Miedos, Desafíos, Retos·Objetivo, Metas, Propósitos·Sanación

La culpabilidad

Es tiempo de vacaciones, de descanso. Es el momento de recuperar fuerzas, energía, tomar el sol y revitalizarnos. Es el momento de disfrutar a tope de paseos, baños, lecturas, de dormir o madrugar, de hacer todo aquello que durante el invierno resulta complicado.  Sin embargo, escucho a menudo adultos que sus vacaciones se convierten en un problema, en una carga más. En un “tener que”.  Cuando puedo, les pregunto qué hay en ellos que les frena a disfrutar, no sólo de las vacaciones sino de todo el año. Pregunto y animo a que se pregunten por qué me prohibo ser feliz, por qué me prohibo vivir en plenitud.

Me transmiten aquella sensación, la misma de cuando te habían suspendido en el cole y merecías un castigo. Estaba prohibido disfrutar del verano a tope, las vacaciones “no te las habías ganado al 100%”.  

La culpabilidad es uno de los venenos más tóxicos que existe, comentaba un detective en una serie de TV la pasada noche. Me llamó la atención la frase y pensé ¡que bien lo ha resumido! De manera inmediata, comencé a pensar y revisar los efectos de ese veneno en mí. Pasé de ver la peli a volver a ver mi propia película. ¡Que barbaridad! Lo que hice, lo que dejé de hacer…El sufrimiento, los conflictos, la frustración…increíble. Me vino un sentimiento profundo de agradecimiento y eso, que la he “visto” varias veces. Así y todo, tuve la suerte de ver cosas nuevas, aceptarlas y poder sanarlas, esto ¡no acaba nunca! De manera suave, sutil me vino una sonrisa cómplice, una ternura cálida que me llevaron a un sueño profundo.    

Me desperté temprano, el canto de los pájaros y el sol entrando por la ventana fueron los causantes de que me levantara con un brío atípico. Desayunando, observando orgullosa el pequeño jardín, las flores, que tanto cuido; saboreando mi café y disfrutando de esos instantes mágicos, me vino la frase de nuevo. La culpabilidad es uno de los venenos más tóxicos que existe.  Fue un indicativo, una sugerencia para ahondar en el tema, así que ni corta ni perezosa me dirigí a mi rincón a hacer la meditación diaria.

Pude observar y disfrutar al ver a pacientes que se han liberado de esa pesada carga, y como su vida, su salud, su prosperidad, han mejorado notablemente; como contagian alegría y entusiasmo. Les he animado, a alguno de ellos, a que vuelvan a mirar la foto que me enseñaron de su niño/a, que vean cómo han sido capaces de sanarle, y se maravillan de lo que les a aportado. Han cambiado, se han trasformado y lo celebramos riéndonos, recordando anécdotas, cuando aún cargaban con una culpa propia, ajena y general, vaya, que se sentían culpables hasta de que no hiciera buen tiempo. Os podéis reír o llamarme exagerada, pero es así, la culpa y su aliado, el resentimiento son algo que si no se aborda, reconoce y se aprende a manejar, crece y crece y llega un momento que nuestro niño y joven adolescente herido domina toda nuestras acciones y reacciones alcanzando cotas insospechadas de enajenación y sufrimiento.

Sentirse culpable, sentir culpa o tener remordimientos de conciencia  es algo por lo que  todos  hemos pasado, nos resulta conocido; vaya, que sabéis de lo que hablo. Es más, puede hasta resultar, en principio, aburrido, puesto que es un tema manido. Sin embargo, me animo a escribir sobre ello, hacer unas anotaciones sobre el tema para que al que esté interesado le puedan servir, al menos, para empezar. Insisto, porque cada día que pasa veo los efectos nocivos que produce no tomar conciencia, veo la falta de visión ocasionada por la niebla densa de las emociones.

Tomar conciencia de nuestra culpa conlleva una revisión de los hechos,  el arrepentimiento y pedir perdón o perdonarnos y otras veces una sonora carcajada al ver que no hay motivo alguno para habernos sentido culpables. La culpa es un buen indicador de que algo interno sería conveniente revisar, nos avisa, entre otras cosas, de un conflicto entre lo que hacemos, pensamos, sentimos y deseamos, con respecto “a otro” o a nosotros mismos. Nos señala los miedos, las inseguridades y esa agresividad que nos corroe.

Existe la posibilidad de aceptar la culpa como algo que forma parte de la vida, algo inevitable, algo normal, que se siente en un momento dado, según las circunstancias, unas veces más que otras  y de esta manera, seguir cargándola sobre la espalda. Poco a poco nos vamos acostumbrando al sobre peso, puede provocar algún dolor que otro, molestias… pero vaya, no pasa de ahí. Es cuando se cae en la negación, y uno se repite a sí mismo o a los demás, Yo no me he sentido nunca culpable de nada, yo no tengo culpa alguna… También cabe la posibilidad de que haya quien esté libre de culpa, no lo sé, pero puede ser.

Hay quien para evitar el regusto amargo, la incómoda, dolorosa y desagradable sensación que produce la culpa, va dejando en el “olvido” algún recuerdo, pensamiento insistente, deseos, sueños, esperanzas, anhelos. Deja de tomar decisiones o las toma sin medir el alcance, las consecuencias, porque no existe la responsabilidad propia y se sigue viviendo o sobreviviendo como mejor se pueda, creyendo que todos los males son “por culpa” de algo o alguien ajeno a él, es decir, en ningún momento se siente capaz de tomar las riendas de  su propia vida, de saber a ciencia cierta que está preparado para aceptar la responsabilidad de sí mismo, los retos del vivir y que la vida ofrece a cada instante la posibilidad de mejorar la existencia. Va poco a poco acallando esa parte íntima, personal que indica la existencia de algo por “revisar”.

Esta actitud ante la vida es muy perniciosa, negativa, y dependiendo del rol que toque, adoptar según el momento, victimario o víctima le lleva al individuo a vivir obsesionado, fuera de su centro, de su equilibrio, metido en una espiral que no tiene fin. El sentirse siempre en deuda, o injustamente tratado, provoca sentirse atrapado, envuelto en obligaciones, en pesadas cargas, en batallas que nunca terminan. Enfados con los culpables de la desdicha o fracaso, centrando gran parte de la atención en la venganza, o bien, en un afán de protagonismo agotador, la necesidad de buscar la aprobación general, el aplauso, la admiración en cada acto que se realice. En ambos casos deja de focalizar la atención, la energía en su auténtica responsabilidad, crecimiento personal, evolución, prosperidad; las dos actitudes, basadas en la negación, coartan la creatividad, los proyectos, los sueños. Resumiendo, suprimen el gozo de vivir de manera saludable, la satisfacción de la superación personal, la dicha del agradecimiento, la magia de los encuentros, el gozar de los milagros que la vida trae a cada paso. 

Por suerte, siempre se está a tiempo. La Vida tan generosa no se cansa de dar otra oportunidad para “coger al toro por los cuernos”, para aprovechar los instantes y aumentar la conciencia, para vivir en plenitud, para ir descubriendo el propio Poder de transformación, las infinitas posibilidades que absolutamente todos poseemos. 

Para los que estáis hartos de dar vueltas al coco, de cargar con una emocionalidad que nada bueno os reporta, existe la posibilidad de salir, de deshacer el círculo vicioso de la víctima/victimario. Reaccionar desde la culpa comporta mucho resentimiento y éste es una carga terrible, anula el gozo de vivir. Las personas resentidas complican y se complican mucho la existencia, a nivel coloquial digo que son muy molestas, porque claro, la culpa no va sola, le acompaña la rabia, el miedo, la intolerancia, la venganza, la manipulación, el afán de protagonismo constante… todo un paquete de emocionalidad que impide vivir serenamente, con tranquilidad, disfrutando, agradeciendo y, sobre todo, hace creer que los problemas o dificultades diarias son irresolubles, que no tienen solución y lo más grave que no tienen sentido. La culpa y toda la carga emocional que conlleva reduce a la persona a su aspecto mas primitivo, más irracional, desde donde no sabe ni puede pensar, reflexionar, tener una visión amplia y positiva. Se convierte en una energía densa, obtusa, opaca, deprimente.

Caer en la cuenta, tomar conciencia de los efectos nocivos que nuestra historia personal ha generado en nosotros, tomar conciencia de nuestros resentimientos, de las supuestas injusticias que hemos sufrido, del posible daño o sufrimiento que hemos causado, nos conduce a sentir, a aceptar la culpa que nos acompaña. Tener la valentía de observar, conectar con nuestro niño interno es un viaje interior muy beneficioso que nos libera, nos reconforta y permite trasmutar, transformar toda esas emociones que nos han cegado e impedido ver las oportunidades y todo nuestro gran potencial. Porque no hay que olvidar que ese pequeñín o adolescente sigue dentro de nosotros gritando, esperando ser escuchado, atendido, aceptado, amado. 

Os animo y acompaño en el proceso de sacarle del cuarto oscuro donde sigue castigado o escondido, llorando con mucha rabia y miedo; que sepa que a partir de ahora no habrá  motivo para  darle una paliza o meterle una bronca descomunal, por haber desobedecido, cuestionado la autoridad, por haber suspendido, hablado demasiado o metido la pata… a ese niño que sigue creyendo que papa y mama discuten, gritan o se van por su culpa… a ese niño que se sintió obligado a cuidar y estar pendiente de los demás, dejando a un lado sus propias necesidades, sus planes de futuro…Y ¿qué me decís de ese niño o niña que ha padecido las risas, las burlas por ser diferente? 

Os animo y acompaño a escucharle, a acariciarle, y a serenarle. Porque va a ser la única manera de que deje de interferir negativamente en vuestra vida, ese niño o niña resentido, acomplejado, asustado y agresivo por haber sido insultado, ridiculizado, ignorado, por haber sido callado tantas veces, castigado y mal tratado en casa o en el colegio. Ese niño o niña, quiere hablar y quiere que se le escuche pero sólo desde el Amor.  De esta manera comenzará a crecer, a aprender, a pensar, a reflexionar, a integrar y aceptar, requisitos, estos, indispensables para madurar y desarrollar todas sus facultades, para convertirse en el ser creativo, amoroso, independiente, feliz  que sabe que es, pudiendo desarrollar toda su potencialidad y disfrutando y gozando del placer de compartirlo.

¡Cuánto niño o niña herido, castigado está esperando que la Luz le ilumine y le saque de la oscuridad! Ánimo, vale la pena intentarlo. 

Os deseo unas muy buenas y merecidas vacaciones.

Conectar, Conexión, Intento, Ser·Sanación·Técnica metamórfica

La Inocencia

2015-07-09 10.43.44Me encanta la buganbilla, bugambilia o como la queráis llamar. Me traslada a lugares templados por el mar, donde no hay heladas y, por supuesto, a lugares cálidos, con mucho sol y luz.

Me gusta hacer la meditación de la mañana en la Naturaleza, al aire libre, paseando. Pero hoy el cielo estaba encapotado a tope, nubes grises oscuras amenazaban lluvia y no invitaban a salir.  No habiendo obligación o responsabilidad para salir, en otra ocasión me hubiera quedado quieta en casa y vivir el clima como algo horrible. Sin embargo, hoy ha sido diferente, he visto esta realidad desde otro punto y la he aprovechado para enfrentarme a mis “fantasmas”, el frío, la lluvia, la humedad, el viento que te moja y no hay paraguas que te cubra. Aceptarla sin calificativos, incómoda/cómoda; buena/mala, simplemente: llueve, y esto  ha sido lo que me ha motivado, el no juzgar me ha llevado a no limitarme a la costumbre, a las creencias y nostalgias.

Es más, me he acordado que cuando era niña, me daba igual. Lo que quería era salir, jugar y corría a ponerme las “katiuskas”, las botas de agua para saltar en los charcos. Si tenía frío, corría para entrar en calor o saltaba, pero aprovechaba todos los momentos libres para jugar.

He comenzado el paseo, el campo estaba exuberante, curiosamente, los animales pastaban tranquilamente, caballos, ovejas e incluso las gallinas han salido como si nada, les da igual el tiempo que haga. Seguía andando cuando me ha llamado la atención un grupo de ganado pastando en un prado. No sé cómo he visto que me estaban mirando, ha sido genial, iba caminando, levanto la mirada y veo a las vacas y dos o tres toros que me miraban. Bueno, me he parado a mirarles yo también. El instante de coincidir mirada, ese mirarnos a los ojos, vaca y yo, ha sido mágico, y ¿qué ha sido cuando he visto a una mama vaca besando a su ternerita y la bebe dejándose y buscando a la vez las caricias, pasando de todo?. ¡Qué preciosidad! Qué imagen más maravillosa y divertida al mismo tiempo, porque no olvidéis que el resto seguían mirando hacia mi.

Camino, como ya he comentado otras veces, repitiendo el Uno, uno, todos somos Uno, aprovecho a hacer meditación con los ojos abiertos, y también con los ojos cerrados, con mi atención en la respiración. La sorpresa de  esta visión me ha hecho reír, disfrutar, sentir un gozo increíble  porque, qué fácil me ha resultado ser Una con mama vaca, con bebe ternera y también con el resto de observadores en el prado. Ser Uno con el árbol, con el bosque, con las nubes, con los pájaros…sí, ese instante fugaz donde a veces me fundo es glorioso, pero es que hoy, el regalo que me ha dado el paseo con la vaca y la ternerita  me ha hecho reír de dicha ¡que preciosidad!

Las gotas de lluvia deslizándose por la cara, mezcladas con lágrimas me han enseñado, tranquilizado y animado a seguir.

De vuelta, trabajando, cansada del ordenador, vuelvo a levantar la vista y al mirar por la ventana veo que el sol ha salido, veo como su luz penetra por el cristal, por la puerta, como ilumina absolutamente todo y me dejo envolver por la sensación que tanto me gusta, por la calidez, por sus caricias.

Os animo a que en el lugar que os encontréis, haciendo lo que hagáis, os concedáis unos instantes de silencio, observar el entorno sin juzgar, deteneos, simplemente a sentir, pero por favor, no juzguéis, sólo observar,  y cambiar, modificar cualquier rutina que tengáis integrada, una queja por algo o alguien, algo que os moleste, incomode, y ver cómo os sentís. Regalaos la posibilidad de transformar vuestra realidad desde la aceptación, desde la confianza e inocencia, sabiendo que todo es perfecto e ir entrando poco a poco en el mundo de la aventura, de descubrir qué regalo, qué aprendizaje se esconde más allá de nuestras rutinas, costumbres, creencias.

Aquí, ahora, no hay bugambilias, el sol se deja ver cuando quiere, no siempre. Agradezco de corazón que ya antes de la hora de comer he tenido momentos que van más allá de la simple explicación racional, que trascienden las palabras y rompen barreras de percepción.

Conectar, Conexión, Intento, Ser·Sanación

Cadaqués

Cadaqués Camino con Lou AsterHacía mucho tiempo que quería volver a Cadaqués, y no tengo idea por qué no había venido, pero el caso es que desde que se decidió venir, he estado inquieta, nerviosa, como una niña ilusionada. Elijo fechas, es básico elegir los momentos, quería disfrutar sin multitudes, aglomeraciones, ruidos…

Cadaqués me mueve internamente mucho, me cataliza y me dejo catalizar por su estética, por su historia, por la Tramontana, por el mar, por su silencio. Me parece uno de los lugares mas bellos que conozco, me hace sentir muy bien, me gusta tanto… La luz y la cercanía con el mar, que se escucha al mismo tiempo que vas paseando por su paseo marítimo, que nada tiene que ver con los típicos paseos de los pueblos costeros, ostentosos, con suelo de mármol o granito, con unas barandillas de acero brillante que te deslumbran, aquí en Cadaqués, todo lo contrario, posee una sencillez, una simpleza que hoy en día es todo un lujo. Continuas caminando, sales del núcleo urbano y vas por caminos de piedras, el mar a tu lado y al otro una vegetación de olivos, cactus, romero, huertos aparentemente abandonados, sin un cuidado extremo y casas totalmente en armonía con el paisaje, al mismo tiempo que puedes ver petirrojos, gorriones, gaviotas. !Qué belleza¡ !que simplicidad¡ y vuelvo a repetir, todo un lujo hoy en día donde la ostentación y la arrogancia humana frente a la Naturaleza reina. Y asisto a un derrumbamiento, el Hotel Rocamar, comprado por los rusos que lo están tirando para construir un 5 estrellas. Lo tengo que aceptar, ni modo, pero no por ello dejo de sentir una tristeza profunda por lo que simboliza para mí y para tanta gente. No importa, ha dejado huella.

Cadaqués me trae demasiados recuerdos, algunos dolorosos que casi había olvidado. Me pone delante dos mundos opuestos, dos maneras de vivir, de pensar antagónicas que han coexistido en mí durante muchos años.

Es la energía de Cadaqués quien me anima a recordar la Meditación por la Unidad, Aceptación, Respeto y Amor que se celebró el sábado de Gloria en muchos lugares del mundo. Yo, siguiendo mi tónica de no planificar los viajes, de dejar un espacio a la improvisación, tuve la dicha de ser invitada a la Ermita de Sant Miquel (Montserrat) donde se reunió un grupo de gente con este fin.

En Cadaqués pude sentir mi polaridad, ver mi lucha, mi rabia, revivir mis fracasos. Con el mar, con la integración en la Naturaleza y con la Luz,  volví a elegir.

Elegí aceptar esa parte que machaca, que  juzga sin piedad, que derrumba, que roba energía para Ser quien realmente se es. Aceptar no implica estar de acuerdo, no es resignarse sintiendo que no hay nada que hacer, es asumir los opuestos, es integrar para poder elegir libremente, qué hacer, qué opción tomar, qué camino seguir y llevarlo a cabo.

Ya no es tiempo de lucha, de confrontación, de imposición. Es tiempo de fluir, de vibrar en la Luz y el Amor. De vivir en armonía con uno mismo y el entorno. Es tiempo de disfrutar de la Vida y de todas las infinitas posibilidades. Es tiempo de ELEGIR. Cada elección tiene una consecuencia y cuando dudamos, cuando entramos en la vorágine mental, sólo hay que parar, respirar profundamente varias veces hasta que nos encontremos serenos, tranquilos, y es entonces, cuando conectamos con nuestra Voz interior, con nuestra Intuición que sale con la certeza necesaria para poder pasar a la acción.

Cadaqués me ha recordado que no hay nada que demostrar, simplemente Ser. De nuevo, el Mediterráneo, me sirve para sentir la integración, me recuerda que elegí la no confrontación.

Sigo paseando en Silencio repitiendo Uno, Uno, Todos Somos Uno.

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Buen empujón

Sigo insistiendo en esto de los empujones. Como ya sabréis en este mes de Abril hay una configuración astrológica alucinante, se ha ido formando desde el 2007 y es justo ahora el momento álgido, se llama “La Gran Cruz Cardinal Cósmica” que da una gran tensión o impulso, según se pueda vivir, según cómo estemos cada uno de nosotros. Para una mayor información, podéis acudir a Internet que bienes muy bien explicado.

En lo que a mí respecta, llevo esperando el mes de Abril desde hace meses. Hemos vivido la mayoría de nosotros situaciones límite a muchos niveles, estresantes, agobiantes y casi casi desalentadoras. No obstante, sin tirar la toalla, resistiendo a las oleadas de pánico y con el Propósito Inflexible de seguir a nuestro Corazón, de alcanzar una vibración de amor ha venido la Primavera y con ella la explosión de brotes, de flores, de cantos de pájaros, los días con más número de horas de luz, de sol. Todo a nuestro alrededor nos grita que el milagro de la Vida continua. Que una Fuerza más allá de nosotros continua realizando su misión.

Ahora es otro buen momento para aprovechar este buen empujón. No quedarnos en la tensión, en el miedo, desconocimiento, aferrados a una racionalidad caduca. Buscando de manera obsesiva la lógica a todos nuestros deseos o sueños y si no se adaptan, descartarlos. Podemos abandonar de una vez por todas esas expectativas que no alcanzan ni la mínima parte de lo que la Vida nos quiere dar; soltar de una vez por todas esas seguridades falsas, engañosas que lo único que nos hacen es atar a un pasado de sufrimiento y dolor.

Mirando el peral, me pregunto, si hace tan solo unos meses estaba aparentemente seco, como es posible que ahora sea esa explosión de color, repleto de flores… No ha hecho nada, no se ha movido de su sitio. Pero cada día cuando lo miro me trasmite siempre la misma sensación de tranquilidad. Cuando estoy nerviosa, preocupada, ansiosa, sin parar de darle vueltas a mis pensamientos, paro de golpe y me pongo a mirarle. Me dejo seducir por él, por su presencia, le observo y poco a poco me empuja a su estado de quietud. Tiene presencia, y me va llevando poco a poco a la certeza de que todo está bien.

Miedos, Desafíos, Retos·Sanación

Mama cumple cien años

Mi madre siempre ha sabido sacarme de quicio y llevarme al límite. Ya en los últimos años, cada vez menos, obvio, pero es ella la que ha rozado los límites y se ha quedado justo, justo en el “quicio”, y cuando “vuelve”, siempre he acabado diciendo: “Me ha vuelto a tomar el pelo, ¡Mamá cumple 100 años!”, título de una película española del año 1979. Su director fue Carlos Saura quien junto a Rafael Azcona escribió el guión; nominada al Oscar a la mejor película extranjera y Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de San Sebastián. Los actores, excelentes, recuerdo perfectamente a Rafaela Aparicio, la madre; Fernando Fernan Gómez, Geraldin Chaplin, Jose María Prada, Amparo Muñoz…

Mi madre, una mujer extraordinaria, de gran fortaleza, muy bien conservada y muy cuidada, bastante a menudo, padecía alguna dolencia física dolorosa. Por regla general la causa solía ser algún disgusto que había tenido. Disgustos de diferentes índoles, pero disgustos. Así era como yo lo escuchaba y registraba desde muy temprana edad. Lo único que podía hacer yo era no “darle disgustos” y vigilar que nadie se los diera. “Misión Imposible” otro título de película que formó parte del discurso, para gozar de una madre sana al 100 por 100. Por eso crecí con la amenaza de que mamá se podía morir en cualquier momento y que había que portarse muy bien para evitar algún posible disgusto. Muchos permisos negados para que no se preocupara y así estuviera tranquila, muchos planes no llevados a cabo por la misma razón, hasta que llegó un momento que pude ir tranquilizándola o ella misma me dejó por imposible, porque estaba claro que yo crecía con ganas de vivir, de experimentar y no de quedarme quieta como una hembra cuis, asustadiza.

Pasaron los años, mi madre, con sus dolencias, seguía al pie del cañón. Llamadas de teléfono, sustos inesperados, hacían que dejara absolutamente todo lo que estuviera haciendo para desplazarme corriendo a su lado y gracias a Dios, solo se quedaba en susto, a los pocos días estaba como si nada hubiera pasado. Todo volvía a la normalidad. Volvía a coger el coche, el tren o avión y de vuelta a la normalidad. No me voy a detener en las miles de anécdotas que guardo en mi memoria, pero hay una que quiero comentar puesto que viene a colación con el tema de títulos de películas. Hace años compartía con mis hijas una serie de dibujos, “South Parck” para adultos. Recuerdo en casa muchos objetos con los muñequitos, tazas de desayuno, peluches, imanes… mi preferido era Kenny, me encantaba y en tono de humor un día comente, ¡Es igual que mi madre! Mamá… qué cosas dices…me decían mis hijas, o ¿Pero cómo se te ocurre semejante comentario? Era la pregunta de alguien que me lo oía decir. A lo que tranquilamente respondía, que si, que como Kenny, mi madre se “muere en cada capítulo” y resucita de nuevo, hasta el próximo.

Pero cuando ya cumplió 94, todo apuntaba a que no habría un “próximo capítulo” y quería estar a su lado en sus últimos momentos. Estaba harta de dar explicaciones y pedir permisos en el trabajo, de viajes imprevistos y, sobre todo, de sustos a muchos kilómetros de distancia. La angustia de no llegar a tiempo, disfrazada de humor se transformó en una decisión radical, “no quería repetir”.

Volviendo a “Mamá cumple cien  años”, mi madre los acaba de cumplir. Ver la cifra encendida en la tarta, impresiona. Verla a ella, emociona. Ha sido maravillosa, preciosa, mimosa, cariñosa, atenta, divertida, geniuda, manipuladora, tremendamente dulce y femenina. Ahora queda el recuerdo, pero todavía puedo gozar de ella, de su olor maravilloso, de su piel fina, de tomarla de su mano. Ya no me puede dar un abrazo, pero yo a ella sí, la aprieto, a veces se deja y se queda quieta, otras se quita, se queja y me río. Hace dos años, me dio un cachete y me sigue castigando, a su manera, si no voy a verla, si no estoy pegada a su falda. La mayoría de las veces está ausente, en su mundo, pero a veces me pregunta cómo tiene la piel, y le encanta que le diga que está muy guapa. Muchos días no quiere darme el beso, pero cuando me lo da…. ¿Qué siento? ¿Qué es el beso de una madre? Es la fuerza de la Tierra que te penetra. Sientes que te autoriza, que te anima a seguir viviendo, a seguir luchando, a seguir amando.

Que se tiene que integrar a “mamá” es algo que todos sabemos. Que aceptarla tal y como es, es requisito indispensable para madurar. Que todo aquello que nos desagrada o no entendemos de ella, lo tenemos que revisar en nosotros mismos porque lo hemos heredado, fijo, es otro de los puntos básicos en nuestro crecimiento, y que lo que nos gusta o admiramos también. Tarea difícil, doy fe de ello, puesto que no siempre resulta fácil. Así que hoy a los 100 años de mi madre, le agradezco absolutamente todo lo que me ha dado. La Vida, para empezar, y todas sus lecciones, consejos, advertencias, pero sobre todo, su insistencia, no se cansa, no tira la toalla. Ahí sigue, dándome otra oportunidad para “revisar-me”.

Gracias mami por enseñarme algo más a tus 100 años, porque esos sustos que me has metido durante toda mi vida, yo también los he dado y no me había dado cuenta hasta tu centenario. Lo mío no ha sido en forma de dolencia, de enfermedad, sino en mi manera de pensar, de ser. Ese tener en vilo a los que te aman porque haces o te pasan cosas que no se entienden, y te ven sufrir y al cabo de nada, vuelves a estar bien, eso ¡mami!, yo también lo he hecho o hago. Ni te cuento cuando he descubierto lo de tu y mi Guardia Pretoriana…Esa protección, yo también, jefa. Y qué rabia me daba, eh?

Esa “pelea” que he mantenido contigo para que te “comportaras” como yo esperaba, como yo necesitaba, se ha ido fundiendo a lo largo de los años en aceptación. Celebro tu cumple sin culpabilidad por haberme ido, celebro tu cumple sin rabia porque he tenido miedo a que me dejaras. Celebro tus 100 años contenta, feliz, satisfecha porque tu dolor y mi dolor se ha transformado en experiencia para conectar con el dolor ajeno. Eso que tan bien sabías hacer tú. 

Celebro tu cumple recibiendo otra de tus muchas enseñanzas, un regalo, sutil, profundo, como tu amor. No se cuánto tiempo te quedes entre nosotros, no se cuántos sustos más me vayas a dar, ya no hay nada que me impida conectar contigo, así que los que tú quieras mami, pero quiero que sepas que te has ganado a pulso el derecho a descansar.

Aprovecho esta ocasión para agradecerte todo lo que me has dado, transmitido, enseñado, a tí como a tantas mujeres que me habéis precedido. El mes de marzo, día de la mujer, tu cumpleaños, el mío, aniversario de mi “regreso”, me ha inspirado para hacer un recordatorio de admiración y agradecimiento a todas las madres, a las mujeres, maestras, que me habéis  precedido, que habéis luchado en muchos frentes dejando la piel. Reconozco la fuerza del vínculo, y cada día acepto y tomo conciencia del Poder que tiene una madre, me daba miedo conectar con mi energía femenina, sacarla a la luz,  pero ni modo, mami, tú me has guiado.  Eres mi primera maestra de vida, ahora ya, sin revelarme, sin enfadarme, sin esa maldita culpa que impide pensar, sentir con claridad, sin esa autoexigencia corrosiva que dificulta o impide la serenidad. Simplemente “es lo que hay” y es así como, desde que lo he visto y aceptado,  me siento libre y puedo sentir y disfrutar de todo lo que te he querido siempre, mogollón mamá.

A tí, en concreto, te tocó vivir en el exilio. ¿Cuál fue mi investigación para el Doctorado?. Te fuiste lejos de los tuyos, de tu clima, de tu luz, de tu cultura, de tu idioma, si, idioma, hablas en mexicano, otro acento, otra entonación. ¿Te acuerdas cómo sentías cuando te hablaba “fuerte”? Pues yo me quedo chiquita cuando me gritan, cuando me riñen. Tú reñías, castigabas, ponías límites pero suave, hablaba tu corazón. Así que ahora intento cuando me pasa respirar y no bloquearme por el miedo y rabia, para dar una respuesta o poner un límite. Me cuesta mami, me cuesta todavía. ¿Recuerdas cuando me reía porque hablabas a medias, como Cantinflas? ¿Qué crees? Siempre me han dicho que hay veces que no acabo las frases o que hablo a medias. Ya se de dónde me viene y así cuando quiero, hablo clarísimo, pero también soy la reina del escaqueo. Asusta pronunciarse, ¿verdad? 

Nunca olvidaré las bienvenidas y despedidas. La llegada de tus sobrinos. Nunca olvidaré aquel abrazo a tu hermana Concha en la estación después de no verla desde hacía veintitantos años. La mejor Noche Buena, cuando llegaste del cine y te esperaban de sorpresa tus hermanos. Yo también mamá, también les quiero y mucho, estén cerca o lejos. Pero lo que más me debió doler fue a mis 5 años cuando te avisaron de la muerte de la mamita y tú sin poder estar a su lado. 

Viviste con miedo, mucho miedo; te tocó sortear, recordando el son de la marimba, una época de abnegación;  soñando un danzón, te acoplaste a la dictadura de la razón por encima de la magia; tuviste los pies en la tierra, atenta y atendiendo a todos, silbando con Agustín me llevaste a  Veracruz, rinconcito de tu alma. Es hoy todavía, que sigo llorando al escuchar a Jorge Negrete, “México lindo y querido”. ¿Eres tú o soy yo la que añora? La que vive con ese saquito de nostalgia.  Somos las dos, mami, porque eso, también lo tengo de ti. Te tocó vivir unos años con una libertad limitada, de silencios, en una atmósfera gris y mar frío. Has podido resistir a todo, incluso a los disgustos, sufrimientos, pérdidas. Tú si que puedes decir, “Confieso que he vivido”, porque has sabido gozar, compartir, disfrutar y amar. Siempre del brazo de tu marido, cuidada, mimada, amada; tú siempre a su lado, acompañándole, apoyándole, animándole, a tu ritmo, “tortu” y “leona” al mismo tiempo. Cada 16 de Marzo, tu rosa; ayer, 75 años.

Tu fortaleza, feminidad, dulzura, cariño elaboraron las mejores comidas del mundo, esa mezcla de ingredientes, que ahora lo llaman fusión y que tú lo hacías desde tu nostalgia, pero mostrando tu cara alegre; ahora, cuando me queda algo muy rico, se que eso es tuyo, tu sazón; ya nunca volveré a disfrutar con tu tarta de fresas y leche condensada, fuiste incapaz de enseñar la receta, la hacías “a ojo”, pero espero algún día atreverme a hacerla en tu honor. Me acunaste con tu música, y ahora es como muchas veces me consuelo; me meciste con tu baile y ahora es como me gusta moverme por la vida; con tu colorido, tus flores, tus plantas, tus canarios cantando me diste un hogar, ahora allá donde vaya se hacer el mío; me acariciabas, me reconfortabas, tranquilizabas y ahora hago Metamórfica porque se con absoluta certeza que  las caricias ayudan muchísimo a sanarte ; me enseñaste a tejer, a coser, a manejar mi atención y ahora hago Silencio; has dejado huella en mí, mamá, un legado que espero poder compartir. Sólo me queda volver a decirte ¡GRACIAS MAMI!. ¡Ah! también te agradezco cuando me pongo muy nerviosa porque quiero que todo quede perfecto; cuando me pongo de genio porque veo la casa revuelta, cuando veo a alguien y me viene enseguida un parecido a algo, “¿de qué tiene cara”? te pregunto, aunque se que ya no me vas a responder, pero te seguiré haciendo preguntas, imaginándome tu cara, de tu mano, y escuchando atenta tu respuesta, como de niña, cuando aún no me había enfadado.

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El Miedo y nuestra “Línea de Flotación”

Es curioso como mencionamos el miedo, el temor e, incluso, el pánico en nuestras conversaciones, pero sin ahondar en ello. Es una emoción compartida sin demasiada contundencia, dentro de una frase,  pero constante. El tono de la conversación adquiere una mezcla entre nostalgia y frustración.

El miedo forma parte de nuestra vida y está aceptado por el consenso social. Suele aparecer cuando se comenta sobre algo que gustaría hacer, lograr, tener.

Sin embargo, el tono varía cuando se  habla en pasado y se comparte una aventura, una experiencia donde se pasó mucho miedo. Aquí el miedo ha sido superado y por tanto el tono es alegre, divertido, victorioso.  La diferencia a la hora de observar estas dos experiencias es que en el primer caso no se tiene energía para pasar a la acción, se vive desde la pasividad, se da por hecho el fracaso sin haberlo intentado. En el segundo, pletóricos de energía por haber enfrentado la situación y haber salido “ilesos” y reforzados uno se siente capaz de enfrentarse a lo siguiente. Es bueno recordar y sentir esas diferentes sensaciones, vividas ambas por todos,  para luego poder decidir qué opción tomar.

¿Quién no ha sentido miedo alguna vez? Nadie, todos hemos sentido miedo e, incluso, repito, pánico. Hay quien ha sufrido, hasta incluso, crisis de pánico y se han tratado con medicación o, simplemente, han esperado a que se pase, sin saber muy bien cuál ha sido la causa y cómo ha aparecido.

Hay muchos tipos y niveles de miedo, pero hoy me refiero al que se siente como algo abstracto, no siempre definido, a esa sensación conocida y experimentada casi a diario. Es una sensación que se “cuela” en nuestro estado de ánimo.

Éste, en concreto, ejerce un gran poder sobre todos, tanto porque al considerarlo inevitable, se adopta y pasa a formar parte de nuestra actitud ante la vida, la fuerza de la costumbre juega a su favor y pasa casi inadvertido.

Pero cuando se decide salir de ese estado de resignación, (no de aceptación, ¡ojo! nada que ver), también llamado “zona de confort”, se escoge la segunda opción, y se decide prestar atención a uno mismo, a sus proyectos, a sus sueños, a “sus locuras” y llevarlas a cabo; una vez tomada la decisión, a partir de ese momento, el miedo sigue apareciendo de manera contundente, paralizante. Retrasa los pasos a seguir, pospone los planes y roba o aniquila todo el entusiasmo del comienzo. Los efectos se muestran claramente cuando nos vamos sintiendo apáticos, cansados, con pocas ganas y atormentados por las dudas. Entonces podemos creer que es estrés, pero es MIEDO.

Afortunadamente, esto es remediable. Si se  persiste en el intento, se sale del hoyo donde se había caído. Como bien dice el dicho, Lo que no mata, te hace fuerte y así es. Una vez reconocido, aceptado e integrado el miedo, se trabaja y se vuelve a la carga.

El que sale de su zona de confort va aceptando que va a tener que enfrentarse al miedo, es más, le gusta, porque es una oportunidad para descubrir más de sí mismo; conocerse y crecer, forma parte del Proyecto. Cuando éste aparece,  va aprendiendo a detectar su veneno, busca el antídoto rápidamente y puede ver lo que le muestra el miedo. El miedo pasa a ser un aliado porque no se ha caído en su trampa, y para ello hay que estar fuerte, con la energía suficiente para este reto. Es decir, si tenemos energía es cuando se utiliza como aprendizaje, es una señal buenísima de qué nos toca aprender en ese momento, qué falta por descubrir de nosotros.

Nunca va mal un recordatorio de medidas básicas de urgencia, para recuperar energía o no perderla, para poder sentir al miedo libremente, no negarlo, ni tan siquiera intentar acallarlo  y hacerlo nuestro aliado:

Parar el diálogo mental. Éste te arrastra a un estado cada vez de mayor vulnerabilidad, indecisión, inseguridad y aquello que se tenía muy claro, comienza a desvanecerse y vuelve a aparecer la duda, enfrascándote en una espiral que cuesta un montón salir. Ésta es una de las trampas del miedo, llevarnos a mantener un diálogo mental que nunca acaba y así él sigue gobernando nuestra vida, nos paraliza. Es una manera de perder energía muy potente.

El diálogo mental se para haciendo Silencio, Meditación, recibiendo una sesión o las que hagan falta de Técnica Metamórfica, ejercicio físico, poniendo toda la atención en el cuerpo y respiración.

Cuidar la alimentación. Nuestro cuerpo es nuestro vehículo, si él falla, nosotros también. Vigilar lo que se come y bebe, es necesario desintoxicarse, nutrirse bien, para sentirnos fuertes y sanos, con energía.

Hacer una llamada de teléfono; concertar una cita con alguien que sabe lo que es y que ha salido otras veces triunfante (esto no implica que no vuelva a caer en las garras del miedo, pero ya sabe qué hacer y a quién acudir). Es muy importante lo que transmite, su vibración.

Buscar lecturas que sabes que te animan a continuar, que te acompañan en estos momentos y no te hacen sentir “el perro verde” de la sociedad.

Si nos encontramos con personas que no han pasado por estos momentos, o han tomado la opción de no arriesgarse a salir de su zona de confort, saber que su energía transmite lo contrario que sus palabras de ánimo e inconscientemente nos dejamos arrastrar a la vibración del miedo, ¡que nos sobra! No necesitamos reforzarla. Pero no hay que ignorar, si nos ocurre, esta situación, no sirve de espejo.

Queda, por supuesto, salir de situaciones donde la agresividad, la hostilidad e ironía o sarcasmo sea el tono dominante. No es más que la vibración de miedo o pánico sin aceptar ni trabajar. En ese ambiente, de repente nos sentimos muy mal, indefensos, bloqueados y bajamos a la vibración de la víctima, “pobre de mí”, “no soy capaz”…”qué horror, no sé qué voy a hacer”… Puede incluso que no se refieran a nosotros, da igual, es la vibración la que captamos. Pero vuelve a ser lo mismo que en el párrafo anterior, lo utilizamos para saber que es un reflejo de nosotros mismos. Aún mantenemos esa vibración con otros o con nosotros mismos. Es una parte que aún no hemos visto y que ahora es la oportunidad para sanarla. La aceptamos pero elegimos no quedarnos ahí.

Ya si la bronca va dirigida a nosotros, entonces los efectos son más graves. En cualquiera de los  casos, parar automáticamente la situación. Sacar el valor de donde sea e irse. A veces no vale la pena decir que no se acepta ese tono, se puede convertir en otra discusión que no lleva a ningún lado, salvo al aumento del estado de ánimo pésimo. Este comportamiento hostil o de violencia verbal no tiene ninguna justificación válida, por tanto, si entramos a “defendernos”porque nos sentimos “atacados”, nos mantenemos en esa vibración. Disculpas como que “tengo prisa, me esperan”, o “me estoy encontrando muy mal”, por ejemplo, ayudan a salir de esa situación. Aquí hay que estar muy alerta, es muy fácil seguir aguantando, cuanto más tiempo estemos menos energía para salir vamos a tener. Sin embargo, nada de caer en la crítica, al contrario, reconocer y aceptar que aún queda una parte de nosotros que sigue “dirigiéndose así a nosotros mismos”.

Estar abiertos y escuchar una visión crítica, diferentes puntos de vista es absolutamente necesario. Nos ayuda a discernir, muchas veces nos aclara puntos que estaban atascados. La relación dialéctica enriquece, siempre y cuando esté hecha desde la libertad, desde el respeto, desde una vibración no hostil ni agresiva, no desde el miedo encubierto.

Cuando se emprende un Viaje, es bueno estar atento a las señales  para disfrutar al máximo. Vigilar nuestra “línea de flotación”, para que no se vea  “tocada”, es muy conveniente, de lo contrario, nos vamos hundiendo poco a poco en un mar viscoso donde la duda, el desánimo, el agotamiento, de nuevo, se adueñan de nuestro ánimo. El problema es que se va aumentando la emoción, y, como bien sabéis, la emocionalidad nubla la visión, bloquea la energía, impidiéndonos ver nuestra realidad, las posibles soluciones, las salidas, nuestras capacidades y las ayudas que la Vida nos brinda.

Cuando esto ocurre, es muy importante saber que podemos salir a flote,  y continuar, pero estar alerta es necesario. Asumir, aceptar, integrar los miedos y sus diversas formas de manifestación para seguir navegando. Cuidar nuestra energía para poder enfrentar nuestros fantasmas y así poder seguir llevando nosotros el timón de nuestra vida, es lo que nos hace ir alcanzando una vibración más alta, menos densa, menos pesada, y  tener suficiente energía para poder afrontar nuestra propia vida con alegría, esperanza y realismo. Si, si, realismo, porque nuestra visión se va ampliando, al igual que nuestra conciencia y vemos una realidad cada vez más amplia. Al poder observar la situación y a nosotros con serenidad vemos los pros y los contras, qué podemos cambiar, añadir, descartar, mantener.

Otra medida que aumenta la energía. Una vez volvamos a navegar tranquilos, entusiasmados, en perfecta armonía, con nuestra disciplina y con nuestro orden restablecidos; nos sintamos bien, hacemos un recuento de la situación vivida y damos las gracias a todos los que han participado en la recuperación de nuestra línea de flotación, desde el corazón, sintiendo un auténtico agradecimiento, porque todos los actores y actos han contribuido a que aprendamos algo más. Han sido nuestros cómplices para seguir adelante.

Desde aquí os animo a seguir buscando en vuestro interior, a seguir viviendo desde el respeto, desde la libertad, desde el Amor, desde la aceptación. A no tener miedo ni vergüenza a pedir ayuda. Os animo a cuidar vuestra energía, vuestro cuerpo. Sin olvidar el valor añadido de la experiencia, que nos va dejando “esos pequeños trucos” para poder compartir y continuar.

Miedos, Desafíos, Retos·Objetivo, Metas, Propósitos

La Aceptación II

Vuelvo y sigo con la Aceptación. Acepto que os ha interesado y me habéis animado a continuar, acepto que aquí “hay tema” porque a la mayoría cuesta un montón aceptar.

Nos encontramos con que hay, para empezar, dos frentes abiertos. A mí me gusta denominarlos  “Asuntos” internos y externos. Lo interno es todo aquello que forma parte de mí; de mi manera de ser, de sentir, de pensar. Mis creencias, mis expectativas, mis planes o proyectos. Lo externo es todo aquello que viene de fuera pero que me siento implicada. Una orden, una demanda, un trabajo, un carácter o manera de ser de alguien, una opinión, una persona, una actitud, un comportamiento…Pero da igual, a la hora de aceptar tanto lo propio como lo ajeno, siempre se experimenta una ligera dificultad, porque es modificar nuestro comportamiento aprendido  ya que se elimina el juicio. Ni bueno, ni malo, simplemente es. No podemos olvidar los “trastos viejos”, todo aquello que vamos cargando, guardando en nuestro interior y que no admitimos ni en broma.

Digo dificultad porque nos hemos creído que es difícil, pero a mí me parece que se ve así porque, por un lado, nos falta información y por otro, no nos hemos puesto a ello. Una vez que se va entendiendo o conociendo el proceso que se ha de hacer, resulta fácil y como todo, a medida que se va aceptando, cada vez resulta más sencillo hasta que se integra por completo y sale solo.

Os animo a que recordéis un ejemplo simple de algo que tuvisteis que aprender de niñ@s porque os gustaba mucho o teníais muchas ganas de hacer. A mí me va muy bien recordar el día que me  regalaron la bici verde, la Orbea, heredada de una hermana. ¡Era preciosa!, ¡enorme! y enseguida me quise subir. Sola en la delantera de casa, parecía un reto imposible, se me caía de todas todas, no la controlaba.  Suerte que la prima mayor de mi amiga se brindó a enseñarme. Al principio me sujetaba el sillín para no caerme, yo tenía miedo y no sabia mantener el equilibrio, hasta que poco a poco me fui soltando. Iba torpe, más pendiente de Belén (así se llamaba la prima) y de si me soltaba, que de dar pedales y  se le ocurrió la brillante idea de que yo debía ir con los ojos cerrados para no saber cuando me dejaba sola, yo sólo tenía que pedalear. Así fue como aprendí a andar en bicicleta, ¡con los ojos cerrados!. Cada vez que lo recuerdo me muero de risa, me inunda un sentimiento profundo de ternura, de agradecimiento. Me veo escuchando atenta sus indicaciones, sentada en la bici, pedaleando, hasta que de repente mis piernas iban solas, ¡me fundí con la bici! “me solté”, sin estar pendiente de nada más. Todavía escucho los gritos para que abriera los ojos (menos mal),  y seguí disfrutando como una loca. La ilusión de atreverme, de poder ir a buscar a mi amiga hasta su casa y luego hacer carreras,  bajar la cuesta, fue el motor que me llevó a estar todo el día “entrenando”. Como era una niña con toda la inocencia, lo viví con la naturalidad con que aprenden los niños. No recuerdo el tiempo que necesité, ni se me ocurrió pensarlo, simplemente quería andar en bici. Por fin podía ir por el camino con piedras, más contenta que nadie, segura, feliz, a buscar a mi amiga Anabel. No aprendí a la manera ortodoxa, pero no se me ha olvidado nunca esa experiencia y me ha servido en muchas ocasiones.

Acepté que no sabía montar en bicicleta de dos ruedas, que quería aprender, que me podían enseñar y yo seguir las indicaciones. Una vez aprendidas, se trataba de entrenarme hasta que lo lograra. Seguro que me caí y con la misma “normalidad” volví a montar de nuevo. No le daba importancia, formaba parte del juego. Dejaba atrás el triciclo, una fase de mi vida, crecía y crecer implicaba  aprender algo nuevo para pasármelo mejor.

Seguimos creciendo, cambiando, nos vamos trasformando y vamos descubriendo tanto a nosotr@s como a los demás. Es la aventura de vivir y aquí es cuando surge el conflicto, al no aceptar los cambios, los imprevistos. De repente se nos desvela algo nuevo, algo que no habíamos contemplado. Ahí, de inmediato entra el juicio. Es bueno o malo. Si es bueno, nos sorprende gratamente, pero a veces no podemos creerlo, y nos decimos que es imposible, que no puede ser. Ya empieza la lucha, el darle vueltas, el intentar convencernos. Incluso, vencidos por nuestro asombro, preguntamos o comentamos el tema con alguien cercano. Una muestra típica es la necesidad de aprobación externa, que tanto si la recibimos como si no, no quedamos satisfech@s del todo. La desconfianza se apropia de parte de nuestra mente. No me puede estar pasando a mí, ¿cómo es posible?” Esto nos lo decimos siempre.

La otra, es cuando aparece de golpe “algo” que nos parece “mal”, inapropiado, injusto, pecaminoso o cualquier otro adjetivo calificativo. Aquí solemos actuar de dos maneras, una es negándolo, como si no lo hubiéramos visto, y la otra es sumiéndonos en un auténtico desánimo: ¡Qué horror! ¿Cómo es posible que sea así; que esta persona piense así; esto no puede ser cierto…

Bien, he mencionado unos puntos básicos que nos impiden alcanzar la aceptación, uno, que ya lo comenté la vez pasada, el juicio de valor; otro creer que es muy difícil, imposible; y el tercero, la negación. Tan sólo mencionaré otro aspecto que se tratará más adelante: El Control. Pero voy pasito a pasito, no se trata de correr, sino de integrar.

Tenemos la tendencia a negar. De niñ@s cuando nos asustaba algo ya nos decían, no te asustes, no hay nada, o nadie, o no tienes que tener miedo. Cuando decíamos o sentíamos algo “inapropiado”, no digas eso, ¡por Dios!. Ni te cuento si hacíamos la típica pregunta inoportuna, había que callar. Aprendimos a callar y a negar todo aquello que se suponía incómodo, incorrecto, impertinente. ¡Ya está!, tanto el juicio como la negación lo desarrollamos pitando, por la cuenta que nos traía. Y está muy bien, nos sirvió para ahorrarnos alguna bronca, castigo, pero no nos quitó el sentimiento de culpa, la rabia, el miedo…

Nos cuesta aceptar lo “nuevo”, lo “malo”, lo “bueno”, lo “diferente”. Nos cuesta aceptar los cambios, nos revelamos y lo pasamos fatal, perdemos mogollón de tiempo en quejarnos, en negarlo, en fin, un rollo, porque no hay remedio. La vida sigue y nos pone retos. Nos cuesta aceptar “al otro”, “lo otro” y “lo propio”.  Hacemos lo indecible para que se cambie eso que no queremos.  Todo esto es inútil, una auténtica pérdida de tiempo y de energía, que pudiéramos dedicar a realizar nuestros proyectos, sueños, o, simplemente descansar o divertirnos, o cualquier otra actividad más beneficiosa y hay muchas.

Lo único que cambia, transforma la realidad es la Aceptación. Por lo tanto, lo primero de todo, saber que todo, absolutamente todo lo que deseamos de verdad aprender, somos capaces de hacerlo. No importa el tiempo que nos lleve. Que para aprender, hay que empezar por algo. Es decir, se puede comenzar con algo sencillo, y se trata sólo de intentarlo, si, si, conectar con nuestra auténtica Intención, con la Voluntad  de empezar a aprender a aceptar. Ajá…pero sin olvidar aceptar que nos cuesta, sin juicio, sin machacarnos, con y desde la inocencia de la niñez y desde las ganas de lograrlo.

Querer vivir desde la aceptación conlleva un aprendizaje, un proceso, puesto que llevamos viviendo desde el juicio y negación desde que tenemos uso de razón.  Empecemos por observar que tenemos delante o dentro de nosotr@s. Observar, ser testigos de lo que pasa, de lo que me pasa, de lo que me provoca, sin más. Evitar poco a poco los adjetivos. Preguntarnos qué me produce, qué siento, qué me está pasando y, aceptarlo tal cual. Si, son multitud de emociones que nos asustan; lo aceptamos, aceptamos ese miedo, o rabia, o culpa, o soberbia, o envidia, da igual, simplemente observamos, desde el Silencio interno y lo aceptamos. No hay que olvidar que el Silencio interno, también llamado parar la mente o meditación, acalla el juez que llevamos dentro. Lo mismo que me tenía que fijar en dar pedales, aquí ponemos nuestra atención en el cuerpo, conectamos con él.

No hay que desanimarse, hay que seguir con el Intento. Con el entusiasmo que alimenta la Voluntad. Aceptando nuestras “caídas” y volvemos a intentarlo.

Aceptar no significa estar de acuerdo con todo, simplemente es aceptar. A partir de aquí comienza el Milagro de la Transformación de un@ mismo, del crecimiento y cambios no sólo físicos, sino como personas; de nuestra vibración, entorno, Vida. Al aceptar las emociones es como si desapareciera una niebla densa, pegajosa que impide tener una Visión clara de nosotr@s, de la situación, del nuevo reto. Se transforman en alegría porque comprendemos qué está pasando y para qué. Encontramos sentido, aparecen nuevas posibilidades, diferentes, hasta entonces desconocidas. La realidad la vivimos de otra manera. El aceptar activa la alquimia de la transformación, de la metamorfosis.

La aceptación es amar la vida, es amarnos a nosotr@s, a los demás. Es Vivir desde la serenidad, la armonía, que es lo que más deseamos. Nos concede la oportunidad de estar alegres, el entusiasmo de ir superando etapas.

Para terminar, os agradezco mucho los comentarios que he ido recibiendo y os animo a que sigáis compartiendo vuestras preguntas, dudas y opiniones

Miedos, Desafíos, Retos

La Aceptación.

Son las tres de la tarde, acabo de comer y mi intención era tumbarme un poco, incluso he puesto despertador para avisarme de que “ya vale de descanso”, pero se ha quedado en intención, puesto que no sé muy bien cómo, me han entrado unas ganas tremendas de escribir, es más, de gritar que ya vale de tanta “miseria en la autoestima”. Se me ha borrado totalmente cuál ha sido el motor de esta especie de necesidad, ni idea, pero aquí estoy.

Comienzo con la “Intención”, ¿vale? Yo tenía la intención de descansar, pero se ha quedado sólo en intención. Bien, ahora pregunto, ¿cuántas intenciones o propósitos dejamos en el olvido, por un tema de baja autoestima?

O lo que es parecido, falta de confianza, creer que no se es capaz y dar mayor importancia a las voces precavidas que avisan de todos los fracasos posibles.

Bueno pues últimamente me estoy encontrando con un número importante de personas muy apreciadas que saben lo que quieren, que saben lo que buscan, que saben lo que les conviene, que saben lo que les sacaría de su rutina aburrida y desgarradora y, ¿qué creéis que les frena para llevarlo a cabo? Miles de disculpas absurdas o conflictos internos que entretienen e impiden tomar esa decisión y dar un paso adelante.

Que conste, que yo no estoy “libre de culpa”, obviamente, de lo contrario no me llamaría tanto la atención. Pero precisamente por esta razón, lo he estado meditando y quiero comentarlo. Vamos a ver, muchos de nosotros hemos tenido experiencias donde nos han maltratado humillándonos por lo que habíamos hecho o dejado de hacer. También nos han reñido por vagos, distraídos, malos estudiantes; se han reído de nosotros y ridiculizado por nuestras ideas o manera de pensar; ni te cuento lo que habremos podido oír si nos ha salido algo mal o hemos tenido algún fracaso. Sin olvidar los miles de ridículos que hemos hecho. A mí me parece que todo esto forma parte de la vida, del vivir, del aprender, del arriesgar. Es más, creo que muchas veces ha sido un incentivo para continuar, pero ya no se trata de eso. Ya no es tiempo de seguir con este diálogo o monólogo, porque me parece que donde radica el problema no es lo que me hayan dicho o hecho, sino en lo que yo me diga a mí misma. En lugar de avergonzarme de algo, rechazarlo, ¿qué tal si lo acepto?.

Me he pasado mi vida luchando contra todas mis limitaciones, intentando solucionar mis miedos, culpas, baja autoestima… hasta que llegó el momento que me harté de tanta lucha, vi que por ahí no iba bien. Hiciera lo que hiciera, lograra lo que lograra, siempre había algo en mí de insatisfacción. Sin contar todo lo que dejaba de hacer por no ser capaz, por no merecer, por ser absurdo, porque no es lógico…

Y empecé por ahí. Me dije que sentía insatisfacción, no busqué causas y que lo mejor sería empezar a aprender a vivir con ello en lugar de luchar para evitarlo. Continuó la culpa, y exactamente igual. En lugar de  intentar que la culpa desapareciera, pues la acepté. Acepté que sentía culpa. Puedo seguir con el miedo y con la falta de confianza en mí misma, con mi incapacidad para aprender, memorizar, etc. etc. Es decir, dejé de juzgarme y pasé a aceptarme tal y como era, sentía y pensaba o creía.

Mi vida empezó a cambiar, de una manera sutil, suave, casi inapreciable, la culpa dejó de molestar, la insatisfacción no llegaba, miedos que no aparecían y sin cuestionarme qué estaba ocurriendo seguí aceptando, integrando.

Por tanto, propongo, cada vez que dudemos de nosotr@s, en lugar de empeñarnos y luchar contra ello, se acepte, se integre y se siga con la intención, con el deseo, con el anhelo.

Ir en contra de mi miedo, por ejemplo,  para que desaparezca, meter en la cabeza ideas contrarias, como que no tengo que sentir miedo, es meter en mi cerebro dos ideas opuestas y provocar un conflicto interno, lo cual impide pasar a la acción. Es por esto que propongo, simplemente aceptar sin el más mínimo juicio. Aceptar lo que se siente, lo que se piensa. Con la mera aceptación ocurre la magia, la alquimia, experimentamos una transformación en nuestra vida, en la relación con nosotros mismos y con los demás. Superar, sanar nuestra parte que juzga y critica, nos evita el conflicto y nos lleva a la acción, nos saca de la inercia, nos permite disfrutar del instante.

Estar animados, decididos y llevar a cabo nuestras intenciones o propósitos con entusiasmo y dedicación, nos hace estar contentos, alegres, satisfechos.

Decirnos que si, que tenemos miedo, pereza, duda, culpa, lo que sea. Lo aceptamos tranquilamente, y seguimos con nuestra idea, sin darle vueltas, sin rompernos la cabeza.

Para terminar os diré que todo se me hizo y hace fácil porque tengo un gran sentido del humor conmigo misma. Haber hecho el ridículo tantas veces me ha ayudado a saber reírme de mí y conmigo y mucho más divertido cuando lo puedo compartir. Mis fracasos me enseñan, mis miedos me avisan, mis culpas me responsabilizan y mi inseguridad me anima a seguir viviendo y aprendiendo. ¿Qué, podemos ser alquimistas, nos animamos? Vale la pena.

Conectar, Conexión, Intento, Ser·Objetivo, Metas, Propósitos

Ligera de equipage

La Navidad o Solsticio de Invierno empieza hacia el 21 de Diciembre y acaba con la llegada de los Reyes Magos o Epifanía.  Es el tiempo de la llegada de la Luz, de la Información, de la Revelación.

He podido comprobar que no solo estaba yo inquieta, melancólica, revuelta, ya que con algunas de las personas que me he comunicado hemos compartido este estado de “crisis” personal que se ha ido desvaneciendo poco a poco a medida que nos acercábamos al final de la Navidad.

Compartía que este año, igual mi crisis ha sido más profunda que otras veces, me atrevía a decir, entre risas,  que estaba siendo la peor que recordaba, sin embargo, la he vivido mucho mejor, con una mayor conciencia que me ha permitido saborear las emociones, los sentimientos, la incertidumbre y el miedo provocados por las pérdidas y los cambios.  Si, el miedo e incluso la angustia que te despierta por la noche, han sido dos componentes importantes de estas Fiestas. ¿Cómo es posible estar bien, en este estado? Os preguntareis y no sin razón. Pues es la respuesta a esta pregunta que me han estado haciendo sin parar, la que quiero compartir.

Cuando se está en crisis, una puede disimular delante de la gente, puede hablar, comentar, reír, hacer como que no pasa nada, pero sabe que está hecha caldo, por mucho que disimule.  Esta vez no ha sido así. Estando viviendo una crisis profunda he podido disfrutar, reír, compartir y celebrar estas Fiestas con profunda alegría, no he tenido que fingir, no he necesitado fingir. Lo que ha ocurrido igual que veces anteriores ha sido la necesidad de Silencio, de tranquilidad, la ausencia del alboroto propio de estas fechas, simplemente he elegido celebrarlas en la más estricta intimidad. He aprovechado o buscado momentos de quietud, de calma, de silencio con verdadera necesidad, ya que quieras o no, son días de actividad frenética y lo que necesitaba era quietud para aquietar mi cabecita que estaba bastante inquieta, alterada y así poder salir de “mi refugio” y disfrutar de la compañía.

He aceptado desde el principio que venía una movida importante, que no iba a ser fácil el transito al nuevo año. Sabía muy bien que había que desprenderse de viejas creencias, sentimientos muy arraigados, para dar paso a lo nuevo que nos trae el 2015 y que ya no vale solo las buenas intenciones, que es tiempo de pasar a la acción, no se puede “dejar para luego”.  Por tanto, he esperado con paciencia la Información, he ido aceptando todo lo que se quedaba en el pasado, he llorado y celebrado las pérdidas, puesto que no todo lo que se ha de ir quieres que se vaya. He ido integrando todo aquello que cada día iba descubriendo, con la confianza en el Milagro, en la Magia y  así han ido pasando los días. No quiero omitir un milagro ocurrido, una reunión donde se comenta un libro. No lo dejo pasar y salgo corriendo en su búsqueda, La Historia Interminable de Michael Ende. Me ha acompañado todos estos días y ha sido una revelación. ¡Cómo he disfrutado! hacía tiempo que no vibraba con una lectura, me recordó cuando descubría un autor y saltaba de alegría porque me daba la información, la pista que justo necesitaba en ese momento. Son esos momentos mágicos que nos regala la literatura.

La víspera de Reyes ya tuve mi primer regalo: Un abrazo, un abrazo que llevaba mucho tiempo deseando. Unas miradas brillantes, limpias, sanas, jóvenes, inocentes que pude apreciar de cerca. Mi corazón saltaba de alegría y de agradecimiento.

Ese mismo día me llegó la Información que necesitaba para seguir con ánimo, voluntad, disciplina, ilusión y confianza; todavía no habían “venido los Reyes” y ¡ya estaba recibiendo regalos! Me acosté con la inocencia de cuando era niña, sabiendo que al día siguiente y los días venideros iba a recibir más. Así ha sido, han llegado certezas, oportunidades, abrazos, reencuentros, viajes y la Fuerza para seguir viviendo con alegría y entusiasmo al 100%.

Probablemente se me irán olvidando algunas de las tendencias que me habían marcado hasta ahora, aquellas que te hacen vivir con una carga pesada; ahora entiendo a Machado cuando decía que había que ir “Ligero de equipaje”, no sólo se refería a llevar maleta pequeña, sino a no ir cargando creencias limitadoras de lo que realmente somos: Luz y Amor.

Este 2015 nos trae la posibilidad de seguir avanzando hacia una vida plena, hacia el amor, hacia la Luz, a ampliar nuestra conciencia. Nos trae la Información que cada uno de nosotros necesitamos para vivir desde el Ser que somos y para ello hemos de vaciarnos para dejar entrar lo nuevo. Abrazar los cambios, la vida, sabiendo que todo es como debe ser, sin esos pensamientos “antiguos” que hacen que nos enfademos con lo que nos trae porque no lo entendemos, porque no nos gusta, o no era lo que queríamos y así bajamos de vibración, de ánimo y tenemos que recurrir a todo tipo de evasión para paliar la frustración que conlleva.

Cuando estoy en la confianza, en la aceptación, en la inocencia, vibro en el amor, atraigo a mi vida ¡milagros! Se convierte en algo natural, como la vida misma, y cuando llega la crisis, se vive desde la esperanza, desde la certeza de que se está dejando algo que ya no sirve, que hay que vaciar “nuestra memoria personal” para seguir viviendo, fluyendo con alegría y entusiasmo y estar abiertos a la transformación o metamorfosis para llegar a vivir todo nuestro potencial.

!FELIZ  y PRÓSPERO 2015 os deseo de todo Corazón!

Conectar, Conexión, Intento, Ser·Objetivo, Metas, Propósitos

El Colibrí

Hoy me remonto 12 años atrás, cuando, por primera vez, asistí a un curso del Camino de la Libertad, también llamado, Camino del Guerrero, durante el mes de agosto en el Estado de México.  Era la segunda vez que visitaba ese país y la primera que salía del amparo de mi familia mexicana. Por fin, podía adentrarme en el “México Profundo”, que tanto deseaba. Eso sí, no sin miedo. Me habían alertado, avisado y prevenido de miles de peligros que me aguardaban en ese país. Ya en el aeropuerto, Benito Juarez, lo único que se me ocurrió para tranquilizarme fue conectar con el Silencio y repetir sin parar la frase de “Uno, uno, todos somos Uno”, concentrando toda mi atención en mi respiración, en mis pasos. Es una manera de acallar la mente,  parar el diálogo mental, que te paraliza y ciega y seguir caminando.

Concentrada en mi respiración, escuché un”hey” y vi un cartel con mi nombre y apellido mal escrito, pero había alguien esperándome, contra todo pronóstico. ¡Qué tranquilidad! en ese momento le hubiera comido a besos a aquel, prácticamente, desconocido, pero me contuve y respondí “soy yo a la que buscas”.

A partir de aquí, todo fue una aventura maravillosa, los peligros no se presentaron, y dejaron espacio a los regalos que México tenía preparados para mí. A los dos días de mi llegada, me llevaron a Tonali, un centro donde nos hospedábamos y recibíamos el curso.

Rodeado de montañas o colinas, una de ellas, “La Mujer dormida”, te trasmitía paz, sosiego, bienestar, entre otras muchas más sensaciones a cual más agradable. Desde que llegué allí, me encontré en un estado de plenitud, de felicidad y de asombro continuo. Todo llamaba agradablemente mi atención. El paisaje; los sabores picantes, dulces, extremos;  la gente con la que estaba, agradable, divertida; y ¡qué decir de Mariví de Teresa!, la mujer sabia, cariñosa, atenta,  una auténtica guerrera que impartía el curso y que tanto me enseñó. Acudía a sus charlas, iba a las caminatas, a los ejercicios de recapitulación, Chi-Kung o Tensegridad. Nunca olvidaré su mirada, sin palabra alguna, trasmitía una certeza, un Poder que sin pensarlo, hacía todo lo que tocaba. El día que tocó un Temazcal, creí que me moría de miedo para atravesar aquel pequeño agujero, pero luego, una vez superada la prueba,  como con todo lo que nos hacía, alcanzabas un estado de dicha y alegría profundos.

A medida que pasaban los días, cada vez me sentía más a gusto y contenta de haber dado el paso, de haberme atrevido a cruzar el charco sola, de ir a México, con todo lo que me decían de peligroso que era ese país. Allí estaba yo, aprendiendo y experimentando una manera de verme a mí misma diferente, con otra mirada y, al mismo tiempo, al resto de la Creación.

De toda aquella experiencia que duró un mes, hay un hecho que quiero resaltar, porque fue fundamental, no sólo ese verano, sino hasta hoy. Las flores me llamaron mucho la atención, su colorido brillante, variado, chillón; rodeadas de los pajaritos más bellos que había visto en mi vida, los colibríes. ¡Me enamoré de ellos! Quise saber todo sobre el colibrí, y lo que más me asombró fue que en Europa no había; habían intentado llevarlos a la Toscana, por la similitud del clima, pero murieron todos, no se adaptaron. Bueno, lo que me faltaba para que me gustaran más. ¡Qué sensibilidad! ¡Qué ternura! Eran pura poesía.  Fue un amor a primera vista. Todo el mundo en México que me conocía, sabia perfectamente el amor que procesaba a los colibríes. En los descansos, aprovechaba a quedarme absorta, observando las enredaderas repletas de flores naranjas y rosas, rodeadas de colibríes, agitando sus alas a una velocidad de vértigo y un día, noté algo muy suave, casi imperceptible en mi hombro desnudo. Miré y vi una pluma multicolor, como con irisaciones azules, pequeña. La guardé durante mucho tiempo, en mi última mudanza, se perdió.

¡Un colibrí me había dado su pluma! ¿Qué más podía pedir? Me volví loca de contenta y fue la señal de que me unía a ellos algo más que la admiración. Me sentí admitida en su comunidad y con mayor motivo acudía cada día al rincón de las enredaderas a verles y escuchar su ligero y suave canto. Se puede decir que mantenía un diálogo sin palabras con ellos y que eran los momentos mejores del día. Las dudas se me disipaban, encontraba respuestas allí sentada, frente a ellos y me sumía en un estado de ensueño maravilloso.

La relación no acabó aquel verano, ya viviendo en México los veía y celebraba cada vez que acudía uno, allá donde yo estuviera. “Lourditas, ya llegó tu colibrí”, me decían. Era la señal de que “todo iba bien”.

Una hecho muy especial fue aquel mes de febrero que me decidí a independizarme. Salí de la casa de mi prima adorada, Rosalía, después de haber estado alojada un año en su casa, a cuerpo de reina.  Ya tocaba ir a vivir sola, y a través de otro buen amigo, Hugo, encontré un departamento en la colonia Roma. Era toda una novedad para mí, sola, viviendo y trabajando en México, en una ciudad de millones de habitantes, sin dificultad alguna. Todo fluía de manera suave, fácil. A los pocos días de llegar, estaba yo colocando cortinas y tomando conciencia de dónde y cómo estaba, cuando, de pronto, escucho unos suaves pitidos, ya conocidos; miro por la ventana, que daba a un patio interior, espantoso, y cual es mi sorpresa y alegría profunda al ver ¡un colibrí!. ¿Cómo era posible que hubiera llegado hasta allí, un patio sin flores? Emocionada y agradecida, salí corriendo a comprar unas macetas con bugambilias para ellos, las coloqué en la ventana y balcón que daban a la calle Puebla, para que se sintieran a gusto. Les quería dar la bienvenida como ellos me la daban a mí. Les puse también su bebedero con su agua especial y cada día acudían a regalarme el placer de verles agitar sus alas, escuchar su sonido y apreciar su belleza.

Me cambié de casa, y siguieron viniendo cada día, así hasta que me fui del país, a Europa, donde no pueden vivir, se mueren.

Así que desde que regresé de México sólo los podía ver en fotos, o en cerámica y madera, todos los que me fueron regalando y que los traje conmigo. Los he mirado con nostalgia, pensando que “aquí no hay colibríes para acompañarme, para sacarme de mis dudas”. Los he mirado con la necesidad de volver a momentos del pasado, permitiéndome sentir  la tristeza de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene. Hechaba de menos sus colores, pitidos y compañía. ¡Poesía Pura! o ¡Pura Poesía!

Esta mañana temprano, en el metro, agradeciendo el nuevo día, todo lo que la Vida me da, me he acordado del colibrí,  he sonreído y sin ninguna nostalgia he agradecido tener, de nuevo, entre otros muchos Regalos,  ¡poesía y sensibilidad!, en mi vida. No hay colibríes aquí, pero el Universo sigue dándome  deliciosas sorpresas y oportunidades cada día y cada día me siento más viva.