Conectar, Conexión, Intento, Ser·Miedos, Desafíos, Retos

Confiar

Una conversación telefónica me ha hecho conectar con una sensación. La he sentido muchas veces a lo largo de mi vida. Es sentir una añoranza que poco a poco te va invadiendo y todo lo que haces, de repente, no tiene ningún sentido.

Ese día, curiosamente, el cielo está gris, no tiene por qué llover, pero no sale el sol, no hay luz, con lo cual la similitud entre estado anímico y clima es total. Realizas las acciones como autómata, carecen de sentido.

Cuando paras a comer o descansar, la mente vaga por los recuerdos, se ojea un mail, whatsup, de aquellos que no están y una leve sonrisa aparece en el rostro, evocando esa compañía. De golpe, te vienen unas ganas tremendas de saborear una comida, que justo donde estás, no hay y, lo peor, sigues preguntándote, “qué hago aquí, justo ahora”. Esa voz la acallas con miles de razones, pero la nostalgia continúa mordiendo. Es como si te estuvieras perdiendo algo importante, aparece la culpabilidad por no tener nada claro, seguro.

!Buaaa¡ qué mal se está. Cada momento que pasa, mayor inquietud, llega la ansiedad. Echas una ojeada al lugar donde estás y la soledad es absoluta. Quisieras gritar, “¡Me quiero ir de aquí!” y no te atreves.  Y todo esto, sin motivo aparente, ayer te encontrabas genial, encantada en la aventura de vivir, en otra ciudad, en otro continente, o en el mismo sitio de siempre, da igual, pero con la ilusión de nuevas experiencias, de nuevos aprendizajes, de los resultados obtenidos, de los avances alcanzados, en fin,  todo parecía maravilloso. Y hoy, hecha caldo. Pero bueno, y esto por qué, te preguntas. De golpe aparecen imágenes de un pasado, atmósferas conocidas, que trasmiten seguridad; van apareciendo pequeños detalles que nunca habías caído en la cuenta y que en su falta los añoras y sientes fundamentales para tu felicidad. Y tienes que parar, porque de lo contrario el llanto aparece.

¡Pinche duda! “¿Estaré haciendo lo correcto?” Te sientes responsable de todo, absolutamente de todo; errores del pasado saltan como los horrores del presente; hasta que una voz que sale de la entraña dice: “Basta, basta, no puedo seguir así, me voy a volver más loca de lo que estoy”.

Qué, ¿os resuena? a que sí. Claro, muchos hemos vivido esta situación porque en el fondo somos nómadas. Estamos de paso en esta vida y ningún día es igual al anterior. Añoramos un estado del ser que en esta realidad no alcanzamos todo el rato, pero, además, sin ir tan lejos, nuestra vida nos lleva a vivir situaciones nuevas, elegidas por nosotros mismos, pero que en un momento, sin saber por qué, se nos desbarata todo.

Aparece la incertidumbre, la inseguridad, lo que ayer era certeza hoy es pura duda. Claro, hay que salir de este estado, por supuesto, pero aceptando el reto de mantenernos fieles a nosotros mismos, a esa intuición, a ese anhelo que hizo que tomáramos esa decisión de vivir un cambio, de dar un giro a nuestra vida. De dejar situaciones agotadoras, viejas rutinas, zonas de confort.

Ni te cuento cuando esto aparece estando fuera de casa, en otro país, por ejemplo. Ya que la duda aún se acentúa y abrazamos un peso todavía mayor.

Aceptar la nostalgia, ¡claro!, echar de menos a los seres queridos es muy noble; querer acompañarlos en momentos tristes, también. Incluso querer participar de las alegrías en su compañía. Todo esto forma parte de la vida, lo aceptamos como algo bonito, que indica que tenemos la suerte de amar y ser amados. Tener días donde no se ve absolutamente nada, días de vacío, donde somos incapaces de ver la luz al fondo del túnel, también. Esto quiere decir que vamos caminando, avanzando.

Pero lo que no podemos permitir es que el ambiente reinante de conformidad, de inmovilismo, de miedo, nos ataque, arrastre y nos haga dudar de nuestras decisiones. Es ahí donde hemos de estar alertas. La Vida nos pide  aceptar los cambios que ella nos ofrece, abrazar nuevos retos, proyectos y mantener la Confianza en la Vida.

Conectar, de nuevo, con la alegría de vivir. Agradecer que estamos vivos y con una potencialidad grande, infinita. Celebrar que nos hemos atrevido a dar un paso más, que hemos escuchado a nuestro corazón, a nuestra intuición y que existe una Razón, un Motivo que nos sostiene y  dirige, en el que vale la pena confiar, por muy difícil que parezca. Vale mucho la pena, confiar.

Miedos, Desafíos, Retos·Objetivo, Metas, Propósitos

El empujón

A quien no le han dado un empujón alguna vez y le han sacado de la fila, le han quitado el único asiento del bus o del metro, le han apartado para colarse en la barra de un bar y pedir su consumición. Hay alguien que nunca le haya pasado? Es más, me imagino que hasta los que más se han colado, alguna vez, se han sentido empujados.

Te sientes fatal, la rabia comienza a bullir por dentro y depende de cada uno, o te la tragas en ese momento y la vas sacando por los ojos, dirigiendo la mirada fulminante al causante, o le pegas otro empujón más fuerte y le retiras mirándole con furia y dándole a entender qué quién se ha creído que es.

Hay diversos tipos de empujones, unos los recibes porque molestas, estás en la línea de acción de alguien y quiere quitarte de en medio, como sea, y como seguro tiene prisa, pues utiliza lo más rápido y fácil, el empujón.  El sujeto de la acción puede o no ser conocido, da igual, simplemente estás donde no quiere que estés, y vasta, no hay más explicación que valga.

Sobra decir que el empujón puede ser físico o no. Igual no llegan a tocarte pero vaya, que te “empujan” fuera, seguro. Utilizan otras “fuerzas”, no las físicas pero sí las psicológicas, emocionales, indirectas, a través de la difamación o de la descalificación. En fin, vuelvo a decir, quién no ha padecido una de éstas?

Otro tipo de empujón es el del castigo. Aquí vuelves a recibir un impacto que te deja lerdo, atontado, no entiendes nada, porque este tipo de castigo suele ser motivado por lo mismo que el otro empujón, por el hecho de ser y estar en el mundo de manera molesta para el castigador. Si, sí, este empujón es impresionante, molestas. Molesta tu forma de ser o de vivir y, como tiene prisa el victimario, pues no se detiene a comentártelo, a pedirte que te apartes que no quiere verte, se limita a, sin tú saber la causa, a apartarte, pero esta vez, no de la fila o cola, no, esta vez intenta apartarte de tu camino. Sacarte de tu senda, porque no quiere que vayas por ella, su deseo es que vayas por donde él te indica. Si no haces caso, se lo toma como algo personal y te persigue castigándote. El castigo en este caso toma los efectos del comentado empujón. Qué pesadez, otra vez, a volver a tu camino, pero entre empujón y empujón te hace perder mucho tiempo, ya que cada vez son más fuertes, con la clara intención de a ver si aprendes a obedecer.

Para detectar estos empujones, una manera fácil es observar cómo te sientes después de estar con ciertas personas. Si acabas agotado, sin ganas de continuar, habiendo olvidado de golpe todo lo que te hacía estar bien, con alegría y entusiasmo, aquí tienes, un empujón. Si además de sentirte así, aparece la confusión, no sabes qué pintas en esta vida, que todo lo haces mal y nunca has tomado una buena y correcta decisión, entonces ya el empujón es muy fuerte.

Una vez que reconoces a estos empujadores profesionales solo te queda el apartarte lo más lejos posible de ellos y no caer en la tentación de acudir a su llamada, sea para lo que sea. Luego, si aparece algún desconocido, poco a poco, comienzas a detectar que te está empujando y sales corriendo.

Pero para terminar voy a comentar el empujón maravilloso, el que te hace seguir con tu Idea, proyecto, propósito. El que te empuja hacia arriba, el que te da un impulso para no desistir, para no seguir autocompadeciéndote sino que te muestra tu valía personal. Es la persona que te anima cuando tus fuerzas flaquean, es la que en un momento dado te hace reírte de ti mismo y te provoca al mismo tiempo lágrimas y risas que limpian tu mente para ver con claridad. Es el sabio consejo que te indica un error cometido que te está paralizando. Es esa mirada cómplice en un momento de nerviosismo, o cuando te sientes fatal por haber metido la pata.

Son tantos los empujones de este tipo que voy recibiendo a lo largo de mi vida que no acabaría nunca, pero hoy, justo hoy, he recibido uno nada más coger el móvil. Una amiga a través del whatsup, con una sola frase que me dice, me ha dado un gran empujón para continuar.

A ella, que siempre tiene la frase que me hace falta en su boca, junto a todos los demás que no paran de empujarme, para que “no me salga”, para que no huya, digo, que cada vez somos más los que empujamos a ser “uno mismo”, a vivir nuestra propia vida sin molestar a nadie, sin necesidad de apartar a nadie de su camino. Gracias.