Miedos, Desafíos, Retos

Feliz 2019

 

solsticio-de-verano-lou-asterOs deseo un muy, muy pero que muy Feliz Año Nuevo.

Año lleno de retos, de aventura, de calidez, de besos, de caricias, de playa, de mar.

Año de montañas, sumergirse en los ríos. Calentarse al sol y baños de luna.

Año de conectar con estrellas, con ballenas, con el delfín.

Año de colibrí y volar con la mariposa.

Año de muchos ladridos, ronroneos y bienvenidas.

 

 

 

Conectar, Conexión, Intento, Ser·Miedos, Desafíos, Retos·Silencio, Conexión, Transformación·Técnica metamórfica

El Disimulo

Hola, ya estoy aquí de nuevo. ¿Cómo te ha ido? Has descubierto algún plan, trabajo, proyecto, deseo nuevo que te gustaría realizar?

Seguro que sí y por muy insignificante que creas que es, no olvides, tiene importancia. Y ¿sabes por qué? Porque sale de ti, es tuyo, te pertenece, así que escúchate, déjale salir y lánzate a observarlo con mucho cariño, darle su espacio y a ver qué pasa.

Acuérdate, no todo se ha de llevar a cabo de inmediato, a veces nunca se realiza, pero comenzar a considerar, mimar y amar lo que sale de ti es un gran avance e incluso muy divertido. Se nos olvida que podemos ser mucho más entretenidas que la TV y que nos lo podemos pasar con nosotras mismas muy bien, y si luego lo compartimos, ni te cuento, a qué si?

Si no ha “nacido” todavía, no te desanimes, vive la espera con esperanza ya que vendrá, seguro.  Eso sí, pero le preparas el espacio, eh?

Por mi parte este mes he seguido con la tónica de aparcar las redes sociales, apagar la TV y sólo atender el móvil.

¿Cómo te lo diría? Pero cuando dejas de estar pendiente todo el rato del “mundo exterior”, y buscas centrarte en tu mundo interior,  es cuando pueden aparecer opiniones, ideas, proyectos propios, personales porque les das su  espacio.  Es por esto que te animo a que te lances, te sugiero que entres en la “Fase semicaracol*“,  se necesita utilizar esta estrategia, hay una saturación de ruido, un exceso de información, inputs constantes que sacan del centro, el cual cuesta recuperar.

Hoy, además, quiero comentarte algo también muy personal y al mismo tiempo muy común, seguro que te ha pasado o te está pasando.

Fue quizá un exceso de espontaneidad, unas ganas tremendas de compartir, una pasión y una energía desbordante que no sabía canalizar, lo que me llevó a “hablar demasiado“, a “meter la pata“, a montarla parda, vaya. Lejos de mi intención, que era el compartir mi entusiasmo o mis miedos o mi vulnerabilidad o mis dudas, pues, a veces, ofendía o incomodaba al personal y, claro padecía unas reacciones y consecuencias que, no sólo no entendía, sino que me hacían daño. Así, de esta manera, fui creando un mecanismo valiosísimo de defensa llamado “el disimulo” o en lenguaje familiar, “hacerme la sorda“; es decir, no respondía, o  permanecía callada o hablaba sin decir nada, pero tampoco escuchaba, me “iba a mi mundo”, desconectaba.

Pasó un tiempo que me daba vergüenza o miedo o pereza decir  abiertamente lo que pensaba, sentía, me gustaría hacer, qué era lo que realmente me hacía feliz y me interesaba. Era una manera de sentirme protegida de los comentarios, de las risas o, incluso de algunos ataques verbales que iban mucho más lejos del hecho en sí, pero esa misma protección, sin yo saberlo, la tenía hacia mi, también. Me protegía de mí misma. Curioso, ¿verdad? Pero, ¿a que te resuena?

Me resultaba agotador, me generaba un sentimiento de culpa el “no ser” como tocaba, aquello que llaman ser “políticamente incorrecta” y me hacía vivir en una gran contradicción conmigo misma. Me sentía fatal. Poco a poco gracias a personas que habían pasado por lo mismo, no hay que olvidar que a todo el mundo no le pasa, y no pasa nada, pero a los que nos pasa, lo pasamos fatal, fui aprendiendo a aceptar “esa parte” de mí con naturalidad, con cariño, incluso con mucha ternura hacia mí. Que sepas que es imprescindible.

Aceptarme primero para luego poder aceptar al otro, para sentirme bien conmigo misma y con el entorno. Aprendí a decir adiós desde el cariño y agradecimiento a muchas cosas y a gente.  Fui aprendiendo a manejar toda mi emocionalidad sin miedo. Lo primero, aprender a callar para escuchar. ¿Pero cómo callar, si no decía o contaba nada? ¿Escuchar? Con lo bien que me salía “hacerme la sorda”?

Aquí está la magia, aquí está lo divertido, el gozo de vivir, descubrir como tus propias trampas, una vez conocidas y aceptadas, se trasforman en valiosos recursos y te sirven para crecer, para evolucionar, para ser feliz.

Entonces, igual que me desconectaba y me iba a la luna, poco a poco fui desconectando mi diálogo mental, las conversaciones interminables conmigo misma, el darle vueltas y no sacar nada en limpio, es decir, me enseñaron a  salir o cortar el “bucle” que era agotador.

Te lo comento y lo comparto porque seguro que a ti te ha pasado o te está pasando algo parecido con algún deseo, opinión, sueño,  que tienes muy íntimos, muy personales y que decirlos, compartirlos te causa una especie de temor y te dices que no tiene demasiada importancia, que para qué vas a decir o hacer eso ahora, y acabas convenciéndote con un total, da igual. Pero sigues dándole vueltas, porque, a pesar de que lo aparques, vuelve, insiste en ser escuchado, en salir a la luz.   Y, sin embargo, es muy importante escuchar, compartir para materializar opiniones, ideas, sueños, deseos con otros, ¿no te parece?

Seguro que te ha pasado infinidad de veces que has escuchado a alguien atreverse a decir algo, a realizar algo y te has sentido totalmente identificada, y te dices a ti misma yo quiero ser así, quiero poder hacer eso o aquello, tranquila, con naturalidad, ¡por favor!

¿Sabes qué pasa? que son palabras o acciones que salen de un deseo interno, una vez escuchado, aceptado, amado y que detrás hay un Voluntad que las ampara, un Silencio que guía y dirige.

Desde aquí quiero agradecer a todas las personas que a lo largo de mi vida me han abierto caminos, posibilidades, que me ayudaron a salir de ideas preconcebidas, que me hicieron dudar, reflexionar, que me movieron de mi zona de confort, aunque a veces no “me gustaba” lo que me decían y otras, en cambio, salía encantada. Da igual, el caso es que movida por el agradecimiento y envuelta y arropada de amor, fui aprendiendo a “no disimular“, ante los demás, pero sobre todo, ante mí misma. Aprendí a escuchar y a escucharme, dejé de “hacerme la sorda” como me decía mi madre. ¡Huy, como me acuerdo de ella!

Ahora, busco el Silencio, me sumerjo en él y lo escucho para poder vivir en este mundo sin que me arrastre la emocionalidad como en una noria, como me decía una amiga, que sube y baja y si no te apeas acabas mareada.

¿A que te están entrando ganas de comenzar o de continuar?

* Hablo de la Estrategia del Caracol en un post anterior, es una estrategia muy recomendable.

 

Miedos, Desafíos, Retos·Objetivo, Metas, Propósitos

EL BLOQUEO

 

Processed with MOLDIV¿Te ha pasado alguna vez que has sentido un bloqueo? Seguro que sí, hasta la persona más fluida y segura del mundo, estoy convencida, se ha tenido que sentir en algún momento de su vida frente a un obstáculo o dificultad que no se sentía capaz de librar y decide abandonar. Pero también hay quien a pesar de eso, decide seguir adelante hasta lograr su propósito, que es sentirse bien consigo mismo. 

El bloqueo aparece cuando comenzamos algo nuevo, una relación, un proyecto, un proceso personal, todo aquello que represente una novedad, que nos saque de nuestra zona de confort.

En este caso en concreto, al obstáculo que me refiero, es el que yo misma me pongo. Son mis “propias neuras”, aparecen al poco de comenzar y me impiden continuar lo que había empezado con tanta ilusión. La experiencia me ha enseñado qué la mejor solución cuando me pongo así es aceptarlas. Sí, curiosamente, en lugar de intelectualizar mi estado, comienzo por sentir mi cuerpo, por observar que me pasa y toda mi atención se va a la cabeza, parece que vaya a estallar. ¿Qué le pasa a mi cuerpo? ¿No tengo? ¿Soy un Cabezudo? ¿Te acuerdas de los Gigantes y Cabezudos, esos con la cabeza enorme que te daban golpes en las fiestas populares? Pues así me siento, golpeada con mi propia cabeza. No hace falta que te diga lo mal que lo paso, seguro que te pasa algo parecido.

¿Qué hago cuando decido parar de dar vueltas por casa, ir a la nevera, al baño, mirarme en el espejo, ver lo horrible que estoy? Pues ACEPTAR que estoy bloqueada, sólo que estoy, porque se que no soy un bloqueo. Tenemos la ventaja que en nuestro idioma se diferencia el SER del ESTAR. Así que me voy a por el  SER. ¿Cómo? Pues RESPIRAR CONSCIENTE, si, poner toda mi atención en mi respiración y ver y sentir mi barriga como se hincha y deshincha al ritmo de la respiración. Que me voy otra vez a la cabeza, no importa, vuelvo a la respiración de nuevo. Esta es la manera que conozco para SERENARME, o lo que es lo mismo, un intento para conectar con mi SER, salir de esa espiral alocada para observar “desde fuera” qué me está diciendo.

Observo los pensamientos,  intento ponerles cara, ojos y nombre, claro está, para conocerlos. Si no los conozco, difícil de aceptarlos, no? Bien, así que aquí te cuento un pequeño ejemplo de lo que me pasa. El primero suele ser, doña Autoexigencia,  aparece sin haberla llamado, como siempre hace, repitiendo sin parar todo lo mal que hago las cosas, que no sirvo para eso, callando la boca a doña Autocomplaciente, que en voz bajita reclama que no todo lo hago mal, que hay cosas que se pueden recuperar, que puede ser que eso en concreto, pues no sea lo mío. Entonces viene como un rayo doña Autocompasión, gritando que se callen, y animándome a dejar lo que estoy haciendo, me acaricia de forma pegajosa, repitiendo que no me preocupe, que descanse, que busque distracción, que seguro en algún momento me saldrá, pero que por el momento, lo deje. Doña Prisa, también llamada Doña Impaciencia, me anima a abandonar, alegando que no hay resultados, que vuelvo a perder el tiempo con tonterías que no son para mí. A lo que doña Autoexigencia, que se ha ido poniendo tierna, ha dicho que la única solución es prepararme más, que lea, aprenda, que me apunte a un curso, en fin, que todavía no estoy preparada. Vuelve Doña Autocompasión consolándome, diciéndome “pobrecita ya es muy tarde, se te ha pasado el arroz”.

Unas y otras se contestan, se interrumpen, armando mucho ruido y, de golpe, me doy cuenta que me están llevando a un callejón sin salida y que el tiempo corre y que no hago lo que quiero hacer, en este caso en concreto, es escribir.

Es aquí cuando aparece Abu Lou, observa a todas, las hace callar a medida que las va mirando  y me pregunta con su voz cálida, cogiéndome de la mano, mirándome a los ojos  ¿por qué escribo?, a lo que le respondo, porque me gusta mucho. Y así, tranquilamente, empezamos un diálogo:

AL: Para qué escribes?

-L: para divertirme, me gusta compartir, además sé que hay gente que le gusta leerme.

AL: Te da satisfacción?

– L: ¡Claro! Muchísima.

– AL: Te importa la opinión de los demás?

L: ….

DL: ¿Quieres ser la mejor?

L:….

AL: ¿De qué tiene miedo mi niña? ¿De no hacerlo bien? ¿De qué se rían de ella? ¿De qué no la quieran? ¿De qué la critiquen? ¿De que la abandonen? Venga, mi amor, anímate, es normal que acudan estas locas, han estado contigo siempre deseando que las veas, que las escuches, que les hagas un poco de caso, entonces dejarán de molestarte. Ya está,  ya las has reconocido, despídete de ellas con cariño, ya no te hacen falta, ya has aprendido muy bien su lección. Poco a poco, sigue haciendo lo que te habías propuesto, sin expectativas, concediéndote tu tiempo, pero sólo porque te gusta mucho, porque eliges hacerlo, disfrutando de TODO el proceso. Hazlo solo para ti; y no olvides,  lo haces porque te gusta, porque te divierte, porque te sientes bien y buscas ser feliz. 

-L: Gracias Abu Lou, ¡qué bien que estás tú!, que me entiendes y que me quieres mucho.

Da lo mismo en el proyecto que estemos, lo importante es saber cuál es el verdadero propósito,  lo que nos impulsa a vivir. A lo largo de nuestra vida, en un momento dado, aparece este muro que nos paraliza, que nos impide fluir, que nos tienta con abandonar, que no nos deja descubrir quiénes SOMOS de verdad, disfrutar de lo que hacemos, o vivimos, o tenemos entre manos en ese instante. Es cuando aparecen, de nuevo, nuestros miedos más infantiles. Y ¿sabes por qué aparecen? porque nos arriesgarnos a hacer lo que nos gusta, porque elegimos ser felices y vivir nuestra propia vida, ajenas a la opinión pública, (qué fuerte, eh?). Y para todo esto necesitamos un Fuerza bestial, nadie dijo que era fácil, que se llama Amor, entonces hemos de empezar a aceptarnos tal y como estamos, a amarnos con nuestros miedos  y neuras, y a partir de aquí comienza algo que se escapa al conocimiento racional, que sólo se puede experimentar y sentir.  

Nos “ponen” los retos, la aventura de vivir cada día como un día especial y aprovechar las oportunidades que la vida nos trae. Sabemos que es un regalo y lo abrimos para crecer, aprender, conocernos mejor y disfrutar.

Te animo y si quieres te acompaño a descubrir todos los bloqueos, a ponerles cara, ojos y nombre, a aceptarlos y amarlos como algo que nos ha acompañado durante nuestro camino,  y entonces, los despedimos con un beso, con un abrazo y los dejamos ir, porque ahora nos impiden seguir adelante. Te aseguro que se puede manejarlos, no desde la angustia ni ansiedad, sino desde el gozo de vivir.

Ojala te animes a escribir un comentario,  y si te ha gustado, compartirlo. Muchas gracias.

Miedos, Desafíos, Retos·Objetivo, Metas, Propósitos

El Viaje

Processed with MOLDIVEmprender un viaje conlleva un nerviosismo previo. Emoción que anima a la sorpresa. Nos encontraremos momentos de incertidumbre, aparentemente no ocurre nada, sin embargo, con el tiempo y la experiencia se sabe que simplemente se trata de una tregua. Saber descansar, es importante, pasar el rato sin nada que hacer, también; simplemente estar, ser y sentir. Son  momentos para controlar la atención, se nos va a su bola, pero intentamos, de nuevo, fijarla en algo concreto, aparecen dudas, luego toda una cascada de sensaciones, sentimientos, recuerdos, anécdotas que, si no se está alerta, te inducen a un loco diálogo mental, pero se trata simplemente de sentir, de observar, de aceptar, sin caer en la costumbre tan arraigada de juzgar.

Os animo a viajar, volver a lugares y descubrir rincones desconocidos. Recuerdos y descubrimiento al mismo tiempo. Atreverse a viajar. Recorrer caminos conocidos y otros extraños.

Volver a lugares que hacía tiempo que no se visitaban abren la caja de la memoria, de los recuerdos que llevan a un viaje por una parte de la vida que casi se había  olvidado. El tiempo transcurrido y la experiencia ayudan a comprender, a ver el hilo conductor. Caer en la cuenta, risas, agradecimiento.

“Sanar memoria”, sanar pasado, liberar el peso de la mochila y así poder seguir la  ruta, el viaje personal, ligera de equipaje.

Os animo a que os regaléis un viaje y a que me dejéis un comentario.

Miedos, Desafíos, Retos·Objetivo, Metas, Propósitos·Sanación

La culpabilidad

Es tiempo de vacaciones, de descanso. Es el momento de recuperar fuerzas, energía, tomar el sol y revitalizarnos. Es el momento de disfrutar a tope de paseos, baños, lecturas, de dormir o madrugar, de hacer todo aquello que durante el invierno resulta complicado.  Sin embargo, escucho a menudo adultos que sus vacaciones se convierten en un problema, en una carga más. En un “tener que”.  Cuando puedo, les pregunto qué hay en ellos que les frena a disfrutar, no sólo de las vacaciones sino de todo el año. Pregunto y animo a que se pregunten por qué me prohibo ser feliz, por qué me prohibo vivir en plenitud.

Me transmiten aquella sensación, la misma de cuando te habían suspendido en el cole y merecías un castigo. Estaba prohibido disfrutar del verano a tope, las vacaciones “no te las habías ganado al 100%”.  

La culpabilidad es uno de los venenos más tóxicos que existe, comentaba un detective en una serie de TV la pasada noche. Me llamó la atención la frase y pensé ¡que bien lo ha resumido! De manera inmediata, comencé a pensar y revisar los efectos de ese veneno en mí. Pasé de ver la peli a volver a ver mi propia película. ¡Que barbaridad! Lo que hice, lo que dejé de hacer…El sufrimiento, los conflictos, la frustración…increíble. Me vino un sentimiento profundo de agradecimiento y eso, que la he “visto” varias veces. Así y todo, tuve la suerte de ver cosas nuevas, aceptarlas y poder sanarlas, esto ¡no acaba nunca! De manera suave, sutil me vino una sonrisa cómplice, una ternura cálida que me llevaron a un sueño profundo.    

Me desperté temprano, el canto de los pájaros y el sol entrando por la ventana fueron los causantes de que me levantara con un brío atípico. Desayunando, observando orgullosa el pequeño jardín, las flores, que tanto cuido; saboreando mi café y disfrutando de esos instantes mágicos, me vino la frase de nuevo. La culpabilidad es uno de los venenos más tóxicos que existe.  Fue un indicativo, una sugerencia para ahondar en el tema, así que ni corta ni perezosa me dirigí a mi rincón a hacer la meditación diaria.

Pude observar y disfrutar al ver a pacientes que se han liberado de esa pesada carga, y como su vida, su salud, su prosperidad, han mejorado notablemente; como contagian alegría y entusiasmo. Les he animado, a alguno de ellos, a que vuelvan a mirar la foto que me enseñaron de su niño/a, que vean cómo han sido capaces de sanarle, y se maravillan de lo que les a aportado. Han cambiado, se han trasformado y lo celebramos riéndonos, recordando anécdotas, cuando aún cargaban con una culpa propia, ajena y general, vaya, que se sentían culpables hasta de que no hiciera buen tiempo. Os podéis reír o llamarme exagerada, pero es así, la culpa y su aliado, el resentimiento son algo que si no se aborda, reconoce y se aprende a manejar, crece y crece y llega un momento que nuestro niño y joven adolescente herido domina toda nuestras acciones y reacciones alcanzando cotas insospechadas de enajenación y sufrimiento.

Sentirse culpable, sentir culpa o tener remordimientos de conciencia  es algo por lo que  todos  hemos pasado, nos resulta conocido; vaya, que sabéis de lo que hablo. Es más, puede hasta resultar, en principio, aburrido, puesto que es un tema manido. Sin embargo, me animo a escribir sobre ello, hacer unas anotaciones sobre el tema para que al que esté interesado le puedan servir, al menos, para empezar. Insisto, porque cada día que pasa veo los efectos nocivos que produce no tomar conciencia, veo la falta de visión ocasionada por la niebla densa de las emociones.

Tomar conciencia de nuestra culpa conlleva una revisión de los hechos,  el arrepentimiento y pedir perdón o perdonarnos y otras veces una sonora carcajada al ver que no hay motivo alguno para habernos sentido culpables. La culpa es un buen indicador de que algo interno sería conveniente revisar, nos avisa, entre otras cosas, de un conflicto entre lo que hacemos, pensamos, sentimos y deseamos, con respecto “a otro” o a nosotros mismos. Nos señala los miedos, las inseguridades y esa agresividad que nos corroe.

Existe la posibilidad de aceptar la culpa como algo que forma parte de la vida, algo inevitable, algo normal, que se siente en un momento dado, según las circunstancias, unas veces más que otras  y de esta manera, seguir cargándola sobre la espalda. Poco a poco nos vamos acostumbrando al sobre peso, puede provocar algún dolor que otro, molestias… pero vaya, no pasa de ahí. Es cuando se cae en la negación, y uno se repite a sí mismo o a los demás, Yo no me he sentido nunca culpable de nada, yo no tengo culpa alguna… También cabe la posibilidad de que haya quien esté libre de culpa, no lo sé, pero puede ser.

Hay quien para evitar el regusto amargo, la incómoda, dolorosa y desagradable sensación que produce la culpa, va dejando en el “olvido” algún recuerdo, pensamiento insistente, deseos, sueños, esperanzas, anhelos. Deja de tomar decisiones o las toma sin medir el alcance, las consecuencias, porque no existe la responsabilidad propia y se sigue viviendo o sobreviviendo como mejor se pueda, creyendo que todos los males son “por culpa” de algo o alguien ajeno a él, es decir, en ningún momento se siente capaz de tomar las riendas de  su propia vida, de saber a ciencia cierta que está preparado para aceptar la responsabilidad de sí mismo, los retos del vivir y que la vida ofrece a cada instante la posibilidad de mejorar la existencia. Va poco a poco acallando esa parte íntima, personal que indica la existencia de algo por “revisar”.

Esta actitud ante la vida es muy perniciosa, negativa, y dependiendo del rol que toque, adoptar según el momento, victimario o víctima le lleva al individuo a vivir obsesionado, fuera de su centro, de su equilibrio, metido en una espiral que no tiene fin. El sentirse siempre en deuda, o injustamente tratado, provoca sentirse atrapado, envuelto en obligaciones, en pesadas cargas, en batallas que nunca terminan. Enfados con los culpables de la desdicha o fracaso, centrando gran parte de la atención en la venganza, o bien, en un afán de protagonismo agotador, la necesidad de buscar la aprobación general, el aplauso, la admiración en cada acto que se realice. En ambos casos deja de focalizar la atención, la energía en su auténtica responsabilidad, crecimiento personal, evolución, prosperidad; las dos actitudes, basadas en la negación, coartan la creatividad, los proyectos, los sueños. Resumiendo, suprimen el gozo de vivir de manera saludable, la satisfacción de la superación personal, la dicha del agradecimiento, la magia de los encuentros, el gozar de los milagros que la vida trae a cada paso. 

Por suerte, siempre se está a tiempo. La Vida tan generosa no se cansa de dar otra oportunidad para “coger al toro por los cuernos”, para aprovechar los instantes y aumentar la conciencia, para vivir en plenitud, para ir descubriendo el propio Poder de transformación, las infinitas posibilidades que absolutamente todos poseemos. 

Para los que estáis hartos de dar vueltas al coco, de cargar con una emocionalidad que nada bueno os reporta, existe la posibilidad de salir, de deshacer el círculo vicioso de la víctima/victimario. Reaccionar desde la culpa comporta mucho resentimiento y éste es una carga terrible, anula el gozo de vivir. Las personas resentidas complican y se complican mucho la existencia, a nivel coloquial digo que son muy molestas, porque claro, la culpa no va sola, le acompaña la rabia, el miedo, la intolerancia, la venganza, la manipulación, el afán de protagonismo constante… todo un paquete de emocionalidad que impide vivir serenamente, con tranquilidad, disfrutando, agradeciendo y, sobre todo, hace creer que los problemas o dificultades diarias son irresolubles, que no tienen solución y lo más grave que no tienen sentido. La culpa y toda la carga emocional que conlleva reduce a la persona a su aspecto mas primitivo, más irracional, desde donde no sabe ni puede pensar, reflexionar, tener una visión amplia y positiva. Se convierte en una energía densa, obtusa, opaca, deprimente.

Caer en la cuenta, tomar conciencia de los efectos nocivos que nuestra historia personal ha generado en nosotros, tomar conciencia de nuestros resentimientos, de las supuestas injusticias que hemos sufrido, del posible daño o sufrimiento que hemos causado, nos conduce a sentir, a aceptar la culpa que nos acompaña. Tener la valentía de observar, conectar con nuestro niño interno es un viaje interior muy beneficioso que nos libera, nos reconforta y permite trasmutar, transformar toda esas emociones que nos han cegado e impedido ver las oportunidades y todo nuestro gran potencial. Porque no hay que olvidar que ese pequeñín o adolescente sigue dentro de nosotros gritando, esperando ser escuchado, atendido, aceptado, amado. 

Os animo y acompaño en el proceso de sacarle del cuarto oscuro donde sigue castigado o escondido, llorando con mucha rabia y miedo; que sepa que a partir de ahora no habrá  motivo para  darle una paliza o meterle una bronca descomunal, por haber desobedecido, cuestionado la autoridad, por haber suspendido, hablado demasiado o metido la pata… a ese niño que sigue creyendo que papa y mama discuten, gritan o se van por su culpa… a ese niño que se sintió obligado a cuidar y estar pendiente de los demás, dejando a un lado sus propias necesidades, sus planes de futuro…Y ¿qué me decís de ese niño o niña que ha padecido las risas, las burlas por ser diferente? 

Os animo y acompaño a escucharle, a acariciarle, y a serenarle. Porque va a ser la única manera de que deje de interferir negativamente en vuestra vida, ese niño o niña resentido, acomplejado, asustado y agresivo por haber sido insultado, ridiculizado, ignorado, por haber sido callado tantas veces, castigado y mal tratado en casa o en el colegio. Ese niño o niña, quiere hablar y quiere que se le escuche pero sólo desde el Amor.  De esta manera comenzará a crecer, a aprender, a pensar, a reflexionar, a integrar y aceptar, requisitos, estos, indispensables para madurar y desarrollar todas sus facultades, para convertirse en el ser creativo, amoroso, independiente, feliz  que sabe que es, pudiendo desarrollar toda su potencialidad y disfrutando y gozando del placer de compartirlo.

¡Cuánto niño o niña herido, castigado está esperando que la Luz le ilumine y le saque de la oscuridad! Ánimo, vale la pena intentarlo. 

Os deseo unas muy buenas y merecidas vacaciones.

Miedos, Desafíos, Retos·Sanación

Mama cumple cien años

Mi madre siempre ha sabido sacarme de quicio y llevarme al límite. Ya en los últimos años, cada vez menos, obvio, pero es ella la que ha rozado los límites y se ha quedado justo, justo en el “quicio”, y cuando “vuelve”, siempre he acabado diciendo: “Me ha vuelto a tomar el pelo, ¡Mamá cumple 100 años!”, título de una película española del año 1979. Su director fue Carlos Saura quien junto a Rafael Azcona escribió el guión; nominada al Oscar a la mejor película extranjera y Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de San Sebastián. Los actores, excelentes, recuerdo perfectamente a Rafaela Aparicio, la madre; Fernando Fernan Gómez, Geraldin Chaplin, Jose María Prada, Amparo Muñoz…

Mi madre, una mujer extraordinaria, de gran fortaleza, muy bien conservada y muy cuidada, bastante a menudo, padecía alguna dolencia física dolorosa. Por regla general la causa solía ser algún disgusto que había tenido. Disgustos de diferentes índoles, pero disgustos. Así era como yo lo escuchaba y registraba desde muy temprana edad. Lo único que podía hacer yo era no “darle disgustos” y vigilar que nadie se los diera. “Misión Imposible” otro título de película que formó parte del discurso, para gozar de una madre sana al 100 por 100. Por eso crecí con la amenaza de que mamá se podía morir en cualquier momento y que había que portarse muy bien para evitar algún posible disgusto. Muchos permisos negados para que no se preocupara y así estuviera tranquila, muchos planes no llevados a cabo por la misma razón, hasta que llegó un momento que pude ir tranquilizándola o ella misma me dejó por imposible, porque estaba claro que yo crecía con ganas de vivir, de experimentar y no de quedarme quieta como una hembra cuis, asustadiza.

Pasaron los años, mi madre, con sus dolencias, seguía al pie del cañón. Llamadas de teléfono, sustos inesperados, hacían que dejara absolutamente todo lo que estuviera haciendo para desplazarme corriendo a su lado y gracias a Dios, solo se quedaba en susto, a los pocos días estaba como si nada hubiera pasado. Todo volvía a la normalidad. Volvía a coger el coche, el tren o avión y de vuelta a la normalidad. No me voy a detener en las miles de anécdotas que guardo en mi memoria, pero hay una que quiero comentar puesto que viene a colación con el tema de títulos de películas. Hace años compartía con mis hijas una serie de dibujos, “South Parck” para adultos. Recuerdo en casa muchos objetos con los muñequitos, tazas de desayuno, peluches, imanes… mi preferido era Kenny, me encantaba y en tono de humor un día comente, ¡Es igual que mi madre! Mamá… qué cosas dices…me decían mis hijas, o ¿Pero cómo se te ocurre semejante comentario? Era la pregunta de alguien que me lo oía decir. A lo que tranquilamente respondía, que si, que como Kenny, mi madre se “muere en cada capítulo” y resucita de nuevo, hasta el próximo.

Pero cuando ya cumplió 94, todo apuntaba a que no habría un “próximo capítulo” y quería estar a su lado en sus últimos momentos. Estaba harta de dar explicaciones y pedir permisos en el trabajo, de viajes imprevistos y, sobre todo, de sustos a muchos kilómetros de distancia. La angustia de no llegar a tiempo, disfrazada de humor se transformó en una decisión radical, “no quería repetir”.

Volviendo a “Mamá cumple cien  años”, mi madre los acaba de cumplir. Ver la cifra encendida en la tarta, impresiona. Verla a ella, emociona. Ha sido maravillosa, preciosa, mimosa, cariñosa, atenta, divertida, geniuda, manipuladora, tremendamente dulce y femenina. Ahora queda el recuerdo, pero todavía puedo gozar de ella, de su olor maravilloso, de su piel fina, de tomarla de su mano. Ya no me puede dar un abrazo, pero yo a ella sí, la aprieto, a veces se deja y se queda quieta, otras se quita, se queja y me río. Hace dos años, me dio un cachete y me sigue castigando, a su manera, si no voy a verla, si no estoy pegada a su falda. La mayoría de las veces está ausente, en su mundo, pero a veces me pregunta cómo tiene la piel, y le encanta que le diga que está muy guapa. Muchos días no quiere darme el beso, pero cuando me lo da…. ¿Qué siento? ¿Qué es el beso de una madre? Es la fuerza de la Tierra que te penetra. Sientes que te autoriza, que te anima a seguir viviendo, a seguir luchando, a seguir amando.

Que se tiene que integrar a “mamá” es algo que todos sabemos. Que aceptarla tal y como es, es requisito indispensable para madurar. Que todo aquello que nos desagrada o no entendemos de ella, lo tenemos que revisar en nosotros mismos porque lo hemos heredado, fijo, es otro de los puntos básicos en nuestro crecimiento, y que lo que nos gusta o admiramos también. Tarea difícil, doy fe de ello, puesto que no siempre resulta fácil. Así que hoy a los 100 años de mi madre, le agradezco absolutamente todo lo que me ha dado. La Vida, para empezar, y todas sus lecciones, consejos, advertencias, pero sobre todo, su insistencia, no se cansa, no tira la toalla. Ahí sigue, dándome otra oportunidad para “revisar-me”.

Gracias mami por enseñarme algo más a tus 100 años, porque esos sustos que me has metido durante toda mi vida, yo también los he dado y no me había dado cuenta hasta tu centenario. Lo mío no ha sido en forma de dolencia, de enfermedad, sino en mi manera de pensar, de ser. Ese tener en vilo a los que te aman porque haces o te pasan cosas que no se entienden, y te ven sufrir y al cabo de nada, vuelves a estar bien, eso ¡mami!, yo también lo he hecho o hago. Ni te cuento cuando he descubierto lo de tu y mi Guardia Pretoriana…Esa protección, yo también, jefa. Y qué rabia me daba, eh?

Esa “pelea” que he mantenido contigo para que te “comportaras” como yo esperaba, como yo necesitaba, se ha ido fundiendo a lo largo de los años en aceptación. Celebro tu cumple sin culpabilidad por haberme ido, celebro tu cumple sin rabia porque he tenido miedo a que me dejaras. Celebro tus 100 años contenta, feliz, satisfecha porque tu dolor y mi dolor se ha transformado en experiencia para conectar con el dolor ajeno. Eso que tan bien sabías hacer tú. 

Celebro tu cumple recibiendo otra de tus muchas enseñanzas, un regalo, sutil, profundo, como tu amor. No se cuánto tiempo te quedes entre nosotros, no se cuántos sustos más me vayas a dar, ya no hay nada que me impida conectar contigo, así que los que tú quieras mami, pero quiero que sepas que te has ganado a pulso el derecho a descansar.

Aprovecho esta ocasión para agradecerte todo lo que me has dado, transmitido, enseñado, a tí como a tantas mujeres que me habéis precedido. El mes de marzo, día de la mujer, tu cumpleaños, el mío, aniversario de mi “regreso”, me ha inspirado para hacer un recordatorio de admiración y agradecimiento a todas las madres, a las mujeres, maestras, que me habéis  precedido, que habéis luchado en muchos frentes dejando la piel. Reconozco la fuerza del vínculo, y cada día acepto y tomo conciencia del Poder que tiene una madre, me daba miedo conectar con mi energía femenina, sacarla a la luz,  pero ni modo, mami, tú me has guiado.  Eres mi primera maestra de vida, ahora ya, sin revelarme, sin enfadarme, sin esa maldita culpa que impide pensar, sentir con claridad, sin esa autoexigencia corrosiva que dificulta o impide la serenidad. Simplemente “es lo que hay” y es así como, desde que lo he visto y aceptado,  me siento libre y puedo sentir y disfrutar de todo lo que te he querido siempre, mogollón mamá.

A tí, en concreto, te tocó vivir en el exilio. ¿Cuál fue mi investigación para el Doctorado?. Te fuiste lejos de los tuyos, de tu clima, de tu luz, de tu cultura, de tu idioma, si, idioma, hablas en mexicano, otro acento, otra entonación. ¿Te acuerdas cómo sentías cuando te hablaba “fuerte”? Pues yo me quedo chiquita cuando me gritan, cuando me riñen. Tú reñías, castigabas, ponías límites pero suave, hablaba tu corazón. Así que ahora intento cuando me pasa respirar y no bloquearme por el miedo y rabia, para dar una respuesta o poner un límite. Me cuesta mami, me cuesta todavía. ¿Recuerdas cuando me reía porque hablabas a medias, como Cantinflas? ¿Qué crees? Siempre me han dicho que hay veces que no acabo las frases o que hablo a medias. Ya se de dónde me viene y así cuando quiero, hablo clarísimo, pero también soy la reina del escaqueo. Asusta pronunciarse, ¿verdad? 

Nunca olvidaré las bienvenidas y despedidas. La llegada de tus sobrinos. Nunca olvidaré aquel abrazo a tu hermana Concha en la estación después de no verla desde hacía veintitantos años. La mejor Noche Buena, cuando llegaste del cine y te esperaban de sorpresa tus hermanos. Yo también mamá, también les quiero y mucho, estén cerca o lejos. Pero lo que más me debió doler fue a mis 5 años cuando te avisaron de la muerte de la mamita y tú sin poder estar a su lado. 

Viviste con miedo, mucho miedo; te tocó sortear, recordando el son de la marimba, una época de abnegación;  soñando un danzón, te acoplaste a la dictadura de la razón por encima de la magia; tuviste los pies en la tierra, atenta y atendiendo a todos, silbando con Agustín me llevaste a  Veracruz, rinconcito de tu alma. Es hoy todavía, que sigo llorando al escuchar a Jorge Negrete, “México lindo y querido”. ¿Eres tú o soy yo la que añora? La que vive con ese saquito de nostalgia.  Somos las dos, mami, porque eso, también lo tengo de ti. Te tocó vivir unos años con una libertad limitada, de silencios, en una atmósfera gris y mar frío. Has podido resistir a todo, incluso a los disgustos, sufrimientos, pérdidas. Tú si que puedes decir, “Confieso que he vivido”, porque has sabido gozar, compartir, disfrutar y amar. Siempre del brazo de tu marido, cuidada, mimada, amada; tú siempre a su lado, acompañándole, apoyándole, animándole, a tu ritmo, “tortu” y “leona” al mismo tiempo. Cada 16 de Marzo, tu rosa; ayer, 75 años.

Tu fortaleza, feminidad, dulzura, cariño elaboraron las mejores comidas del mundo, esa mezcla de ingredientes, que ahora lo llaman fusión y que tú lo hacías desde tu nostalgia, pero mostrando tu cara alegre; ahora, cuando me queda algo muy rico, se que eso es tuyo, tu sazón; ya nunca volveré a disfrutar con tu tarta de fresas y leche condensada, fuiste incapaz de enseñar la receta, la hacías “a ojo”, pero espero algún día atreverme a hacerla en tu honor. Me acunaste con tu música, y ahora es como muchas veces me consuelo; me meciste con tu baile y ahora es como me gusta moverme por la vida; con tu colorido, tus flores, tus plantas, tus canarios cantando me diste un hogar, ahora allá donde vaya se hacer el mío; me acariciabas, me reconfortabas, tranquilizabas y ahora hago Metamórfica porque se con absoluta certeza que  las caricias ayudan muchísimo a sanarte ; me enseñaste a tejer, a coser, a manejar mi atención y ahora hago Silencio; has dejado huella en mí, mamá, un legado que espero poder compartir. Sólo me queda volver a decirte ¡GRACIAS MAMI!. ¡Ah! también te agradezco cuando me pongo muy nerviosa porque quiero que todo quede perfecto; cuando me pongo de genio porque veo la casa revuelta, cuando veo a alguien y me viene enseguida un parecido a algo, “¿de qué tiene cara”? te pregunto, aunque se que ya no me vas a responder, pero te seguiré haciendo preguntas, imaginándome tu cara, de tu mano, y escuchando atenta tu respuesta, como de niña, cuando aún no me había enfadado.

Conectar, Conexión, Intento, Ser·Miedos, Desafíos, Retos·Objetivo, Metas, Propósitos

El Miedo y nuestra “Línea de Flotación”

Es curioso como mencionamos el miedo, el temor e, incluso, el pánico en nuestras conversaciones, pero sin ahondar en ello. Es una emoción compartida sin demasiada contundencia, dentro de una frase,  pero constante. El tono de la conversación adquiere una mezcla entre nostalgia y frustración.

El miedo forma parte de nuestra vida y está aceptado por el consenso social. Suele aparecer cuando se comenta sobre algo que gustaría hacer, lograr, tener.

Sin embargo, el tono varía cuando se  habla en pasado y se comparte una aventura, una experiencia donde se pasó mucho miedo. Aquí el miedo ha sido superado y por tanto el tono es alegre, divertido, victorioso.  La diferencia a la hora de observar estas dos experiencias es que en el primer caso no se tiene energía para pasar a la acción, se vive desde la pasividad, se da por hecho el fracaso sin haberlo intentado. En el segundo, pletóricos de energía por haber enfrentado la situación y haber salido “ilesos” y reforzados uno se siente capaz de enfrentarse a lo siguiente. Es bueno recordar y sentir esas diferentes sensaciones, vividas ambas por todos,  para luego poder decidir qué opción tomar.

¿Quién no ha sentido miedo alguna vez? Nadie, todos hemos sentido miedo e, incluso, repito, pánico. Hay quien ha sufrido, hasta incluso, crisis de pánico y se han tratado con medicación o, simplemente, han esperado a que se pase, sin saber muy bien cuál ha sido la causa y cómo ha aparecido.

Hay muchos tipos y niveles de miedo, pero hoy me refiero al que se siente como algo abstracto, no siempre definido, a esa sensación conocida y experimentada casi a diario. Es una sensación que se “cuela” en nuestro estado de ánimo.

Éste, en concreto, ejerce un gran poder sobre todos, tanto porque al considerarlo inevitable, se adopta y pasa a formar parte de nuestra actitud ante la vida, la fuerza de la costumbre juega a su favor y pasa casi inadvertido.

Pero cuando se decide salir de ese estado de resignación, (no de aceptación, ¡ojo! nada que ver), también llamado “zona de confort”, se escoge la segunda opción, y se decide prestar atención a uno mismo, a sus proyectos, a sus sueños, a “sus locuras” y llevarlas a cabo; una vez tomada la decisión, a partir de ese momento, el miedo sigue apareciendo de manera contundente, paralizante. Retrasa los pasos a seguir, pospone los planes y roba o aniquila todo el entusiasmo del comienzo. Los efectos se muestran claramente cuando nos vamos sintiendo apáticos, cansados, con pocas ganas y atormentados por las dudas. Entonces podemos creer que es estrés, pero es MIEDO.

Afortunadamente, esto es remediable. Si se  persiste en el intento, se sale del hoyo donde se había caído. Como bien dice el dicho, Lo que no mata, te hace fuerte y así es. Una vez reconocido, aceptado e integrado el miedo, se trabaja y se vuelve a la carga.

El que sale de su zona de confort va aceptando que va a tener que enfrentarse al miedo, es más, le gusta, porque es una oportunidad para descubrir más de sí mismo; conocerse y crecer, forma parte del Proyecto. Cuando éste aparece,  va aprendiendo a detectar su veneno, busca el antídoto rápidamente y puede ver lo que le muestra el miedo. El miedo pasa a ser un aliado porque no se ha caído en su trampa, y para ello hay que estar fuerte, con la energía suficiente para este reto. Es decir, si tenemos energía es cuando se utiliza como aprendizaje, es una señal buenísima de qué nos toca aprender en ese momento, qué falta por descubrir de nosotros.

Nunca va mal un recordatorio de medidas básicas de urgencia, para recuperar energía o no perderla, para poder sentir al miedo libremente, no negarlo, ni tan siquiera intentar acallarlo  y hacerlo nuestro aliado:

Parar el diálogo mental. Éste te arrastra a un estado cada vez de mayor vulnerabilidad, indecisión, inseguridad y aquello que se tenía muy claro, comienza a desvanecerse y vuelve a aparecer la duda, enfrascándote en una espiral que cuesta un montón salir. Ésta es una de las trampas del miedo, llevarnos a mantener un diálogo mental que nunca acaba y así él sigue gobernando nuestra vida, nos paraliza. Es una manera de perder energía muy potente.

El diálogo mental se para haciendo Silencio, Meditación, recibiendo una sesión o las que hagan falta de Técnica Metamórfica, ejercicio físico, poniendo toda la atención en el cuerpo y respiración.

Cuidar la alimentación. Nuestro cuerpo es nuestro vehículo, si él falla, nosotros también. Vigilar lo que se come y bebe, es necesario desintoxicarse, nutrirse bien, para sentirnos fuertes y sanos, con energía.

Hacer una llamada de teléfono; concertar una cita con alguien que sabe lo que es y que ha salido otras veces triunfante (esto no implica que no vuelva a caer en las garras del miedo, pero ya sabe qué hacer y a quién acudir). Es muy importante lo que transmite, su vibración.

Buscar lecturas que sabes que te animan a continuar, que te acompañan en estos momentos y no te hacen sentir “el perro verde” de la sociedad.

Si nos encontramos con personas que no han pasado por estos momentos, o han tomado la opción de no arriesgarse a salir de su zona de confort, saber que su energía transmite lo contrario que sus palabras de ánimo e inconscientemente nos dejamos arrastrar a la vibración del miedo, ¡que nos sobra! No necesitamos reforzarla. Pero no hay que ignorar, si nos ocurre, esta situación, no sirve de espejo.

Queda, por supuesto, salir de situaciones donde la agresividad, la hostilidad e ironía o sarcasmo sea el tono dominante. No es más que la vibración de miedo o pánico sin aceptar ni trabajar. En ese ambiente, de repente nos sentimos muy mal, indefensos, bloqueados y bajamos a la vibración de la víctima, “pobre de mí”, “no soy capaz”…”qué horror, no sé qué voy a hacer”… Puede incluso que no se refieran a nosotros, da igual, es la vibración la que captamos. Pero vuelve a ser lo mismo que en el párrafo anterior, lo utilizamos para saber que es un reflejo de nosotros mismos. Aún mantenemos esa vibración con otros o con nosotros mismos. Es una parte que aún no hemos visto y que ahora es la oportunidad para sanarla. La aceptamos pero elegimos no quedarnos ahí.

Ya si la bronca va dirigida a nosotros, entonces los efectos son más graves. En cualquiera de los  casos, parar automáticamente la situación. Sacar el valor de donde sea e irse. A veces no vale la pena decir que no se acepta ese tono, se puede convertir en otra discusión que no lleva a ningún lado, salvo al aumento del estado de ánimo pésimo. Este comportamiento hostil o de violencia verbal no tiene ninguna justificación válida, por tanto, si entramos a “defendernos”porque nos sentimos “atacados”, nos mantenemos en esa vibración. Disculpas como que “tengo prisa, me esperan”, o “me estoy encontrando muy mal”, por ejemplo, ayudan a salir de esa situación. Aquí hay que estar muy alerta, es muy fácil seguir aguantando, cuanto más tiempo estemos menos energía para salir vamos a tener. Sin embargo, nada de caer en la crítica, al contrario, reconocer y aceptar que aún queda una parte de nosotros que sigue “dirigiéndose así a nosotros mismos”.

Estar abiertos y escuchar una visión crítica, diferentes puntos de vista es absolutamente necesario. Nos ayuda a discernir, muchas veces nos aclara puntos que estaban atascados. La relación dialéctica enriquece, siempre y cuando esté hecha desde la libertad, desde el respeto, desde una vibración no hostil ni agresiva, no desde el miedo encubierto.

Cuando se emprende un Viaje, es bueno estar atento a las señales  para disfrutar al máximo. Vigilar nuestra “línea de flotación”, para que no se vea  “tocada”, es muy conveniente, de lo contrario, nos vamos hundiendo poco a poco en un mar viscoso donde la duda, el desánimo, el agotamiento, de nuevo, se adueñan de nuestro ánimo. El problema es que se va aumentando la emoción, y, como bien sabéis, la emocionalidad nubla la visión, bloquea la energía, impidiéndonos ver nuestra realidad, las posibles soluciones, las salidas, nuestras capacidades y las ayudas que la Vida nos brinda.

Cuando esto ocurre, es muy importante saber que podemos salir a flote,  y continuar, pero estar alerta es necesario. Asumir, aceptar, integrar los miedos y sus diversas formas de manifestación para seguir navegando. Cuidar nuestra energía para poder enfrentar nuestros fantasmas y así poder seguir llevando nosotros el timón de nuestra vida, es lo que nos hace ir alcanzando una vibración más alta, menos densa, menos pesada, y  tener suficiente energía para poder afrontar nuestra propia vida con alegría, esperanza y realismo. Si, si, realismo, porque nuestra visión se va ampliando, al igual que nuestra conciencia y vemos una realidad cada vez más amplia. Al poder observar la situación y a nosotros con serenidad vemos los pros y los contras, qué podemos cambiar, añadir, descartar, mantener.

Otra medida que aumenta la energía. Una vez volvamos a navegar tranquilos, entusiasmados, en perfecta armonía, con nuestra disciplina y con nuestro orden restablecidos; nos sintamos bien, hacemos un recuento de la situación vivida y damos las gracias a todos los que han participado en la recuperación de nuestra línea de flotación, desde el corazón, sintiendo un auténtico agradecimiento, porque todos los actores y actos han contribuido a que aprendamos algo más. Han sido nuestros cómplices para seguir adelante.

Desde aquí os animo a seguir buscando en vuestro interior, a seguir viviendo desde el respeto, desde la libertad, desde el Amor, desde la aceptación. A no tener miedo ni vergüenza a pedir ayuda. Os animo a cuidar vuestra energía, vuestro cuerpo. Sin olvidar el valor añadido de la experiencia, que nos va dejando “esos pequeños trucos” para poder compartir y continuar.

Miedos, Desafíos, Retos·Objetivo, Metas, Propósitos

La Aceptación II

Vuelvo y sigo con la Aceptación. Acepto que os ha interesado y me habéis animado a continuar, acepto que aquí “hay tema” porque a la mayoría cuesta un montón aceptar.

Nos encontramos con que hay, para empezar, dos frentes abiertos. A mí me gusta denominarlos  “Asuntos” internos y externos. Lo interno es todo aquello que forma parte de mí; de mi manera de ser, de sentir, de pensar. Mis creencias, mis expectativas, mis planes o proyectos. Lo externo es todo aquello que viene de fuera pero que me siento implicada. Una orden, una demanda, un trabajo, un carácter o manera de ser de alguien, una opinión, una persona, una actitud, un comportamiento…Pero da igual, a la hora de aceptar tanto lo propio como lo ajeno, siempre se experimenta una ligera dificultad, porque es modificar nuestro comportamiento aprendido  ya que se elimina el juicio. Ni bueno, ni malo, simplemente es. No podemos olvidar los “trastos viejos”, todo aquello que vamos cargando, guardando en nuestro interior y que no admitimos ni en broma.

Digo dificultad porque nos hemos creído que es difícil, pero a mí me parece que se ve así porque, por un lado, nos falta información y por otro, no nos hemos puesto a ello. Una vez que se va entendiendo o conociendo el proceso que se ha de hacer, resulta fácil y como todo, a medida que se va aceptando, cada vez resulta más sencillo hasta que se integra por completo y sale solo.

Os animo a que recordéis un ejemplo simple de algo que tuvisteis que aprender de niñ@s porque os gustaba mucho o teníais muchas ganas de hacer. A mí me va muy bien recordar el día que me  regalaron la bici verde, la Orbea, heredada de una hermana. ¡Era preciosa!, ¡enorme! y enseguida me quise subir. Sola en la delantera de casa, parecía un reto imposible, se me caía de todas todas, no la controlaba.  Suerte que la prima mayor de mi amiga se brindó a enseñarme. Al principio me sujetaba el sillín para no caerme, yo tenía miedo y no sabia mantener el equilibrio, hasta que poco a poco me fui soltando. Iba torpe, más pendiente de Belén (así se llamaba la prima) y de si me soltaba, que de dar pedales y  se le ocurrió la brillante idea de que yo debía ir con los ojos cerrados para no saber cuando me dejaba sola, yo sólo tenía que pedalear. Así fue como aprendí a andar en bicicleta, ¡con los ojos cerrados!. Cada vez que lo recuerdo me muero de risa, me inunda un sentimiento profundo de ternura, de agradecimiento. Me veo escuchando atenta sus indicaciones, sentada en la bici, pedaleando, hasta que de repente mis piernas iban solas, ¡me fundí con la bici! “me solté”, sin estar pendiente de nada más. Todavía escucho los gritos para que abriera los ojos (menos mal),  y seguí disfrutando como una loca. La ilusión de atreverme, de poder ir a buscar a mi amiga hasta su casa y luego hacer carreras,  bajar la cuesta, fue el motor que me llevó a estar todo el día “entrenando”. Como era una niña con toda la inocencia, lo viví con la naturalidad con que aprenden los niños. No recuerdo el tiempo que necesité, ni se me ocurrió pensarlo, simplemente quería andar en bici. Por fin podía ir por el camino con piedras, más contenta que nadie, segura, feliz, a buscar a mi amiga Anabel. No aprendí a la manera ortodoxa, pero no se me ha olvidado nunca esa experiencia y me ha servido en muchas ocasiones.

Acepté que no sabía montar en bicicleta de dos ruedas, que quería aprender, que me podían enseñar y yo seguir las indicaciones. Una vez aprendidas, se trataba de entrenarme hasta que lo lograra. Seguro que me caí y con la misma “normalidad” volví a montar de nuevo. No le daba importancia, formaba parte del juego. Dejaba atrás el triciclo, una fase de mi vida, crecía y crecer implicaba  aprender algo nuevo para pasármelo mejor.

Seguimos creciendo, cambiando, nos vamos trasformando y vamos descubriendo tanto a nosotr@s como a los demás. Es la aventura de vivir y aquí es cuando surge el conflicto, al no aceptar los cambios, los imprevistos. De repente se nos desvela algo nuevo, algo que no habíamos contemplado. Ahí, de inmediato entra el juicio. Es bueno o malo. Si es bueno, nos sorprende gratamente, pero a veces no podemos creerlo, y nos decimos que es imposible, que no puede ser. Ya empieza la lucha, el darle vueltas, el intentar convencernos. Incluso, vencidos por nuestro asombro, preguntamos o comentamos el tema con alguien cercano. Una muestra típica es la necesidad de aprobación externa, que tanto si la recibimos como si no, no quedamos satisfech@s del todo. La desconfianza se apropia de parte de nuestra mente. No me puede estar pasando a mí, ¿cómo es posible?” Esto nos lo decimos siempre.

La otra, es cuando aparece de golpe “algo” que nos parece “mal”, inapropiado, injusto, pecaminoso o cualquier otro adjetivo calificativo. Aquí solemos actuar de dos maneras, una es negándolo, como si no lo hubiéramos visto, y la otra es sumiéndonos en un auténtico desánimo: ¡Qué horror! ¿Cómo es posible que sea así; que esta persona piense así; esto no puede ser cierto…

Bien, he mencionado unos puntos básicos que nos impiden alcanzar la aceptación, uno, que ya lo comenté la vez pasada, el juicio de valor; otro creer que es muy difícil, imposible; y el tercero, la negación. Tan sólo mencionaré otro aspecto que se tratará más adelante: El Control. Pero voy pasito a pasito, no se trata de correr, sino de integrar.

Tenemos la tendencia a negar. De niñ@s cuando nos asustaba algo ya nos decían, no te asustes, no hay nada, o nadie, o no tienes que tener miedo. Cuando decíamos o sentíamos algo “inapropiado”, no digas eso, ¡por Dios!. Ni te cuento si hacíamos la típica pregunta inoportuna, había que callar. Aprendimos a callar y a negar todo aquello que se suponía incómodo, incorrecto, impertinente. ¡Ya está!, tanto el juicio como la negación lo desarrollamos pitando, por la cuenta que nos traía. Y está muy bien, nos sirvió para ahorrarnos alguna bronca, castigo, pero no nos quitó el sentimiento de culpa, la rabia, el miedo…

Nos cuesta aceptar lo “nuevo”, lo “malo”, lo “bueno”, lo “diferente”. Nos cuesta aceptar los cambios, nos revelamos y lo pasamos fatal, perdemos mogollón de tiempo en quejarnos, en negarlo, en fin, un rollo, porque no hay remedio. La vida sigue y nos pone retos. Nos cuesta aceptar “al otro”, “lo otro” y “lo propio”.  Hacemos lo indecible para que se cambie eso que no queremos.  Todo esto es inútil, una auténtica pérdida de tiempo y de energía, que pudiéramos dedicar a realizar nuestros proyectos, sueños, o, simplemente descansar o divertirnos, o cualquier otra actividad más beneficiosa y hay muchas.

Lo único que cambia, transforma la realidad es la Aceptación. Por lo tanto, lo primero de todo, saber que todo, absolutamente todo lo que deseamos de verdad aprender, somos capaces de hacerlo. No importa el tiempo que nos lleve. Que para aprender, hay que empezar por algo. Es decir, se puede comenzar con algo sencillo, y se trata sólo de intentarlo, si, si, conectar con nuestra auténtica Intención, con la Voluntad  de empezar a aprender a aceptar. Ajá…pero sin olvidar aceptar que nos cuesta, sin juicio, sin machacarnos, con y desde la inocencia de la niñez y desde las ganas de lograrlo.

Querer vivir desde la aceptación conlleva un aprendizaje, un proceso, puesto que llevamos viviendo desde el juicio y negación desde que tenemos uso de razón.  Empecemos por observar que tenemos delante o dentro de nosotr@s. Observar, ser testigos de lo que pasa, de lo que me pasa, de lo que me provoca, sin más. Evitar poco a poco los adjetivos. Preguntarnos qué me produce, qué siento, qué me está pasando y, aceptarlo tal cual. Si, son multitud de emociones que nos asustan; lo aceptamos, aceptamos ese miedo, o rabia, o culpa, o soberbia, o envidia, da igual, simplemente observamos, desde el Silencio interno y lo aceptamos. No hay que olvidar que el Silencio interno, también llamado parar la mente o meditación, acalla el juez que llevamos dentro. Lo mismo que me tenía que fijar en dar pedales, aquí ponemos nuestra atención en el cuerpo, conectamos con él.

No hay que desanimarse, hay que seguir con el Intento. Con el entusiasmo que alimenta la Voluntad. Aceptando nuestras “caídas” y volvemos a intentarlo.

Aceptar no significa estar de acuerdo con todo, simplemente es aceptar. A partir de aquí comienza el Milagro de la Transformación de un@ mismo, del crecimiento y cambios no sólo físicos, sino como personas; de nuestra vibración, entorno, Vida. Al aceptar las emociones es como si desapareciera una niebla densa, pegajosa que impide tener una Visión clara de nosotr@s, de la situación, del nuevo reto. Se transforman en alegría porque comprendemos qué está pasando y para qué. Encontramos sentido, aparecen nuevas posibilidades, diferentes, hasta entonces desconocidas. La realidad la vivimos de otra manera. El aceptar activa la alquimia de la transformación, de la metamorfosis.

La aceptación es amar la vida, es amarnos a nosotr@s, a los demás. Es Vivir desde la serenidad, la armonía, que es lo que más deseamos. Nos concede la oportunidad de estar alegres, el entusiasmo de ir superando etapas.

Para terminar, os agradezco mucho los comentarios que he ido recibiendo y os animo a que sigáis compartiendo vuestras preguntas, dudas y opiniones

Miedos, Desafíos, Retos

La Aceptación.

Son las tres de la tarde, acabo de comer y mi intención era tumbarme un poco, incluso he puesto despertador para avisarme de que “ya vale de descanso”, pero se ha quedado en intención, puesto que no sé muy bien cómo, me han entrado unas ganas tremendas de escribir, es más, de gritar que ya vale de tanta “miseria en la autoestima”. Se me ha borrado totalmente cuál ha sido el motor de esta especie de necesidad, ni idea, pero aquí estoy.

Comienzo con la “Intención”, ¿vale? Yo tenía la intención de descansar, pero se ha quedado sólo en intención. Bien, ahora pregunto, ¿cuántas intenciones o propósitos dejamos en el olvido, por un tema de baja autoestima?

O lo que es parecido, falta de confianza, creer que no se es capaz y dar mayor importancia a las voces precavidas que avisan de todos los fracasos posibles.

Bueno pues últimamente me estoy encontrando con un número importante de personas muy apreciadas que saben lo que quieren, que saben lo que buscan, que saben lo que les conviene, que saben lo que les sacaría de su rutina aburrida y desgarradora y, ¿qué creéis que les frena para llevarlo a cabo? Miles de disculpas absurdas o conflictos internos que entretienen e impiden tomar esa decisión y dar un paso adelante.

Que conste, que yo no estoy “libre de culpa”, obviamente, de lo contrario no me llamaría tanto la atención. Pero precisamente por esta razón, lo he estado meditando y quiero comentarlo. Vamos a ver, muchos de nosotros hemos tenido experiencias donde nos han maltratado humillándonos por lo que habíamos hecho o dejado de hacer. También nos han reñido por vagos, distraídos, malos estudiantes; se han reído de nosotros y ridiculizado por nuestras ideas o manera de pensar; ni te cuento lo que habremos podido oír si nos ha salido algo mal o hemos tenido algún fracaso. Sin olvidar los miles de ridículos que hemos hecho. A mí me parece que todo esto forma parte de la vida, del vivir, del aprender, del arriesgar. Es más, creo que muchas veces ha sido un incentivo para continuar, pero ya no se trata de eso. Ya no es tiempo de seguir con este diálogo o monólogo, porque me parece que donde radica el problema no es lo que me hayan dicho o hecho, sino en lo que yo me diga a mí misma. En lugar de avergonzarme de algo, rechazarlo, ¿qué tal si lo acepto?.

Me he pasado mi vida luchando contra todas mis limitaciones, intentando solucionar mis miedos, culpas, baja autoestima… hasta que llegó el momento que me harté de tanta lucha, vi que por ahí no iba bien. Hiciera lo que hiciera, lograra lo que lograra, siempre había algo en mí de insatisfacción. Sin contar todo lo que dejaba de hacer por no ser capaz, por no merecer, por ser absurdo, porque no es lógico…

Y empecé por ahí. Me dije que sentía insatisfacción, no busqué causas y que lo mejor sería empezar a aprender a vivir con ello en lugar de luchar para evitarlo. Continuó la culpa, y exactamente igual. En lugar de  intentar que la culpa desapareciera, pues la acepté. Acepté que sentía culpa. Puedo seguir con el miedo y con la falta de confianza en mí misma, con mi incapacidad para aprender, memorizar, etc. etc. Es decir, dejé de juzgarme y pasé a aceptarme tal y como era, sentía y pensaba o creía.

Mi vida empezó a cambiar, de una manera sutil, suave, casi inapreciable, la culpa dejó de molestar, la insatisfacción no llegaba, miedos que no aparecían y sin cuestionarme qué estaba ocurriendo seguí aceptando, integrando.

Por tanto, propongo, cada vez que dudemos de nosotr@s, en lugar de empeñarnos y luchar contra ello, se acepte, se integre y se siga con la intención, con el deseo, con el anhelo.

Ir en contra de mi miedo, por ejemplo,  para que desaparezca, meter en la cabeza ideas contrarias, como que no tengo que sentir miedo, es meter en mi cerebro dos ideas opuestas y provocar un conflicto interno, lo cual impide pasar a la acción. Es por esto que propongo, simplemente aceptar sin el más mínimo juicio. Aceptar lo que se siente, lo que se piensa. Con la mera aceptación ocurre la magia, la alquimia, experimentamos una transformación en nuestra vida, en la relación con nosotros mismos y con los demás. Superar, sanar nuestra parte que juzga y critica, nos evita el conflicto y nos lleva a la acción, nos saca de la inercia, nos permite disfrutar del instante.

Estar animados, decididos y llevar a cabo nuestras intenciones o propósitos con entusiasmo y dedicación, nos hace estar contentos, alegres, satisfechos.

Decirnos que si, que tenemos miedo, pereza, duda, culpa, lo que sea. Lo aceptamos tranquilamente, y seguimos con nuestra idea, sin darle vueltas, sin rompernos la cabeza.

Para terminar os diré que todo se me hizo y hace fácil porque tengo un gran sentido del humor conmigo misma. Haber hecho el ridículo tantas veces me ha ayudado a saber reírme de mí y conmigo y mucho más divertido cuando lo puedo compartir. Mis fracasos me enseñan, mis miedos me avisan, mis culpas me responsabilizan y mi inseguridad me anima a seguir viviendo y aprendiendo. ¿Qué, podemos ser alquimistas, nos animamos? Vale la pena.

Conectar, Conexión, Intento, Ser·Miedos, Desafíos, Retos

Confiar

Una conversación telefónica me ha hecho conectar con una sensación. La he sentido muchas veces a lo largo de mi vida. Es sentir una añoranza que poco a poco te va invadiendo y todo lo que haces, de repente, no tiene ningún sentido.

Ese día, curiosamente, el cielo está gris, no tiene por qué llover, pero no sale el sol, no hay luz, con lo cual la similitud entre estado anímico y clima es total. Realizas las acciones como autómata, carecen de sentido.

Cuando paras a comer o descansar, la mente vaga por los recuerdos, se ojea un mail, whatsup, de aquellos que no están y una leve sonrisa aparece en el rostro, evocando esa compañía. De golpe, te vienen unas ganas tremendas de saborear una comida, que justo donde estás, no hay y, lo peor, sigues preguntándote, “qué hago aquí, justo ahora”. Esa voz la acallas con miles de razones, pero la nostalgia continúa mordiendo. Es como si te estuvieras perdiendo algo importante, aparece la culpabilidad por no tener nada claro, seguro.

!Buaaa¡ qué mal se está. Cada momento que pasa, mayor inquietud, llega la ansiedad. Echas una ojeada al lugar donde estás y la soledad es absoluta. Quisieras gritar, “¡Me quiero ir de aquí!” y no te atreves.  Y todo esto, sin motivo aparente, ayer te encontrabas genial, encantada en la aventura de vivir, en otra ciudad, en otro continente, o en el mismo sitio de siempre, da igual, pero con la ilusión de nuevas experiencias, de nuevos aprendizajes, de los resultados obtenidos, de los avances alcanzados, en fin,  todo parecía maravilloso. Y hoy, hecha caldo. Pero bueno, y esto por qué, te preguntas. De golpe aparecen imágenes de un pasado, atmósferas conocidas, que trasmiten seguridad; van apareciendo pequeños detalles que nunca habías caído en la cuenta y que en su falta los añoras y sientes fundamentales para tu felicidad. Y tienes que parar, porque de lo contrario el llanto aparece.

¡Pinche duda! “¿Estaré haciendo lo correcto?” Te sientes responsable de todo, absolutamente de todo; errores del pasado saltan como los horrores del presente; hasta que una voz que sale de la entraña dice: “Basta, basta, no puedo seguir así, me voy a volver más loca de lo que estoy”.

Qué, ¿os resuena? a que sí. Claro, muchos hemos vivido esta situación porque en el fondo somos nómadas. Estamos de paso en esta vida y ningún día es igual al anterior. Añoramos un estado del ser que en esta realidad no alcanzamos todo el rato, pero, además, sin ir tan lejos, nuestra vida nos lleva a vivir situaciones nuevas, elegidas por nosotros mismos, pero que en un momento, sin saber por qué, se nos desbarata todo.

Aparece la incertidumbre, la inseguridad, lo que ayer era certeza hoy es pura duda. Claro, hay que salir de este estado, por supuesto, pero aceptando el reto de mantenernos fieles a nosotros mismos, a esa intuición, a ese anhelo que hizo que tomáramos esa decisión de vivir un cambio, de dar un giro a nuestra vida. De dejar situaciones agotadoras, viejas rutinas, zonas de confort.

Ni te cuento cuando esto aparece estando fuera de casa, en otro país, por ejemplo. Ya que la duda aún se acentúa y abrazamos un peso todavía mayor.

Aceptar la nostalgia, ¡claro!, echar de menos a los seres queridos es muy noble; querer acompañarlos en momentos tristes, también. Incluso querer participar de las alegrías en su compañía. Todo esto forma parte de la vida, lo aceptamos como algo bonito, que indica que tenemos la suerte de amar y ser amados. Tener días donde no se ve absolutamente nada, días de vacío, donde somos incapaces de ver la luz al fondo del túnel, también. Esto quiere decir que vamos caminando, avanzando.

Pero lo que no podemos permitir es que el ambiente reinante de conformidad, de inmovilismo, de miedo, nos ataque, arrastre y nos haga dudar de nuestras decisiones. Es ahí donde hemos de estar alertas. La Vida nos pide  aceptar los cambios que ella nos ofrece, abrazar nuevos retos, proyectos y mantener la Confianza en la Vida.

Conectar, de nuevo, con la alegría de vivir. Agradecer que estamos vivos y con una potencialidad grande, infinita. Celebrar que nos hemos atrevido a dar un paso más, que hemos escuchado a nuestro corazón, a nuestra intuición y que existe una Razón, un Motivo que nos sostiene y  dirige, en el que vale la pena confiar, por muy difícil que parezca. Vale mucho la pena, confiar.