Miedos, Desafíos, Retos·Objetivo, Metas, Propósitos

El placer de cocinar

Comunicar, entregar, compartir lo que se, lo que siento, lo que experimento se está convirtiendo en una verdadera necesidad, en un placer.

Dicen que hasta los 4 años no hablé, sólo emitía sonidos para hacerme entender y se ve que lo lograba. A consecuencia de este “enfado” (no me daba la gana de hablar), ha sido muy fácil escuchar la broma de pues quien lo diría, ahora no callas, entre otrosSer charlatana era lo que más escuché de mis queridas monjitas o señoritas del cole. A mí me llegó como el mayor rasgo de mi carácter, todo lo demás no debía ser importante, yo era charlatana. A esto hay que añadir que también me definían como distraída, con lo cual entré en la adolescencia, sabiéndome habladora y distraída.

Con el paso del tiempo fui ampliando el conocimiento de mí misma gracias a la opinión que despertaba, y pude añadir,  que me había convertido en una chica alegre, repetidora, dispersa, insustancial, nunca los pies en la tierra, egoísta, escurridiza, loca, irresponsable, inmadura, inquieta, nerviosa y al mismo tiempo, baga, perezosa. Muchos más, por supuesto,  pero ahora, como mujer madura, veo con claridad que fueron estos rasgos de mi carácter o personalidad los que me han pesado enormemente y han ejercido mucho poder, consciente o inconsciente, a la hora de elegir, a la hora de tomar una decisión. Su poder no fue absoluto,  no llegó a frenarme, a paralizar mis deseos o anhelos, simplemente a hacerme sentir muy culpable y a gozar de una autoestima por los suelos.

Como mujer aprendí a cocinar muy pronto, a saber hacer una comida con los ingredientes que tuviera en la nevera y despensa en ese momento, y además que estuviera rico. Hay que reconocer que eso tiene ser mujer, entre otras cosas. Así que ni corta ni perezosa, fui aceptando estos ingredientes que me configuraban con otros que fui adoptando y empecé a “cocinarme”, a trasformar, a elaborar mis propios ingredientes. Como buena cocinera, busqué diferentes “recetas”, escuché muchas opiniones de otras “muy buenas y experimentadas cocineras” que me indicaban ingredientes que no conocía de mi propia despensa.

Si coges harina y te la comes, es horrible, malísima, sin embargo, si la mezclas con leche, mantequilla, sal y un poco de nuez moscada, sale una besamel  o bechamel deliciosa. De donde puedes hacer croquetas, buenísimas; canelones, deliciosos, bien gratinados con queso, humm, que delicia. Todo esto como un simple ejemplo, que se me acaba de ocurrir, pero vaya, hay miles de ingredientes que si no pasan por un proceso, no hay quien los coma y en cambio, después de un lenta y buena elaboración pueden llegar a ser exquisitos.

Por favor, ruego abstenerse de caer en la trampa de la mente racional inquisitiva y negativa y responder, ya, pero no es fácil hacer bien una bechamel, con grumos es repugnante; hay croquetas que no hay quien las trague. ! Por supuesto¡ pero si algo hemos aprendido las mujeres es que no somos perfectas pero a base de insistir y de paciencia acabamos por aprender y a hacerlo…bueno, no del todo mal. Vale?

Después de cocinar un plato con cariño, ilusión, delicadeza, paciencia me encanta sacarlo a la mesa y que lo disfruten los comensales, es decir, compartirlo. Por eso, como estoy aprendiendo a “cocinarme” disfruto compartiendo con todos vosotros lo que voy elaborando con mucho cariño, paciencia y dedicación.

No hay ingrediente malo, unos son más complicados que otros, precisan de una mayor conocimiento para trasformarlos y poder utilizarlos a nuestro favor, no en nuestra contra y además tenemos la inmensa suerte de no caducar. Cada día nuevo, regalo de la Vida, estamos a tiempo de abrir nuestra propia despensa y sin miedo, con tranquilidad y ternura comenzar a cocinar algo rico para compartir, intercambiar e irnos alimentando con todos los platos buenísimos que sabemos elaborar. Os animo a hacerlo.

 

Archivadas

Un beso

La estancia en Barcelona me ha vuelto a conectar con personas fundamentales en mi vida, que me siguen enseñando, dando información y a retomar mi nombre completo. Hace años que me explicaron la importancia del nombre que tenemos cada uno de nosotros, lleva una energía, una información, es decir, que no es casual. La verdad es que hice caso pero sin estar del todo convencida. Si, firmaba con mi nombre completo pero nada más. Lo dejé, como otras muchas cosas en el cajón de los recuerdos.

El caso es que me vuelvo a encontrar con lo mismo, entre risas me recuerdan este tema. No me acordaba de todas las explicaciones, sólo que era la energía femenina el María de mi nombre, lo que estaba suprimiendo. Así que vuelta a empezar, comienzo a decir a los de mi entorno que por favor, me llamen Mª de Lourdes.

( Aprovecho ahora también para señalar que el blog cambiará de nombre, dejaré de utilizar seudónimos, y se llamará Mª de Lourdes. Como no se cómo se hace, haré uno nuevo igual que éste pero con mi nombre completo).

Otra información que me dan es el Ho’oponopono, Pero no sabes lo que es el Ho’oponopono? Pues no, no había oído hablar de eso en mi vida, y me explica una maestra y amiga, Mª del Carmen Boira, la que me enseñó la Técnica Metamórfica, la que me ayudó catalizándome a seguir mi camino, a ganarme la vida y poder dar el salto y cruzar el charco. Sin pensarlo, voy en busca del libro, además escrito por otra querida amiga, Mª del Carmen Martínez Tomás, que me ofreció compartir su despacho, mi primer despacho como terapeuta en Barcelona. Lo empiezo a leer y al mismo tiempo comienzo a practicarlo. Alucinante.

Recomienda comenzar por los padres y ahí voy yo, comienzo con mi papi y con mi energía masculina, si la que me viene por parte de los hombres de mi familia, Lo siento, perdóname, te amo, gracias. Decir desde el corazón esas 4 palabras estaba significando mucha información y una paz desconocida.

Desde que llegué de Barcelona me he centrado en ello, toda una semana sin poder parar. Me venían personas, situaciones, veía la TV, las noticias y en lugar de juzgar, Ho’oponopono.

El lunes pasado, aparece la necesidad de saber más sobre la importancia de decir mi nombre completo. Es como si necesitara refrescar algo, no sabía bien qué, sobre la energía femenina. Busco en internet a la maestra que me habló por primera vez de la importancia de aceptar mi nombre enterito. Y “la encuentro en Internet”, con teléfono para conectar¡¡¡ En la lista de libros publicados había uno que no había leído y ni corta ni perezosa llamo a su editorial. Sorpresa más que agradable, escucho una voz que no es la suya pero me resulta conocida, Rosa María, mujer, pintora valiente que me acuerdo de ella muchas veces. Su cuadro, un bosque de colores vivos está en mi casa. Todo mi cuerpo vibró de la emoción de poder hablar con ella. Le digo lo que busco, lo que necesito porque estoy trabajando mi energía femenina y masculina. Además le comento lo del nombre y me lo vuelve a explicar animándome. Queda en enviarme los dos libros con dedicatoria de Marta Cabeza, la autora.

Aquí quiero apuntar que fue Marta la que hace muchos años me sugirió en uno de sus cursos que volviera con mi madre, que hablara con ella, que la escuchara. Nunca he olvidado aquel viaje que hice para estar con mamá. Me costó un montón encontrar el momento para estar las dos solas hablando y le solté que necesitaba hablar con ella, escuchar sus consejos. Fue maravilloso, hablamos largo y tendido, !qué tiempos aquellos¡ Si, si, Marta Cabeza, la misma que me dijo que mi nombre era Mª de Lourdes, que empezara a asumirlo, sin vergüenzas ni miedos. Después de casi 12 años, vuelvo a recurrir en su ayuda.

Cuelgo agradecida del milagro que acababa de vivir, de la red invisible que nos une y ayuda. Que tan sólo con hacer una llamada encuentro ayuda, apoyo, y la información necesaria para continuar.

Al día siguiente, martes, siguiendo con el Ho’oponopono, recibo un mensaje de mi hermano el mayor. Quedamos para el día siguiente para ir a ver a nuestra madre. He de decir que no le había visto desde 18 años atrás, que se cortó la relación por un serio conflicto familiar. Miércoles, acudo a la cita, fui tranquila, con el corazón abierto a ver a mi hermano y a acompañarle a casa de nuestra madre.

Los libros llegan el jueves, justo el mismo día que acudo a casa de mi madre, corriendo porque se ha puesto mal. En el portal me los entrega el portero y sin necesidad de abrir el paquete lo abrazo y siento que no estoy sola. Hablo con el médico y a esperar, parece que va mejorando. Junto a mi madre, dormidita, me pongo a leer como una loca. Al ver las dedicatorias de Marta, me emociono y les escribo dando las gracias.

Mi madre mejora cada día pero siento unas ganas tremendas de estar con ella. Ya no hace falta, está bien, hasta nuevo aviso, pero me da igual, me hago caso y la voy a visitar cada día. Me acuerdo de la frase de Bert Hellinger Si tienes a tu madre bien integrada en ti, ¡brillarás! O lo que es lo mismo para mí, podré recibir su luz, su legado. Este artículo de la Vanguardia me lo envía mi hija. Es maravilloso, verdad?

Me preguntaba si no era una tontería, venir cada día, sin hacer nada, tiene quien la cuide, la cambie, la mime, yo en su casa, a su lado, hablándola, sin respuesta, besándola, ella  sonríe a veces. Ella está en su mundo y yo a su lado sin hacer absolutamente nada. Hasta la hora de irme, que me despido hasta el próximo día. El tener muchas cosas que hacer no tenía ningún significado ya para mí.

Hoy lunes de nuevo he venido a verla. Ha dormido bien, no está hinchada, está estable. Le saludo y hablo mientras desayuna, le acaricio su cara, mueve su mano, me acerco y me da un beso. !Madre mía¡, no tengo palabras para expresar todo lo que significa ese beso de mi madre y su mano cogida de la mía, lo que me ha trasmitido, lo que me ha hecho sentir.

Ya sólo me queda dar las gracias a Mª del Carmen Boira, Mª del Carmen Martínez, y Marta Cabeza, todos ellas mujeres maestras que me trasmitieron su experiencia, que me han ayudado de nuevo a alcanzar un sueño, quizá el más importante para mí, poder estar junto a mi madre en paz, serena, tranquila, sin necesitar nada, sin prisa, sin angustia, sólo agradecida de todo lo que me ha dado que va más allá de la vida, de todo lo que me ha enseñado y trasmitido. Mi primer y gran maestra. Hoy me ha recibido ella, mi madre, con un beso. Gracias mamá, te quiero.

Silencio, Conexión, Transformación

El silencio

Tengo la vieja y muy gravada costumbre de enrollarme. Para decir cualquier cosa, por muy simple que sea, me voy a los orígenes, y según como, puedo incluso desviarme del tema para luego volver. Suelo acabar diciendo, Para no hacerte el cuento largo…Una vez que lo he hecho larguísimo, es mi coletilla.  Mis amigos, pacientes como nadie, escuchan atentos todo el rollo que les casco, pero al final, ocurre el milagro, gracias a su paciente escucha, puedo hacer el resumen, la tan ansiada síntesis y todo tipo de conexiones que me provocan uno de los mayores placeres conocidos por mí.

Si no fuera por estos ratos, no sabría prácticamente nada de mí, de Historia, Filosofía, sociedad, política, de la Técnica Metamórfica, de Física Cuántica, en fin, de nada. No sabría nada, porque para mí el conocimiento se basa en la elaboración y proceso de la información. Tengo tanta, hay tanta información que me llega por todos lados y a todas horas que si no tengo a nadie dispuesto a comentarlo conmigo y, sobre todo, a escuchar todas mis diatribas, no elaboraría absolutamente nada.

Reconozco que otro gran escucha es el papel o, en su defecto el ordenador. Si, desde hace muchos años, cada día escribo mis hojas donde me vacío, donde escribo todo lo que sale de mí. Discuto, cuestiono, pregunto, afirmo tratando al papel como a un compañero de vida amable, paciente y cómplice.

Pero a dónde quiero llegar? A comentar sobre el silencio. Me he pasado recomendando hacer Silencio o parar el diálogo interior casi toda la vida. Soy fan de hacer Silencio pero al silencio que me refiero hoy, nada que ver tiene, sino todo lo contrario.

Pensar cómo os sentís cuando no obtenéis respuesta alguna, de la Vida, de la familia, del marido, compañero, amante, del jefe o jefa…del hijo o hija adolescente. El silencio familiar…y ese silencio tan familiar…

Ese silencio nos hace sentir ignorados, insignificantes o lo que es lo mismo, sin significado. Nos hace sentir fatal.

Me pregunto, y me respondo a toda velocidad porque es una pregunta muy sencilla, ¿cuántas veces me he quedado en silencio, sin prestar el más mínimo interés, ignorando o castigando a alguien?

Quiero advertir que no tiene nada que ver lo que digo con las personas calladas. Es una cuestión de vibración no de ruido. He tenido la suerte de estar y convivir con gente que casi no habla y es lo que me ha permitido apreciar la diferencia. Depende de la vibración, insisto, de lo que “responden” o trasmiten  y el abanico es amplio.

Me vuelvo a preguntar, ¿soy consciente de mi vibración a cada momento del día? Este donde esté y con quien esté?

Difícil, eh? Pero no imposible!!! Gracias a todos por vuestras cariñosas respuestas a lo largo de mi vida.

Sanación·Silencio, Conexión, Transformación·Técnica metamórfica

Gracias, amigos

Cuando siento una gran emoción,  se me abre el corazón, el pecho y la cabeza se amplía, es un momento de quietud extrema, y al mismo tiempo, como una descarga eléctrica.  Me quedo quieta, callada y me hago caracol por unos instantes o por el tiempo que me permita la situación. Disfruto de la emoción, la acepto, la siento. Exactamente igual que cuando siento cualquier otra y no, precisamente tan agradable.

Ya he comentado que cualquier tipo de emoción soy partidaria de aceptarla, por muy “fea” que me parezca, sentirla y dejarla ir, porque luego aparece la información necesaria para sanar, crecer, evolucionar, modificar, etc, etc. Sobre todo para aprender algo nuevo de mi misma, que es lo que más me gusta de este mundo. Vivir la aventura del descubrimiento, es una auténtica gozada.

Desde que he llagado a Barcelona, ciudad de donde me fuí, me parece que hace justo ahora 9 años, he ido sintiendo poco a poco una emoción muy, pero que muy agradable. Muchos acontecimientos diferentes, personas distintas y casi todo seguido, con el tiempo justo para dormir, sin la soledad para procesar toda la información. Además, no es nueva esta sensación tan agradable, ya me había pasado otras veces que había venido, pero la última vez, allá por el mes de Junio, en una terraza puesta en un chafrán, con el ruido de los coches, el calor sofocante, sudada y con dos muy buenos y queridos amigos, por primera vez me hice la pregunta de qué me pasa, por qué me siento tan bien, incluso en un lugar no típicamente agradable. No era el típico sitio que llevas a alguien a tomar algo porque viene de fuera, con bonitas vistas, o algo buenísimo, muy al contrario, es justo el de abajo de casa, que vas a tomar algo porque está cerca y nada más. La respuesta inmediata es que claro porque estoy a gusto con esa gente querida.

No, no era sólo eso, iba mucho más allá la emoción, había algo más que no acababa de saber. Lo comenté, lo he ido preguntando y las respuestas eran simples, conocidas, no me daban la solución, siempre había algo que faltaba.

Esta vez vuelve la pregunta caminando por el Raval, al medio día, luego, anocheciendo; qué me pasaba, qué era lo que mi corazón no paraba de sentir, por qué mi piel se ponía “chinita”, por qué estaba flotando. Mi mente racional no entendía, no aceptaba que sin ningún punto de referencia estético, con un anonimato total, yo me sintiera en la Gloria. Y me doy cuenta que era la misma sensación que tuve en una parada de estación de metro del DF, Barranca del Muerto. Me había hecho la misma pregunta hacía años, no entendía qué era lo que quería decirme esa emoción.

Quizá sea de los lugares más feos e incómodos que recuerde. Estaba allí, esperando una “pesera”, rodeada de puestos de fritangas, con un calor sofocante, con música desafinada y variada, sonando a la vez, rodeada de gente totalmente distinta a mí, haciendo cola para subir al camioncito, recibiendo empujones. De repente vi una rata que cruzaba por allí. Hago este apunte porque creo que para mí o para cualquiera puede ser una nota muy desagradable. Estaba de pie, a la espera, y sentí una lágrima por mi mejilla. Callada, tímida, salío para decirme, “No te quieres ir de este país, te sientes muy a gusto, eres feliz“.

No podía entender qué era lo que me pasaba, cómo me venía aquella sensación de plenitud justo en un lugar francamente espantoso. Sobra decir que me he cuestionado todo tipo de “aficiones” como si me identifico con lo feo, con la miseria, con la cutredad. Para nada, lo que pasa que no tenía mi respuesta, no entendía qué me quería decir la vida de una manera tan extraña, utilizando unas imágenes o símbolos tan incomprensibles para mí.

Hasta ayer noche no había entendido la razón fundamental, profunda del por qué me ocurre esto en dos ciudades totalmente diferentes, que ya no vivo en ellas, y que lógicamente no soy de allí. Yo nací y me crié en otra ciudad totalmente diferente a estas que nos ocupan.

Paseando por el Raval, del brazo de una gran amiga, charlando y celebrando el haber vuelto a encontrarnos, se lo comento, le comento que me atormenta, que incluso me hace sentir mal conmigo misma esta necesidad de estar en esta ciudad. Se ha convertido en una necesidad vital, cómo es posible? Será una obsesión? Será la nostalgia del pasado? Entre las dos, conversando y compartiendo, pude sacar todo lo que llevaba tiempo sin decírmelo a mí misma. Me pude desahogar tranquilamente, y cuando ya habíamos llegado al punto donde nos separábamos para seguir nuestro día, me dice esta amiga, Yo me veo en tí, y me salió del alma, y yo también me veo en tí¡, en todas vosotras! Nos abrazamos emocionadas y nos despedimos hasta el próximo encuentro, en un estado por mi parte de absoluto “globo”. No habíamos bebido nada que no fuera agua, estaba yo volada, genial.

Sigo caminando por la calle Vergara y cual es mi sorpresa que me encuentro a otra amiga que hacía años no veía, no puede ser, esto es alucinante, grité añadiendo que estaba con un globo alucinante de placer. Cuando ya nos estábamos despidiendo, aparece otra amiga. Besos, abrazos, risas y celebración del encuentro. Como nos veríamos otra noche a cenar, nos despedimos rápido, teníamos todas prisa, y había que continuar.

Sigo paseando al encuentro de otra amiga y al verme como extasiada le comento todo, de manera inconexa, pero dejando muy claro, que me siento en la Gloria aquí y que por fin he sabido qué me pasa.

Un paciente que leyó el post de “La estrategia del caracol” al verme el otro día me trajo la película, la había bajado de internet para mí. Esa misma noche la volvía a ver, no me acordaba de nada y comprendí porque me había gustado, decían unas frases que me llegaron al alma, ¿qué sería del mundo sin la complicidad?. Lo que importa ahora es que nos unamos, tener fe en las personas. Y qué ganamos con esto? Pues, nuestra dignidad.

En la charla con mi amiga puedo con su ayuda enlazar todas mis sensaciones, encontrar mi respuesta, leer las Señales que la Vida me regala.  Entender el lenguaje de estas dos ciudades que en su día me acogieron, me abrazaron, me respetaron, me enseñaron y me dieron lo que “lo cura todo” : amor, complicidad y caricias.

La necesidad de “verse en el otro”, la necesidad de la complicidad, la necesidad de sentir la unidad, la unión es el alimento de mi alma para tener el valor y la fuerza para crecer, para enfrentarme a mis fantasmas, a mis bloqueos. Para continuar mi camino.

La razón de que yo sintiera lo que sentí en lugares no precisamente bellos, acomapañada o en soledad, pero rodeada de ruido, gente y bullicio, fue para recordarme que la Naturaleza, la Soledad es muy necesaria, que la necesito para vivir, fundirme en ella me ayuda a crear pero además necesito la Amistad, la complicidad, el apoyo, el amor. El sentirme en el otro reflejada, me hace sentir mi propia identidad, me permite ver mi propio proceso, mis cambios, mis logros.  El sentir la complicidad con alguien me motiva a continuar, me empuja a seguir viviendo. La amistad verdadera, auténtica, la que me permite desnudarme y mostrarme tal y como soy, tal y como me siento y tal y como estoy en ese momento es la fuerza que da el amor, que me hace ver que todo es posible. La complicidad que se tiene ante un nuevo proyecto me da dignidad, confianza, credibilidad. Es la que me enseña a ser honesta en todo momento, porque no pasa nada, al contrario, recibo mucho y bueno a cambio.

Necesitaba agradecer a todos los que estais a mi lado, cerca o lejos, pero a mi lado, acompañándome en mi camino, haciéndomelo mucho más fácil. Amigos, pacientes, familia, conocidos. Gente desconocida que me da una información que me lleva a donde quiero llegar.

Necesitaba hablar de la Amistad, porque no puedo poner todos mis nombres de la lista, pero he tenido la suerte de encontrar verdaderos amigos allí donde la vida me ha llevado y sin todos vosotros no estaría donde estoy. La Amistad engloba a todos aquellos que siendo o no familia me habeis dado la seguridad, el amor, el respeto de la verdadera Familia Universal. Que me habéis ayudado a estar y sentirme muy bien allá donde me toca estar, me habéis enseñado a comportarme, a mostrarme tal y como soy, a no tener miedo a abrir mi corazón a gente que no conozco.

Para sentir y vivir en la Unidad, el Todos somos Uno, ha sido de vital importancia para mí el aprendizaje sencillo, simple, de verme reflejada en la gente que ha estado a mi lado, que me han hecho sentirme parte de ellos. Me han enseñado a vibrar en el amor, a alcanzar momentos sublimes.

Gracias a muchas personas que han estado a mi lado voy aprendiendo a saber y a sentir que formo parte de Todo y de Todos, pero he de reconocer que gracias a la Amistad me ha resultado muy fácil, porque era sólo dar un paso más.

Lou Aster Training

El calcetín

Me he levantado de la cama de un salto, he visto un amanecer maravilloso, sublime. Me he quedado absorta contemplando la Belleza. De golpe, al mover la cabeza del gusto que estaba sintiendo he visto 2 Arco Iris juntos, ha sido la gota que me ha superado, me ha sacado de mi estado contemplativo y me ha llevado a vete tú a saber dónde. Han sido unos minutos sublimes, he perdido mi control, mis límites, supongo que me he fundido con el amanecer, con el arco iris, las nubes, el prado verde, los árboles, qué se yo¡

Gracias, gracias, muchas gracias, el sentimiento profundo de agradecimiento me ha traído de nuevo a la cocina, guauuu que bien me sentía. Mirando de nuevo por la ventana caigo en la cuenta de que amanece cada día, cada día sale la luz, viene la luz de nuevo a iluminarnos. Puf, que gozada, tomar conciencia de que pase lo que pase, amanece, acaba la oscuridad de la noche y vuelve la luz.

Pongo el agua a hervir para mi te y mientras tanto busco mi ropa para ir a bañarme. Cosa extraña, no encuentro un calcetín, lo busco por la habitación y no lo veo. Lo dejo para más tarde pero inquieta, dónde puede estar, si lo dejé ayer noche junto al resto de la ropa preparada, me ducho, hago el te, me visto y vuelvo a buscar el calcetín. Que no, que no aparece. No lo entiendo, vivo en una casa preciosa, pero pequeña, la habitación, muy bonita, pero reducida, dónde puede estar el pinche calcetín, repito cada vez un poco más obsesionada. Quiero trabajar, así que estoy con un pie sin el calcetín que no aparece y me pongo a hacerme el desayuno, mi huevo, tostada, fruta, lo preparo todo, lo saboreo pero con el pie cada vez más frío y más incómoda. Vuelvo a la habitación, vuelvo a mirar por todos lados y sigue sin aparecer. No lo dejo por imposible, vacío  la lavadora y me doy cuenta que ella cobra su tributo por lavarme la ropa y suele quedarse con un calcetín, pero no está ahí. Son esas cosas de los duendes que se encargan de hacer lo que yo no hago, dar un pequeño detalle de agradecimiento. A mí no se me había ocurrido agradecer jamás a la lavadora que me deje la ropa limpia sin yo hacer ningún esfuerzo, así que se ha encargado, por fin, de “darme un toque” hoy, justo hoy y eso que nos conocemos desde hace mucho. Justo hoy, mi habitación, hace exactamente lo mismo, menos mal que caigo en la cuenta. Justo hoy que he tenido unos momentos sublimes al ver el amanecer, que con la mayor naturalidad y espontaneidad ha salido de mi corazón un sentimiento de profundo agradecimiento. Lo pienso, reflexiono, mientras sigo buscando el calcetín como un auténtico sabueso por toda la casa. Qué fácil me resulta agradecer lo sublime, sin embargo, lo cotidiano, lo que vivo como algo natural, como un derecho adquirido, eso no, eso ni tan siquiera soy consciente y claro está, ya están mis amigos los duendes para recordarme que no vale, que la vida no está hecha sólo de momentos extraordinarios. Todo esto, encima de que siempre me he considerado muy agradecida, con frío en el pie, con vergüenza por geta, por considerar que la lavadora, el lavavajillas, la cocina, todo está a mi servicio. Vaya que la energía eléctrica está a mi disposición.

Pues he bajado la cabeza y me han salido las gracias a mi lavadora, a todos los elementos y rincones de mi hogar, a mi habitación maravillosa con esas vistas, a la cocina que cada mañana me presenta el amanecer. No he querido seguir castigando a mi pie con el fresquito y he ido al cajón a buscar otro par de calcetines. Pero antes, como volvía a estar feliz y sintiendo lo mejor que hay en este mundo que es ese sentimiento de agradecimiento, he puesto la música. “Canciones elegidas”. Bua… que gozada, “Bailar Pegados”, “Le Meteque”, (¿?) “No dudaría”, mi adorado Antonio Flores… Bailando he ido al cajón y sorpresa… estaba el calcetín perdido. Cómo ha ido a parar ahí, no tengo idea, lo que si os puedo decir que las carcajadas de alegría brotaban de dentro de mí, iban mucho más allá que por el hecho de encontrar al “hijo pródigo”, era por la luz que viene cada día a iluminar mi camino de aprendizaje camuflada de mil maneras diferentes, hoy, en forma de calcetín. Por mi parte, sólo, solamente estar atenta.

GRACIAS.

Lou Aster Training

El miedo

Cómo a veces nos quedamos bloqueados ante una acción que queremos realizar, es impresionante. En este caso, me refiero a un hecho muy concreto, pero que en el fondo es universal. Una persona, muy cercana, me hacía un comentario sobre el siguiente paso que tenía que dar en su trabajo, era algo tan sencillo que su gente no comprendía por qué no lo hacía, sin embargo, se veía y sentía totalmente incapaz, justo en el momento de realizarlo le venían miles de pensamientos en contra, avisándola del “peligro”, del riesgo que corría si lo hacía. No se trataba de deslizarse por una pendiente, o tirarse en un parapente, ni tan siquiera en un paracaídas. Era algo muy sencillo, simple, que lo hacía cada día, se puede decir. Entonces, dónde estaba el problema; qué había cambiado para que no fuera capaz de continuar.

Si lo comento, no es porque se trate de algo excepcional, muy al contrario nos encontramos muchas veces en una situación similar. Nos da pánico enfrentarnos a una situación aparentemente inofensiva. Suerte de los que, al menos, tienen la conciencia de darse cuenta, de detectar el bloqueo, y saber que algo pasa dentro de ellos que les impide avanzar. Suele ser la mayoría de las veces miedo. El miedo paraliza, el miedo bloquea, el miedo impide avanzar, el miedo te atrapa de tal manera que no te deja hacer lo que quieres. Puedes justificarte y abandonar, tirar la toalla, dar rodeos; da igual, tarde o temprano la vida te va a poner en una situación similar hasta que te enfrentes.

Cuando se aborda el miedo, éste suele salir muy mal parado, la persona que lo padece, se siente fatal, se avergüenza por tener o sentir miedo y se le considera una emoción muy negativa. Se tiene que ser valiente, en esta vida hay que tener valor, no tenemos que sentir miedo. Fenómeno, muy bonito, pero entonces qué hacemos los que somos tan humanos que lo sentimos muchas veces, que se puede decir, es un compañero de viaje, como otras muchas emociones. Una solución rápida es negarlo, lo sentimos, eso sí, pero hacemos lo indecible para esconderlo; otra solución es saltarnos el miedo, sin pensarlo dos veces, !ala¡ nos lanzamos, casi casi con los ojos cerrados y automáticamente, nos ponemos los brazos sobre la cabeza como para protegernos de las consecuencias, si no físicamente, al menos metafóricamente. Luego no sabemos salir de donde nos hemos metido y ya no tenemos miedo para la próxima, sino pánico.

Por mi parte, agradezco mucho y abrazo mi miedo. Me recuerda que tengo un instinto animal, primigenio, salvaje que me avisa de un posible peligro o riesgo. Si, sí, incluso esos miedos tontos, como el mencionado anteriormente. Por ejemplo, acudir a una entrevista, aparentemente inofensiva; digo esto porque fue el último al que me tuve que enfrentar. Casi sin darme cuenta, estaba inquieta, iba posponiendo la llamada para concretar la hora de la cita. De golpe caí en la cuenta, hummm, tienes mieditis, guapa. Y sí, tenía un ligero o no tanto, miedo y de forma muy sutil me iba escaqueando. Me entro la risa, cómo no¡ y me paré a pensar. No estaba preparada, había seguido mi impulso de querer dar un paso adelante, pero no me había concedido el tiempo necesario para prepararme. El miedo me avisaba, me alertó que algo me faltaba, que no podía ir sin nada preparado, o si iba, al menos estar preparada sabiendo que no llevaba lo necesario.

Es decir, a veces nos vemos desarmados ante el peligro y el miedo, y éste,  lo único que hace es avisarnos. Luego depende de lo que queramos hacer. En el primer caso, no había podido elaborar su argumento de defensa, ante las  posibles consecuencias de dar el paso, sabía que debía hacerlo, pero a esa  intuición le faltaba ponerlo en palabras, poder expresarlo. A partir de hablarlo, pudo ir descifrando qué pensaba realmente, cuáles eran sus puntos de apoyo. En mi caso, mi miedo me avisó que me faltaba también llevar por escrito lo que yo ofrecía, que la persona lo viera, lo tocara. Igual yo no lo hubiera necesitado, pero no todo el mundo es como yo. (Gracias miedo, por avisarme de una gran verdad)

En el momento que te enfrentas a tu inquietud, encuentras la solución. De lo contrario eres, no un valiente, sino un temerario. Si yo no sé nadar, en el mar tengo miedo, y me avisa de una carencia mía, me dice que no estoy preparada para lanzarme en alta mar. Por lo tanto, me preparo, voy a clases de natación antes de tirarme y correr el riesgo innecesario de ahogarme. Tengo miedo a la oscuridad, claro, si no ves te puedes dar un golpe, por tanto, cojo una linterna o enciendo la luz, (para empezar). El miedo a los fantasmas, apariciones, etc no llega si lo atajamos. Porque la mayoría de los miedos se pueden parar en el momento de enfrentarlos, eso no quiere decir que hagamos lo que nos da miedo de inmediato, no, eso quiere decir que miremos, observemos, pensemos en la solución para abordarlos y nos preparemos para estar tranquilos y serenos ante el reto que nos presente la vida.

El proceso de aprendizaje de vivir lleva toda la vida. A veces nos vienen miedos absurdos que nos paralizan y sin embargo, somos capaces de realizar verdaderas proezas que para otros son impensables. Aquí radica una de las maravillas de la vida, aquí vemos como no hay normas fijas para todos. Como lo importante es irnos conociendo, descubriendo nuestros pequeños o grandes temores cada vez que la vida nos pone delante la oportunidad de avanzar, de salir de nuestra zona de confort y seguir evolucionando con alegría y entusiasmo.

Esta persona pudo dar el siguiente paso, contenta, segura y satisfecha, dispuesta a continuar con su trabajo y sabiendo que cada reto es una gran oportunidad. Por mi parte, me dio un subidón, me puse encantada de la vida a preparar lo que no había hecho, agradecida de estar a tiempo y sin el temor de enfrentarme a una persona antipática, seca y miles de adjetivos más que mi enajenación producto del miedo me hizo creer.

Cuando no nos enfrentamos a nuestros miedos, sino que ellos se adueñan de nosotros, nos vemos como unas víctimas de la vida y de los demás. Nos creemos que no tenemos capacidad de defensa y hacemos cada vez más grandes a nuestros supuestos enemigos. Todo es producto de la fantasía, nos creamos una auténtica ficción y nos la acabamos creyendo. No hay reto que nos ponga la vida frente a nosotros que no podamos afrontar, se trata de darnos el tiempo necesario para prepararnos. No podemos caer en la prisa, en la comparación. Este es un proceso maravilloso de aprendizaje, de conocimiento, que nos hace sentir vivos, ágiles, activos y repletos de entusiasmo.

Hay retos que duran muchos años, hay retos que se aprenden en minutos, qué más da¡ el caso es tener, eso sí, la valentía de enfrentarnos a nosotros mismos, de tener la valentía de conocernos poco a poco. De no ser cobardes echando la culpa a los demás de nuestros fracasos. Un fracaso sólo es un aviso de que nos falta algo por aprender, una oportunidad más para crecer.

Lou Aster Training

Día de sequía

 

Me he levantado con sequía creativa, no parece que hoy pueda pasar nada bueno en mi vida, aunque no hay indicio alguno que indique lo contrario, tampoco que lo cuestione, sin embargo, parece que acepto sentirme así, totalmente seca de ideas, abatida y sin ilusión alguna.

No obstante, me levanto, desayuno, ducho y me pongo frente a mi ordenador. Pase lo que pase no puedo dejar de realizar mi trabajo, es lo único que tengo claro, seguir con mi disciplina, a pesar de mi emocionalidad. Pero ya lo decía yo, hoy nada sale bien, curiosamente he debido olvidar mi contraseña, o no entiendo que le pasa a esto, me dice que no es válida. Lo vuelvo a intentar y tampoco, al final, he conseguido que se bloquee todo. Con lo cual no tengo acceso a internet con lo que eso conlleva, no tengo acceso al exterior. Ya empezamos, esta vez no ha sido voluntario, hoy quiero comunicarme, enterarme de las noticias del mundo, de mi mundo, en fin, que no estoy caracol, vaya, hoy no. Entonces, ¿con qué me puedo identificar?, ¿qué me toca “ser” hoy?. Ya sé, me veo por la meseta dura y seca, con un horizonte que nunca se alcanza, sin un árbol donde guarecerse del sol abrasador; también con el desierto de arena que me impide avanzar con rapidez, con la garganta seca y sin atisbos de encontrar una fuente con agua.( Menos mal que estoy rodeada de naturaleza verde, con un día nublado y amenazando lluvia, de lo contrario, no sé qué sería de mí, con semejantes identificaciones).

Me he visto en las dos situaciones mencionadas, atravesando la meseta castellana con un calor seco y sofocante, sin una pequeña sombra a la vista y con una botella de agua recalentada. También caminando por el desierto, con un sol abrasador, arrastrando los pies y toda la boca con sensación de polvo.  En ambos escenarios seguí con disciplina, con el propósito inflexible de alcanzar la meta,  seguir caminando con la esperanza de acabar pronto semejante tormento y que al llegar al final, encontraría agua fresca, una buena ducha y la satisfacción de la etapa acabada. Por tanto, hoy lo tomo “como si…” y continuo, con la ilusión de acabar la etapa y sentir la satisfacción de saber qué me pasa, por qué esta identificación.

El “como si…” me ayuda siempre que estoy en fase seca, o fase hundida, o fase incrédula, o en cualquier momento de desesperación, cuando lo único que me apetece es meterme en la cama y no hacer absolutamente nada. Entonces hago “como si… creyera que vale la pena continuar, que vale la pena tener esperanza, que vale la pena el proyecto que tengo entre manos, es decir, que vale la pena seguir currando en lo que sea, y  que pasar a la acción es lo único que va a sacarme de mi mal estar.

La acción no siempre es la misma, unas veces se trata de escribir, otras de regar las plantas, otras de limpiar la cocina, otras de ordenar armarios y liarme a tirar todo aquello que no me sirve; a veces cojo la bicicleta y me agoto en la primera ligera inclinación hacia arriba del terreno, pero sigo buscando la cuesta abajo. A veces me paso todo el día en “acción” y no encuentro la satisfacción buscada, simplemente el agotamiento de haber estado en actividad, con la cabeza o mente concentrada en lo que estoy haciendo sin pensar en nada más que en hacer lo mejor que puedo.

Gracias a estos días de sequía, tengo un jardín que me da placer verlo, unas lechugas buenísimas, varias páginas publicadas, varias investigaciones terminadas, mermeladas, armarios ordenados, mesa de trabajo limpia, algunas conclusiones y una largo etcétera de pequeñas cosas que me alegran la vista y hacen que me sienta bien conmigo misma.

No quiero dejar de mencionar que en estos días de aridez, gracias al WhatsApp siempre hay un mensaje divertido que te llega y hace que sonría. Esa amiga o amigo, lo que menos se imagina es el efecto que hace en mí. Me saca de mi “enmimismamiento” y me hace reír por unos instantes, y por unos instantes vuelvo a recobrar la fe en el ser humano. Si, cuando estoy así, paso de un extremo al otro, en ningún momento he declarado que tenga sentido mi estado anímico, pero si es cierto, que el que tiene peso y poder es el estado lamentable de la sequía. Pero continuando con la acción elegida para ese día.

Hoy he decidido escribir y hablar sobre la película que vi ayer, Las brujas de Zugarramurdi, de Alex de la Iglesia. No sabía que iba a ver, pero me gustan sus pelis, tienen efecto en mí, me desconciertan. Me descolocan porque lo mismo me hacen reír, que me sorprende lo que critica, que me  asombra lo que trasgrede. El caso es que cuando salí me urgía comentarla, hablar de ella con alguien que la hubiera visto y ¡cómo no! una amiga del alma, que me la había recomendado, estaba dispuesta a ello en el teléfono. (Las distancias se acortan gracias a la tecnología y a las tarifas planas).

Nos volvimos a reír de los golpes de humor, pero también compartimos opiniones sobre los actores, el tema, la trasgresión de lo sagrado y tuvimos que colgar, todo tiene un límite, pero yo seguía con ganas de descifrar algo más que no tenía idea qué. Necesitaba comunicarme.

Sobra decir que a mí me impresionó la película, no por buena ni por mala, sino, simplemente obró en mí algo que me movió internamente. Luego, con un grupo de amigas mi comentario fue prudente, “a mí me ha gustado, pero yo tengo un humor un poco rarito”. Todavía no sabía el “efecto película”.

Esta mañana seguía yo sola con el tema, mis ojos vieron unas imágenes, mis oídos oyeron frases, pero mi ser, no sé qué sintió, porque sigue alterado. Cuando me pasa esto no paro hasta descifrar que ha sido lo que tanto efecto ha causado en mí que me impide estar bien hasta que lo descifre. Ahora entiendo mi sequía, ahora entiendo por qué me he despertado rarita. Algo me debió impresionar que va más allá de la peli. O simplemente conectó con algo que me preocupa e inquieta.

Al no tener a nadie con quien comentar, me pongo a dialogar conmigo misma y por fin caigo en la cuenta de qué me está pasando.

A ver, resumiendo, la lucha de poder, las mujeres contra los hombres y viceversa me horroriza. Me sigo impresionando al escuchar a hombres hablar de la mujer. Histérica, controladora, víctima, manipuladora, mandona, y una larga serie de improperios que suelen resumir en “Son todas unas brujas”.

En reunión de mujeres pasa lo mismo, pero en sentido contrario, da igual que estén casadas o solteras, las quejas van de que no tienen comunicación, son unos cobardes, se quejan por cualquier dolor, a la hora de la verdad no saben qué hacer, siempre piensan en lo mismo, sólo saben ver la tele, no tiene ilusión ya por nada, no pasan la pensión, se escaquean de todo, no tiene cabeza, que ¡se está mucho mejor sola¡, vaya. ¿Sigo? No hace falta, verdad? El resumen es que la que tiene marido lo quiere regalar y la que no tiene dice que no existe un hombre normal, un compañero agradable.

Vamos a ver, ya sé que no todos los hombre y mujeres piensan así, ¡menos mal¡ pero si algunos todavía, de lo contrario no hubiera visto una peli, que utiliza un tema ancestral para plantear un tema que, por desgracia, sigue de actualidad, la lucha por el poder entre hombres y mujeres.

Me da mucha tristeza, si, mucha pena ver que todavía seguimos con lo mismo. De qué han servido tantos años de emancipación por parte de las mujeres, de tanto criticar al machismo, patriarcado. Tenemos Leyes de igualdad, acceso a la Universidad que se supone a la cultura y a puestos de trabajo. Hemos accedido al mercado laboral. Veo padres con carritos de bebes, de la compra. Se supone que ellos han adoptado roles que antes desechaban. Qué queremos entonces, qué nos falta para respetar, amar y dejar en libertad a los hombres.

No nos hemos enfrentado a la tradición para continuar con viejos recursos como la manipulación, como para seguir ejerciendo un poder desde el victimismo, como para seguir creyendo que son ellos los que nos tienen que dar la felicidad, la seguridad económica, la seguridad del no ir solas a los sitios. No nos hemos enfrentado a nosotras mismas, a nuestros miedos e inseguridades para seguir faltándoles el respeto con nuestros silencios o castigos sutiles. Para exigirles que sean ellos los encargados de darnos tranquilidad y sosiego. Queremos que sean “el descanso de la guerrera”, eso de lo que tanto nos quejábamos.  Si, sabemos conducir, pero les seguimos exigiendo que nos conduzcan por la vida, aunque sea mal, pero ahí seguimos, exigiendo. Somos capaces de poner a bajar de un burro al padre de nuestros hijos con tal de fastidiarle, en lugar de dejar que sean los hijos quienes tengan su propia opinión.

La caída del príncipe azul es un hecho real. No existen, no hay, lo mismo que no hay princesas por mucho que nos lo hayan dicho. Una cosa es tener autoestima, respetarse a una misma, tener dignidad, requisitos indispensables para vivir o relacionarse con alguien, hombre o mujer y otra cosa muy distinta, ser princesa de cuento, esperando encerrada en nuestra torre que nos libere un apuesto caballero de nuestras limitaciones y nos saque de nuestro aburrimiento.

Con todo lo que hemos avanzado las mujeres, lo que hemos logrado, y de lo que nos hemos liberado… parece que no basta a los “chicos”. Quieren “el ángel del hogar”, la mujer modelo de los 50 interpretada por Doris Day?

No todas las mujeres somos “brujas malas y poderosas”, lo mismo que no todos los hombres son “ogros enormes que nos encierran en su castillo para devorarnos”.

La mayoría venimos a buscar lo mismo, respeto, amor, ternura, mimos, libertad, diversión, comunicación, pero hablamos lenguajes diferentes. Aunque creo que lo primero es preguntarnos y exigirnos a nosotros, si, si, hombres y mujeres, si me lo doy a mí eso que tanto ansío y necesito del otro. Soy amable conmigo o me exijo con una crueldad tremenda unos objetivos inalcanzables. Sigo exigiéndome ser el número uno en absolutamente todo y si no lo logro me enfado conmigo y guardo una rabia que me consume. Me lo paso bien conmigo misma sola o solo? Soy capaz de darme algún mimo que otro, o consuelo, en lugar de creerme una porquería porque he tenido un fracaso? Acepto mis debilidades, “pequeños defectillos” de verdad, de corazón, o hago todo lo que esté en mi mano para esconderlos e ignorarlos? Persigo mis sueños enterrados en el “no vale la pena” en lugar de exigir ganas de vivir al otro? Y, para finalizar, me hago cada día una ligera revisión de lo que siento, pienso y hago para ver si soy coherente conmigo?

Sé que este tema  puede dar paso a miles de interpretaciones, que hiere sensibilidades y nos defendemos como “gatos panza arriba” cada vez que se aborda. Que se me puede criticar alegando que es mucho más profundo y difícil como para resumirlo en que la solución está en una simple autocrítica. Sin embargo, para empezar por algo concreto y que está al alcance de todos,  abogo por ella, ya que las grandes soluciones como leyes, medidas y revoluciones parece que no han tenido el efecto deseado, por el momento. Seguimos quejándonos los unos y las otras, sigue siendo un conflicto la relación. Igual en el ámbito público, se disimula o parece menos alarmante, pero cuando vamos a casa, en la intimidad seguimos en guerra. De lo contrario, no escucharía de manera tan constante estas quejas por parte de ambos sexos.

La violencia de género es un hecho real, pero parece que la sufren los dos géneros. No hay asesinatos de mujeres a hombres, la violencia femenina no se traduce en los golpes físicos. Hay muchos hombres que no matan físicamente a las mujeres. A la violencia que hoy me refiero es la sutil, la que va matando cada día nuestra ilusión, nuestras ganas de vivir, la que entierra los sueños y la esperanza. La que nos hace sentir que no valemos para nada, que hemos fracasado en todo y que nos impide ver soluciones para salir de ese agujero negro en que vivimos. La violencia de la exigencia  diaria, del reproche. Ese estar con alguien que se siente eternamente insatisfecho o insatisfecha, haga lo que se haga. A la crítica sistemática por el hecho de ser mujer u hombre, acudiendo a viejos tópicos inamovibles.

Por eso, me planteo que se puede empezar por una autocritica, para dejar al otro u otra en un segundo plano y comenzar por uno mismo. Me parece que no puedo exigir a nadie lo que yo soy incapaz de darme. Si tengo la suerte de que me pase, doy saltos de alegría y se lo agradezco de corazón, lo considero un regalo, no un derecho.

Ahora veo cuál fue el “efecto peli”, me produjo tristeza, me produjo indignación, todo ello oculto bajo la risa y el humor. Pero lo que mi ser vio fue que aún se sigue hablando del miedo, de la desconfianza del  hombre a la mujer; que el divorcio no evita seguir enganchados en un enfrentamiento, que se sigue peleando por lo que creemos que nos pertenece, los hijos. Que las madres nos sentimos robadas cuando el padre “nos quita a nuestros cachorros”, y los padres, ¡igual¡ reivindican lo mismo.

(No voy a entrar a comentar la utilización de unos símbolos y tradiciones de una cultura como pretexto, eso lo dejo para otro día)

Ahora se me ocurre otra propuesta, utilizar el humor, la risa para enseñar la otra realidad, que también existe. Mujeres y hombres que conviven en armonía, que se respetan, que las diferencias entre ellos son utilizadas como motor de crecimiento. Que se apoyan y sostienen y se aman en calidad de lo que corresponda. Que existen matrimonios finalizados que siguen trasmitiendo a sus hijos amor y respeto, olvidándose de las diferencias entre ellos, que no compiten, sino que aúnan fuerzas para educar en la libertad y respeto.

Salir de una película que muestre esta otra realidad, igual no consigue que nos partamos de risa, pero si que creamos que vale la pena seguir intentando crear un mundo mejor, que vale la pena creer en el ser humano, que poco a poco vamos mejorando cada día. Que estamos ansiosos de ideas renovadoras que nos hagan plantearnos nuestras vidas y seguir intentando vivir en armonía con el otro y con la naturaleza.

El miedo al “otro”, la desconfianza, estar a la defensiva, y pequeñas actitudes antiguas pueden sustituirse por la inocencia (no ingenuidad), por la confianza, por la seguridad.

Yo propongo otra realidad, no por ello menos cierta. Ya basta de tanta basura humana, de mostrar todas nuestras sombras, limitaciones, carencias… qué tal un poco más de Belleza? Para levantarnos por la mañana alegres, con ganas de vivir, con la ilusión de la sorpresa que la vida nos depare, a pesar de los problemas o dificultades de cada uno.

Aprender a vivir en armonía con lo que tenemos pero sin perder la esperanza de que cada día podamos alcanzar un trocito de Belleza para nosotros y los que nos rodean.

 

Conectar, Conexión, Intento, Ser

La estrategia del caracol

 

Hace muchos años, allá por finales de los 80 o principios de los 90, vi una película, creo colombiana cuyo título era La Estrategia del Caracol. Me pareció buenísima en su momento, y siempre he tenido ganas de volver a verla; la he buscado por los videoclubs y no aparece, debe estar descatalogada. Es posible que alguien de los que me lea, la conozca y me diga donde y cómo puedo conseguirla. Pero mientras eso ocurra la nombro para hacerle un pequeño homenaje desde estas páginas.

Fue la que me inspiró, la que puso palabras a una necesidad que siempre he tenido, y no sabía cómo llamarlo:  “hacerme caracol”. Amigas mías, si me leen, sonreirán acordándose de la consigna. Ellas sabían que cuando estaba en fase caracol no salía, no llamaba, desaparecía, salvo para casos de verdadera urgencia, de lo contrario yo me guarecía en mi cueva, me metía en mi caparazón protegiéndome de toda influencia externa.

A lo largo de mi vida lo he seguido haciendo y cada vez me resulta más imprescindible. Soy sociable por naturaleza, me vuelve loca estar con mi gente, y además  conocer personas divertidas, con sentido del humor, creativas, valientes. Me lo paso genial y disfruto muchísimo. El placer de quedar con un amigo-a, a charlar tranquilamente, a contarnos cómo nos va la vida, a compartir nuestros últimos descubrimientos y avances; el placer de una reunión, de una tertulia intercambiando opiniones en un lugar cómodo y agradable, me parece que nunca lo abandonaré; y no quiero dejar de mentar, lo que se entiende por una buena juerga. Eso que llegas a casa partiéndote de risa y al día siguiente sigues riéndote de las bobadas que has hecho, dicho y compartido, incluso a veces, ni te acuerdas y te viene una culpabilidad…de narices, que la intentas acallar llamando a los de la juerga y tímidamente pregustas, me pasé ayer con alguien? Estuve borde?. La respuesta llega como una ducha templada y relajante, no pasó nada de lo que me pueda arrepentir. Perfecto, así dispuesta para la próxima. Si a esto añadimos música y baile, vaya, lo máximo. Si, acepto con toda la tranquilidad del mundo mi vena “bohemia” y suelo estar bastante dispuesta a armar una.

Pero volviendo al caracol, también mi estrategia de molusco ha sido apartarme del “mundanal ruido” encerrarme en mi concha, quedarme en casa y ordenar, limpiar, tirar. Otras veces, tumbarme y no hacer absolutamente nada, nada más que descansar. Hacerme caracol podía ser perfectamente salir a la calle, pasear sin rumbo fijo, meterme por calles, mirar tiendas, o no, dependía del día; meterme en el coche e irme de excursión a cualquier lugar que no conociera. Subirme en mi vespa y tomar caminos distintos, meterme por calles que nunca había pasado. No esperaba nada en concreto, ni idea de lo que buscaba, simplemente era una necesidad, como otra cualquiera de estar sola conmigo misma. Eso sí, siempre intentaba encontrar un lugar agradable donde poder sentarme, tomar algo, sacar mi libreta, mi pluma Mont Blanc (soy fetichista nata) y ponerme a escribir.

Un requisito indispensable era no ir a lugares conocidos, tenía que haber el factor sorpresa, el dónde acabaré, qué encontraré, era fundamental. Así he conocido sitios tremendos, que según llegaba, me entraban las ganas de salir por patas. Pero también lugares maravillosos, que me quedaba absorta, sorprendida y con ganas de gritar dando gracias por semejante descubrimiento,  que luego me ha encantado compartir. Mostrarlos, con el temor e inseguridad, de que igual no les iban a parecer tan geniales como a mí, pero siempre han sido muy apreciados. Igual que mis rinconcitos, como les llamaba, he descubierto música, librerías, restaurantes, barcitos, tiendas, personas que no he vuelto a ver pero que me regalaron su tiempo y un rato inolvidable.

Esta necesidad, por llamarle de alguna manera, me ha acompañado siempre. He cambiado de ciudad, de país, de continente. Y no sé cómo me las arreglaba o arreglo para encontrar mi momento caracol. Repito, me puedo quedar encerrada en casa, en la habitación del hotel, o puedo salir al exterior, pero eso sí, sola. Perderme en el silencio,  entre la multitud, fundirme con la gente, y si no hay, simplemente con el paisaje y dejarme llevar.

Es curioso pero me he dado cuenta que a lo largo de mi vida, esta necesidad se ha acrecentado y cuanto más diferente, más desconocido a mí sea el lugar, la gente, las costumbres, más me gusta. Para esto no hace falta salir muy lejos, muy cerca de mí, he visto y conocido cosas totalmente ajenas y distintas; al mismo tiempo, muy lejos de mis orígenes, ha sido, precisamente, donde mayor empatía he sentido y mayor identificación en proporción he tenido.  Es la magia de la vida, donde menos te imaginas, conectas de una manera increíble. Se crea un momento mágico donde ocurren miles de cosas maravillosas, que te aclaran, que te centran, que te impulsan a seguir viviendo, que reafirman que vale la pena estar en este mundo.

Para terminar, quiero añadir que estoy muy agradecida al caracol y a su forma de estar en este mundo. Me ha enseñado a guarecerme ante una ligera agresión, a esconderme bajo una capa protectora; pero también me ha enseñado a ir con mi casa a cuestas, muy ligera de equipaje, dispuesta al viaje y a la aventura siempre que se presente la oportunidad. Me ha enseñado a aislarme del mundanal ruido y a concederme el tiempo de soledad necesario para enriquecerme, para nutrirme, para conocerme, para gestar proyectos, para crear mi vida y así cuando estoy con mi gente poder dar lo mejor de mí, poder compartir mi experiencia, mis descubrimientos y la magia de la vida, que es lo mejor que hay en este mundo.

 Gracias caracol por tu ejemplo.

Miedos, Desafíos, Retos

!Que loca estoy!

Una de las definiciones más acertadas de la locura viene a decir que  es hacer siempre lo mismo esperando resultados diferentes. La primera vez que lo escuché me entró la risa, claro, con mi imaginación me empecé a imaginar situaciones diversas a cual más ridícula o absurda y las reacciones típicas. Me imaginé los diálogos, las situaciones, vaya que me monté varias películas muy cómicas, como siempre. Pero luego, pensé detenidamente la definición y me dije para mí, “espera un poco, chiquitina, que me parece que te toca un poquito. Aunque solo sea un poquitín, pero te toca, amiga.” Y fue cuando me fui viendo a mí misma no atreviéndome a modificar algo de mis rutinas, de mi imagen, de mi vida, y esperando resultados diferentes. Es decir, cada vez que temía, más que a los cambios, los posibles comentarios y consecuencias que iba a generar aquel deseo o anhelo.

Cada vez que me veo bloqueada la pregunta que me hago es qué me frena a intentar hacer algún pequeño cambio, o modificar algo de mi comportamiento, qué hay dentro de mí que me impide realizar o, al menos, intentar conseguir algo que deseo con todas mis fuerzas, que algo muy dentro de mí sabe que he de hacer. La Vida y mi propia experiencia me llevan a reconocer que, de nuevo, el miedo y la angustia  me paraliza, lo que bloquea cualquier posibilidad de intento. En el momento que dejo de soñar y vuelvo a la realidad me siento mal, inquieta, incómoda, como de genio conmigo misma, en una palabra, insatisfecha.

Y llevaba un tiempo así, recordando tiempos mejores, con una gran nostalgia por el pasado, esforzándome por aceptar mi nueva realidad, intentando buscar distracciones, pero muy en el fondo de mi alma yo sabía que no se trataba de eso, que me sentía mal, insatisfecha con mi vida, realizando un trabajo que no me llenaba en absoluto, a pesar que hice todo lo que estaba en mis manos por convencerme que me gustaba, que no me podía quejar, que las cosas estaban muy mal y yo, al menos tenía trabajo.

Un buen día, después de muchos de pedir ayuda a la Vida, y de numerosas sesiones de terapia, me levanté de la cama y lo vi clarísimo. “Se acabó, me lanzo a conseguir llevar a cabo mi proyecto. Me armo de valor, me aprieto el cinturón y lo intento. No puedo seguir así”. Me dije, me voy a volver más loca, deseando cambiar mi vida sin hacer ningún cambio. (!ay la culpa…¡ que nos hace aguantar lo que nos echen, aun a costa de nuestra dignidad)

He de reconocer que siempre tengo alguna persona a mi lado que me apoya, anima y sostiene en momentos decisivos. Pero también es cierto que soy yo la que tengo que tomar la decisión, y que nadie puede vivir por mi, por mucho que me cueste yo soy la única responsable de mi felicidad, serenidad y crecimiento.

Volvió a ser alucinante, como otras veces, desde el momento que tomé la decisión, el universo se puso a mi favor. Me llegaban señales de que tenía que seguir, que iba bien encaminada. Me sentía contenta, animada, mi miedo y angustia estaban conmigo todo el rato, pero no con tanta fuerza como para pararme.

Pero todo lleva su tiempo y yo peco de impaciente, así que, de nuevo, me vuelve a atacar la duda constante de una manera bastante insistente.  La gran pregunta que me ha atormentado siempre, “estaré loca?” Lo que se entiende por orden social, también lo podemos llamar cultura, costumbres o como más me gusta a mí, “sentido común” sólo valora los resultados a partir del dinero o beneficios materiales, y beneficio inmediato. Y por supuesto no es mi caso, un proyecto lleva su tiempo, empezar de nuevo también, así que entro en la guerra entre mi idea y el “sentido común”, casi nada.

Empiezo a darle vueltas, duermo mal, inquieta y vuelvo a pedir ayuda a la Vida. Y mira por donde que aparece de la forma menos esperada.  Me siento traicionada por una persona y me duele muchísimo, tanto que no podía hacer nada, salvo dar vueltas mi cabeza al tema. No entendía la razón de su tonta traición, estaba yo llena de rabia y dolor. No podía salir de esa espiral en la que la mente se dispara y no te lleva a ningún sitio. Mi proyecto, mi sueño en esos momentos se esfumaba lentamente porque mi “disgusto y sufrimiento” me impedían seguir adelante.. Así que intenté relajarme, parar esa mente loca y perdonar, pedí, como siempre pido, ayuda para ser capaz de perdonar, no me resultaba nada fácil, enseguida volvía el aguijón de la rabia y vuelta a empezar. Pero la ayuda vuelve a llegar, de golpe,  me  doy cuenta que esa persona tiene tanto miedo, tanta angustia que en un momento de desesperación, igual sin darse cuenta de lo que hacía, fue controlada por sus emociones y me traiciona. Observo su comportamiento y me veo reflejada en ella, es un aviso de que yo estoy a punto de traicionarme.

Doy gracias de inmediato porque esa información me viene al pelo.  esta vez ya no me frena el miedo al que dirán, o el miedo a quedarme sola, sino lo que me estaba intentando boicotear, frenar mi intento, ignorar toda la ayuda recibida, es ! a no ganarme la vida¡ Es más, lo vi clarísimo, cómo es posible que estuviera dudando, cuando  ya tenía la propia experiencia de que cada vez que contra viento y marea me “había hecho caso”, me ha ido de maravilla, cada día, a cada instante llegaba justo lo que necesitaba y a veces mucho más. ¡Cuantos regalos me ha hecho la vida!, en forma de hijas, de pareja, de amigos, en forma de libros, de instantes sublimes y mágicos que llevo en mi corazón.

Me veo humana, me veo cayendo otra vez en las trampas del ego y para no perder la costumbre, me río de mí misma con una gran dosis de compasión hacia la persona “traidora” y hacia mí misma.

Otra vez, un aparente enemigo, una persona que me hace daño, se convierte en un gran maestro. Otra vez, la Vida se encarga de repetirme que de todo se aprende, se trata solo de querer aprender. Tengo las herramientas, es cuestión de calma y de no tirar la toalla. Sigo pidiendo ayuda para no caer en la locura de querer ser feliz sin  hacer nada para lograrlo. Sigo pidiendo ayuda para no caer en la locura de creer que no existe una fuerza creadora que nos sostiene de muchas maneras. Sigo pidiendo ayuda para no caer en la locura de medir todo por el rasero económico, de creer que la felicidad está en traicionarse a uno mismo a cambio de unas monedas. Si, y sigo con mi miedo, con mi duda, con mi angustia, y con mi fe, con mi confianza y pidiendo ayuda porque soy humana y como tal cuento con emociones y sentimientos, con pensamientos y creencias que entran en conflicto y que pueden volverme loca.

Objetivo, Metas, Propósitos

Bienvenido Otoño. ¿Te atreves con el desapego?

Ya estoy de nuevo mirando por la ventana, me quedo absorta viendo el tronco del peral, las hojas y las peras que hay por el suelo y las pocas que quedan en el árbol. Pienso que he de hacer compota, no se pueden desperdiciar, aunque darles un buen mordisco también me gusta, bueno me gusta mucho más, siempre y cuando conserven ese punto de verdor, esa dureza que provoca ese ruidito al morderlas  y lo suficientemente maduras para que se me caiga el jugo por la comisura de los labios.

De vuelta del jardín a mi ordenador, con la pera en la mano, disfrutando del fruto semi maduro. No es el prohibido, no es una manzana, esta vez me como una pera y no por ello dejo de disfrutar. Afortunadamente también encuentro placer en lo permitido, menos mal, eh? Pero hoy no quiero hablar de lo prohibido, no,  quiero comentar no sólo el placer de lo permitido sino incluso de lo muy recomendable.

Hoy mirando el árbol a través del cristal me he acordado que ayer comenzó el Otoño. Me encanta esta estación, por el colorido del paisaje, por todas las esperanzas y sueños que encierra el Otoño. Una vez de vuelta de las vacaciones, es como si nuestros sueños y los nuevos proyectos tomaran más fuerza y vuelven a surgir. Se parece al primero de año, “Año Nuevo, Vida Nueva”, que todo invita a tener buenos propósitos. Ahora, en esta estación comenzaba el nuevo  año escolar y  arrastramos la costumbre de la emoción de empezar de nuevo, qué más da un año o un curso.

Conversando con una paciente y amiga, que es justo hoy su cumpleaños le comento que sería bueno  encontrar información sobre el significado simbólico del Otoño, y me lee un texto muy bonito que habla de la caída de las hojas, de los paseos por el bosque y lo que más me llama la atención de todo lo relacionado con esta estación es  el desapego. Si, si, el Otoño, entre otros muchos significados, nos recuerda cada año la importancia del desapego.

Como voy a realizar nuevos proyectos, como voy a llevar a cabo alguno de mis sueños, si antes no me he desprendido de viejas costumbres que boicotean mi creatividad. Como voy a comenzar “un nuevo curso” si tengo todavía creencias que me tienen bien sujeta y agarrada, que me impiden avanzar. Como voy a comenzar una nueva etapa ágil, ligera con ilusión y esperanza,  si voy cargando resentimiento,  envidia, soberbia y mucho, mucho miedo.

Me encanta el Otoño, es una maravillosa oportunidad que nos brinda la Vida para renovarnos, para sacudir todo lo viejo o inservible. De nuevo la Naturaleza nos indica los pasos a seguir para estar y ser cada día mejor. Es tan fácil observarla, es tan fácil fundirnos en ella y esperar a que nos hable.

A mí me ha gustado y costado mucho realizar ejercicios de desapego a lo largo de mi vida. Confieso que a veces me he pasado, he llegado a desprenderme con amor de muebles, ropa, personas, lugares, sueños, ilusiones, en fin de todo aquello que sentía era necesario decir adiós. Luego, al cabo del tiempo he ido a buscar alguna cosa y me he vuelto loca hasta caer en la cuenta que le dije adiós en un momento dado. Y es ahí donde aparece la duda, habrá valido la pena? Funcionará esto del desapego? Siempre me acuerdo de mi Barbour, que tanto servicio me hizo y tanto me gustaba, por poner un ejemplo al azar. Bueno pues cuando me invade la duda, paro de golpe y observo mi vida desde aquel momento que me desprendí de algo que realmente sentía desde mi corazón que debía hacerlo.  Se trata de decir adiós con amor y agradecimiento a algo que ya no es imprescindible o que dificulta mi Camino con la esperanza de dejar espacio a lo nuevo. Con la confianza de que la Vida tiene esperando algo mejor para mí. Con la certeza de que hemos venido a este mundo a ser felices y que nos merecemos lo mejor. Que hay una fuerza creativa que nos ama intensamente. No apegarse a las emociones, a las propiedades, a las relaciones conlleva cambios, conlleva un espacio-tiempo de vacío, que asusta. Nuestra idea de seguridad nos engaña haciendo que temamos más al cambio que al dolor, que al sufrimiento, que al aburrimiento o monotonía de una vida sin alegría, sin retos, sin ilusión. Preferimos quejarnos de nuestra situación que hacer algo por modificarla, por el simple miedo a la pérdida de algo conocido, donde nos sentimos mal pero seguros. Sin embargo, una vez experimentado, una vez que nos hemos atrevido a dar el primer paso, la duda desaparece una vez vistos los resultados.

Me ayuda desprenderme de un objeto que simboliza para mí una emoción, una tendencia, una situación de la que me quiero desprender. Hago una especie de ritual y vuelvo a darle las gracias por el servicio prestado hasta ahora. Acordaros que todo es energía y ésta, según dice la ciencia y la con-ciencia, ni se crea ni se destruye, se trasforma y esto es lo que pido a la Vida, una trasformación, una renovación de mi misma, de mi vida. Una ayuda para seguir evolucionando, para seguir el Camino, mi Camino hacia la plenitud, hacia la serenidad, hacia la Unidad, hacia el Amor.