenta y fue la señal de que me unía a ellos algo más que la admiración. Me sentí admitida en su comunidad y con mayor motivo acudía cada día al rincón de las enredaderas a verles y escuchar su ligero y suave canto. Se puede decir que mantenía un diálogo sin palabras con ellos y que eran los momentos mejores del día. Las dudas se me disipaban, encontraba respuestas allí sentada, frente a ellos y me sumía en un estado de ensueño maravilloso.

La relación no acabó aquel verano, ya viviendo en México los veía y celebraba cada vez que acudía uno, allá donde yo estuviera. “Lourditas, ya llegó tu colibrí”, me decían. Era la señal de que “todo iba bien”.

Una hecho muy especial fue aquel mes de febrero que me decidí a independizarme. Salí de la casa de mi prima adorada, Rosalía, después de haber estado alojada un año en su casa, a cuerpo de reina.  Ya tocaba ir a vivir sola, y a través de otro buen amigo, Hugo, encontré un departamento en la colonia Roma. Era toda una novedad para mí, sola, viviendo y trabajando en México, en una ciudad de millones de habitantes, sin dificultad alguna. Todo fluía de manera suave, fácil. A los pocos días de llegar, estaba yo colocando cortinas y tomando conciencia de dónde y cómo estaba, cuando, de pronto, escucho unos suaves pitidos, ya conocidos; miro por la ventana, que daba a un patio interior, espantoso, y cual es mi sorpresa y alegría profunda al ver ¡un colibrí!. ¿Cómo era posible que hubiera llegado hasta allí, un patio sin flores? Emocionada y agradecida, salí corriendo a comprar unas macetas con bugambilias para ellos, las coloqué en la ventana y balcón que daban a la calle Puebla, para que se sintieran a gusto. Les quería dar la bienvenida como ellos me la daban a mí. Les puse también su bebedero con su agua especial y cada día acudían a regalarme el placer de verles agitar sus alas, escuchar su sonido y apreciar su belleza.

Me cambié de casa, y siguieron viniendo cada día, así hasta que me fui del país, a Europa, donde no pueden vivir, se mueren.

Así que desde que regresé de México sólo los podía ver en fotos, o en cerámica y madera, todos los que me fueron regalando y que los traje conmigo. Los he mirado con nostalgia, pensando que “aquí no hay colibríes para acompañarme, para sacarme de mis dudas”. Los he mirado con la necesidad de volver a momentos del pasado, permitiéndome sentir  la tristeza de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene. Hechaba de menos sus colores, pitidos y compañía. ¡Poesía Pura! o ¡Pura Poesía!

Esta mañana temprano, en el metro, agradeciendo el nuevo día, todo lo que la Vida me da, me he acordado del colibrí,  he sonreído y sin ninguna nostalgia he agradecido tener, de nuevo, entre otros muchos Regalos,  ¡poesía y sensibilidad!, en mi vida. No hay colibríes aquí, pero el Universo sigue dándome  deliciosas sorpresas y oportunidades cada día y cada día me siento más viva.

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